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Las tres dimensiones del acto de ofrenda de uno mismo a Dios

PRAYING

Pascal Deloche | GoDong

Edifa - publicado el 15/07/20

"Ofrecernos a Dios nosotros mismos y todo lo que es nuestro es hacerle un presente". Aquí, unas pistas para lograrlo.

“Ofrecernos a Dios nosotros mismos y todo lo que es nuestro es hacerle un presente y una ofrenda de nosotros mismos, de todos nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, de todos nuestros bienes, ya sean espirituales o temporales, en una palabra, de todo aquello que poseemos en este mundo”, decía san Juan Bautista de La Salle. 

San Pablo nos invita a lo siguiente: “Tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios” (Rm 12,1).

¿“Como sacrificio”? En hebreo, “sacrificio” se dice “korbán”, que significa “acercamiento”. Por tanto, el sacrificio tiene por objetivo aproximarnos a Dios, invitarnos a vivir una comunión intensa con Él. Para ello, es necesario hacer “teshuvá”, es decir, convertirnos.

Esta “teshuvá” consiste en una renovación completa de nuestra forma de ver y pensar las realidades (Rm 12,2). Se trata de considerar nuestra vida y nuestro mundo desde “las alturas”, con la mirada misericordiosa de Dios. Y esta es la triple dimensión del acto de ofrenda.

La ofrenda de nosotros mismos

En la medida en que nuestra vida es un “regalo” de Dios, conviene considerar todo lo que hay de bueno en nuestro ser y nuestra existencia: nuestra alma, nuestro cuerpo, nuestros talentos, nuestra herencia cultural, familiar… Sobre este tema, san Pablo escribe: “¿Y qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Co 4,7). Hacer “teshuvá” es también reconocer a Dios como la fuente de todo bien. En consecuencia, se nos pide conformar nuestra existencia a su palabra de verdad.

Esta ofrenda de uno mismo se hace bajo la forma de la acción de gracias y de la alabanza por los favores recibidos. Se encarna en el deseo determinado de servir a Dios y a nuestro prójimo; de ponernos por entero, según el estado de vida de cada uno, a disposición del Señor para construir su Reino; de poner en coherencia de vida nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones.

Ofrecer nuestros pecados

Encontramos la anécdota siguiente en la vida de san Jerónimo. Dios le pregunta: “¿Qué me das hoy, Jerónimo?”. Y él responde: “Señor, te doy mi oración”. “¡Bien! ¿Y qué más?”. Y Jerónimo cita diversos bienes: su ascesis, sus vigilias, el amor por quienes van a visitarle… Y Dios le pregunta: “¿Qué otra cosa más?”. Y Jerónimo le responde: “¡No sé qué más te puedo regalar!”. El Señor le dice entonces: “Hay algo que no me has dado, ¡tus pecados!”. 

Ofrecer nuestro sufrimiento

Por último está aquello que se “padece”: las grandes pruebas de la vida y las “pequeñas penas del día a día, que nos afectan como picaduras más o menos desagradables”. Ofrecer estos sufrimientos significa “insertarlos en la gran compasión de Cristo” y hacerlos entrar “a formar parte de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano” para vivir el amor, para recibir y difundir la salvación (Benedicto XVI).

Madre Teresa rezaba así:

“Ayúdanos, oh Padre amable,

a aceptar todo lo que Tú nos das

y a dar todo lo que Tú nos pides con una gran sonrisa”.

Esta sonrisa interior –¡y exterior!– es el signo evidente de la ofrenda libre de uno mismo en cualquier circunstancia. Esa sonrisa se opone a la tristeza de la resignación o a la cólera de la queja.

Nicolas Buttet

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