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¿Por qué Jesús decidió ser bautizado por san Juan?

Baptism of Christ
© Gianni Dagli Orti / The Art Archive / The Picture Desk
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¿Por qué Jesús se dejó bautizar por San Juan? Por nada. Su bautismo no Le sirve de nada. Pero Él nos sirve a nosotros, y todos los días

«En aquellos días Jesús vino de Nazaret, ciudad de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán» (Mc 1, 9). Pero Él, que es el principio de la nueva Alianza, no necesitaba una purificación (además marginal) de la antigua.

¡Este bautizo no es el bautizo cristiano, por definición, ya que es Jesús quien es, por el contrario, el fundamento! Además, este signo de penitencia por los pecados no tiene efecto sobre Aquel que, por excelencia, no tiene ningún pecado a purificar. Este bautismo parece inútil. Y non obstante…

A través de su bautizo, Jesús manifiesta los diseños salvíficos del Padre.

Jesús realiza este gesto, no para sí mismo, sino para nosotros. Él marca, en efecto, en su persona, el lazo de unión entre los dos Testamentos. Jesús recapitula el Antiguo inaugurando el Nuevo. Él asegura la continuidad instituyendo una ruptura: Él mismo. El mismo Dios, no obstante, perdona, antes de Él y a través de Él. Este mismo Dios, es Él mismo. El bautizo deseado por Jesús, conferido por Juan, es la orquestación del designio de toda la Biblia. El mismo Dios de amor perdona, salva, ama. Jesús no busca vivir sino mostrar. Él manifiesta las intenciones salvíficas del Padre.

Así sucede con la liturgia: ella manifiesta lo que Dios desea darnos. Como lo dicen San Agustín y un prefacio a la misa, «nuestros cantos no agregan nada a lo que Tu eres, pero ellos nos acercan a Ti, a través de Cristo nuestro Señor». Agradecemos Dios por ser Dios para nosotros. Nos hace participar a su gloria. Sí, Dios sabe bien lo que le pedimos, pero Él quiere que le pidamos para nosotros y por medio de Cristo. Esto nos hace bien, ya que nos eleva a Él.

La oración que nos transforma en profundidad

Debemos comprender cuanto la oración, y particularmente la liturgia como portadora de toda oración posible, es transformadora. No que cumpla milagros, de tipo, «¡Yo oro, y hop, funciona!”, sino que nos transforma en profundidad. Nos hace cristianos y, en este sentido, nos enseña a ver y actuar según Dios.

Nuestros pensamientos y acciones están modelados por esta transformación. El resultado ya no es el mismo. ¡Esto es lo que ha cambiado! El milagro somos nosotros, volviéndonos a Dios. Aquellos que celebran un oficio, casi todos los días, por ejemplo las vísperas o las completas, hacen la experiencia. Su oración respira el oxígeno de la Iglesia.

Por el Hermano Thierry-Dominique Humbrech

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