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Jueves Santo: Un confinamiento para servir a quien amas

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Este Jueves Santo, recordamos a Jesús lavando los pies a sus apóstoles. Con este gesto, Jesús nos invita a ser servidores de los demás. Una lección que podemos seguir incluso confinados en casa.

En este Jueves Santo contemplamos a Jesús lavando los pies de sus doce apóstoles. El gesto realizado por el Señor corre el riesgo de ser incomprensible para nuestros hijos si no se lo explicamos. El lavado de pies era una señal de hospitalidad muy corriente en esos países donde se caminaba con los pies desnudos o calzados con simples sandalias. Esta tarea recaía sobre los esclavos (es más, sobre el último de ellos; ni siquiera un esclavo judío estaba obligado a hacerlo).

Al quitarse su manto para lavar los pies a sus amigos, Jesús reviste la condición más humilde de los servidores. Pero Él hace mucho más que rendir un servicio puntual. Manifiesta claramente lo que siempre ha sido un servidor, El servidor por excelencia. Es todo el sentido de su Encarnación y su Pasión: “[Cristo Jesús] que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Flp 2,6-8).

Ser servidores de nuestros hermanos

Jesús nos pide hacernos servidores como Él. Pero no basta con ofrecer un servicio para ser un servidor. Se puede rendir servicio de manera condescendiente, desde la “altura” de la generosidad y el sacrificio. Esta forma de servir hace que el otro esté en deuda con nosotros: a pesar de las apariencias, un servicio así nos coloca como maestros con respecto a quien servimos, es una manera de ejercer poder. No es así como sirve Jesús.

Él se puso el último de todos, pobre entre los pobres: la humillación del lavado de pies anuncia la humillación de la cruz. Pero para hacerse servidor, hay que prestar servicio, comenzando por todos los pequeños servicios concretos y cotidianos, sin brillo ni gloria.

Aprender a servir gratuitamente, discretamente, alegremente, es aprender a convertirse en servidor. Con la condición de no poner nuestra gloria en el servicio prestado, de no ver en el servicio un fin. Ser servidor es, a veces renunciar a prestar un servicio para permitir que lo haga otro.

Si la Iglesia concede un lugar tan importante al lavado de pies en la liturgia del Jueves Santo no es por casualidad, evidentemente. Ninguna palabra podría decir más que este gesto de Jesús y el comentario que Él mismo hace de ello arroja luz sobre el vínculo entre los tres grandes misterios que celebramos hoy: la Eucaristía, la caridad fraternal, el sacerdocio.

La práctica sacramental y la práctica de la caridad fraternal son indisociables. Sencillamente porque el mandamiento del amor de Dios y el del prójimo son uno. Hay un único amor. Ser católico “practicante” es tomar parte de la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia –empezando por la participación en la misa dominical–, pero es también volvernos servidores de nuestros hermanos y hermanas. Mientras estemos en el confinamiento, el primer caso está fuera de nuestro alcance, pero el segundo no lo está.

Durante este tiempo de confinamiento, podemos convertirnos ya en servidores los unos de los otros en casa sirviéndonos con sonrisas, buen humor y montones de pequeñas atenciones consideradas.

También podemos velar por mantener un contacto regular (teléfono, mensajes, etc.) con los ausentes de la familia, nuestros vecinos y, en especial, las personas ancianas o más frágiles que estén solas o confinadas sin posibilidad de visita en un centro de mayores.

Christine Ponsard

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