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Ve al sagrario y pregúntale a Jesús qué quiere de ti.

Raul Lieberwirth-CC
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Los domingos, cuando voy al Santuario Nacional del Corazón de María, para compartir mis libritos católicos, suelo entrar y saludo a la Virgen.  Me disculpo con ella y voy a la capillita donde tienen el sagrario.  Me encanta entrar allí.

Es un oasis de paz, como una fiesta espiritual.  Se relevan muchas cosas. Recibes gracias inimaginables. 

Luego salgo al pasillo y coloco mi mesita con mis libros.

Esto es algo que nunca he terminado de comprender. Estoy lejos, pero siento la cercanía de Jesús en aquél sagrario. Está allá  y a la vez está conmigo.

Suelen acercarse personas a conversar conmigo. Muchas me cuentan sus problemas, las dificultades de la vida.  Recuerdo cierta vez que respondí: “No se preocupe, Dios no la abandona”.  En otra ocasión recordé aquella famosa frase de santa Teresita: “En fin, todo fue tristeza y amargura. Sin embargo, la paz, siempre la paz se hallaba en el fondo del cáliz”.

Sólo me animé a decir: “Ánimo, todo pasa, esto también pasará”.

Suelo enviar a estas personas con un sacerdote. Ellos han visto lo que se puede ver en el mundo y esto les da una sabiduría excepcional.  Luego los envío al Sagrario con Jesús y les digo: “Ve al sagrario y pregúntale a Jesús qué quiere de ti”.

La capillita del sagrario queda a un costado de donde coloco mi mesita con libros. Y a menudo los veo entrar angustiados, con el rostro adolorido, sin saber qué rumbo tomar o cómo salir adelante.  Los veo luego salir serenos, en silencio, cabizbajos, pensativos.

A los días suelen acercarse para contarme cómo Jesús les ayudó. No se lo creen. Tanta belleza en el sagrario, tanta paz y alegría.

Cuando tengo un problema muy serio me refugio en aquella capilla, con Jesús en el sagrario.

Si las personas supieran esto, cómo cambiarían sus vidas.  Podrían dedicarse a vivir con Dios en medio, actuando con rectitud y justicia, siendo misericordiosos.

Lo que encuentro en el sagrario se llama: “Amor”. 

Cómo no admitirlo, es mi mejor amigo, el buen Jesús escondido en el sagrario.

Muchas veces lo pienso tan solo, y desde mi casa, o el auto, o el cine o un restaurante, viajo con mi mente a su lado, aunque sea un segundo, para hacerle compañía y dejarle un: “Hola Jesús, he pasado por aquí, para decirte que te quiero”.

Un favor, ¿lo harías? Cuando vayas a verlo dile: «Claudio te manda saludos».

 

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Sigue a nuestro autor Católico Claudio de Castro en Twitter
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