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Cómo superar el dolor ante la muerte de un padre

Por Syda Productions/Shutterstock

Edifa - publicado el 08/05/20

Son muchos los que han visto cómo el covid-19 se llevaba a sus padres. ¿Cómo sobrevivir al fallecimiento de un padre o una madre cuando, en nuestro interior, una parte íntima ha desaparecido con ese ser querido?

Con 47 años, Xavier acaba de perder a su padre. Sabía el final inevitable de la enfermedad y estaba preparado para ello. Sin embargo, “no pensaba que sería tan duro”, confiesa.

Sophie Poupard-Bonnet, coach especializada en el acompañamiento del duelo, ha escuchado muchos casos de personas como el de este padre de familia.  “El proceso de duelo puede ser largo y tener repercusiones para la vida profesional o familiar. También puede reactivarse años más tarde”.


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A la muerte de un padre o una madre, “el hijo adulto seguirá las etapas del duelo clásico, pero se añaden aquí unas especificidades que conviene comprender, ya que a veces el hijo adulto queda confundido por la intensidad con la que siente la muerte de su padre o madre”, explica Christophe Fauré, psiquiatra y psicoterapeuta. Sea tranquilo, tumultuoso o doloroso, ese sentimiento a veces no tiene ninguna relación con la calidad del vínculo con ese padre.


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Delphine es la mayor de cuatro hermanos. “Pensaba que la muerte de Papá sería terrible, porque sentía mucho afecto por él, estábamos muy unidos mutuamente. Pero en absoluto lo experimenté así”.

Tiempo de lágrimas y de añoranza

Cuando perdemos a un ser querido, a menudo la tristeza es múltiple. Podemos sufrir por nosotros mismos, por los demás y por la persona fallecida. Para nosotros, es el tiempo de las lágrimas y de la añoranza.

Marie cuenta su experiencia: “Durante meses, seguía pensando en llamar por teléfono a Mamá, pero luego me daba cuenta de que ya no era posible”. Si hay un cónyuge viudo, el sufrimiento puede “complicarse” por el hecho de tener que consolarle y cuidar de él o ella.

Sea un suceso previsto o no, vivido con más o menos paz, la muerte siempre hace surgir preguntas. Según Sophie Poupard-Bonnet: “Con frecuencia, trastorna las creencias, la filosofía, la relación con la familia”.

Cuando los padres ya no están en este mundo, aparece la sensación de encontrarse “en primera línea”. Si se respeta el orden de las generaciones, la próxima persona a la espera soy yo. Eso nos hace frágiles también, porque la seguridad afectiva o a veces material que garantizaban los padres ha desaparecido.

Según el psicólogo Daniel Desbois, “la muerte revela mucho sobre uno y sobre el otro”. “Nos damos cuenta de nuestras carencias, de nuestra dependencia hacia esa persona”, añade. La muerte saca a la luz el vínculo que une al hijo con el padre. “Muy a menudo, existen remordimientos por no haber perdonado, de culpabilidad, por ejemplo, por no haberlo acompañado hasta el final”. Estar en paz con la relación, tomar consciencia de las carencias, superar como adulto las frustraciones que incluso los mejores padres del mundo hacen sufrir a sus hijos, pedir la gracia del perdón, permite estar en paz y romper el vínculo.

Una onda de choque para toda la familia

Marion perdió a su madre brutalmente a la edad de 21 años: “Ella era el pilar de la familia. Después de su muerte, la familia estalló en pedazos”. Por desgracia, este suele ser el caso cuando las herencias no salen bien. No solamente minan la unidad familiar, sino que las tensiones entre los herederos retrasan el desarrollo del duelo de cada uno.




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Por otro lado, el fallecimiento de los padres también puede acercar más a hermanos y hermanas. Alexandre perdió a sus padres en un intervalo de dos años: “Tuve la impresión de compartir mi sufrimiento con mis hermanos. Eso nos puso también en el camino de la conversión. Gracias a las lecturas comunes y a conversaciones verdaderamente profundas, comprendimos al mismo tiempo los elementos esenciales de la fe cristiana (el abandono a la voluntad de Dios, por ejemplo). Experimentamos momentos de comunión totalmente asombrosos. Considero que es un regalo que nos dejaron nuestros padres”.

Cuando los abuelos están presentes, los vínculos entre nietos se mantienen. Pero a su muerte, ¿quién los cuidará? ¿Quién se convertirá en el “Papá Noel de los primos”? Según Élisabeth, que anima a un grupo de personas de luto en su parroquia, “cuando no existe ese punto de encuentro, puede ser una carencia. Es un cambio, una adaptación que hay que hacer”. Un padre o una madre que se marcha se lleva también su memoria. Esta toma de consciencia dolorosa se atenúa si podemos continuar intercambiando recuerdos entre los hermanos. Marion habla a menudo de su madre a sus hijos, aprovecha las ocasiones para contarles su historia.

Desde un punto de vista espiritual, la persona de luto puede estar también triste por su padre o madre y preocuparse por su destino. “A veces es duro aplicar la esperanza cristiana con nuestros difuntos”, confirma Élisabeth.

“Esto obliga a reflexionar sobre la misericordia del Señor y a confiar en Él”. En concreto, sugiere Daniel Desbois, “podemos rezar por ellos con constancia, organizar misas y pedir al Señor bendecirles allá donde estén”.

El duelo terminará por desaparecer. “La tristeza es una etapa, no un estado”, explica el psicólogo. “Si vemos que no salimos de ahí, si comenzamos a tener dificultades en la vida diaria, es importante estar acompañados por alguien de confianza”, y consultar a un especialista si fuera necesario.

Aferrarse al pasado, a conflictos no resueltos, impide la felicidad en el presente. Es bueno recordar los momentos de alegría vividos con los padres, para darles gracias por la persona en que nos hemos convertido gracias a ellos.

Bénédicte de Saint-Germain

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