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¿Vale LA PENA lo que hago?

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¿Te ha pasado?

Anoche no dormí bien. Me preguntaba si todo esto valdrá la pena. Levantarme temprano, empezar a escribir y terminar en la madrugada, aun escribiendo. Compartiendo mis experiencias con Dios.  A mi edad, es algo que disfruto mucho. Puedes compartir tu experiencia deseando que ayude a otros.

He caído tantas veces, y me he golpeado muy duro por ser  testarudo. Los consejos son fruto de la experiencia por eso conviene escucharlos.

 Las palabras  bien intencionadas,  se llenan de esperanza y llevan en sí mismas algo de tu vida.  Es lo que les das a los demás cuando  ves  que pasan un mal rato y decides ayudarlos.

Un domingo me encontraba en misa, había colocado mi mesita de libros y me preguntaba igual. «¿Valdrá esto la pena?»

Una señora sale del oratorio, la pequeña capilla donde está el Santísimo, se detiene delante de mi mesa y me dice:  «VALE LA PENA. SIGA ADELANTE SEÑOR CLAUDIO. VALE LA PENA». Y continuó su camino tal cual, como si nada,

Me sorprendí y  fui detrás de ella.

«Ya estaba empacando para irme. Y usted me ha detenido aquí», le dije.

«Cosas de Dios, que  no se comprenden», respondió sonriendo, con  tanta amabilidad que no pude más que agradecerle. Y se marchó.

Me he dado cuento que uno siembra la semilla, el resto lo hace Dios. No eres quien para mandar la lluvia o decirle a la semilla que germine, o al árbol que dé frutos.

A veces tu trabajo, lo que Dios te pide hacer,  es tan sencillo que no te lo crees. Piensas que es poca cosa, que no vale la pena.  Pero en verdad es como la famosa gota de agua arrojada al mar, de la que hablaba la Madre Teresa de Calcuta.

«A veces sentimos que lo que hacemos
es tan solo una gota en el mar,
pero el mar sería menos si le faltara esa gota».

Ayer estuve  en un oratorio  hablando con Jesús. Sé que hay preguntas para las que no encontraremos respuestas.  La vida es así, sencillamente lo aceptas y listo. Yo suelo tomar mis problemas en mis manos, las elevo al cielo y se los ofrezco a Dios. No tengo que ofrecer, de forma que le doy lo poco que tengo, incluyendo las dificultades.

Un gesto de amor, le basta.
Saber que lo amas, le encanta.

Te invito querido lector a que hagas lo que Dios te pide.
Sé justo y misericordioso.

Escucha con atención: «Dios quiere que perdones a esa persona».
No les hagas daño a los demás.

Estamos en este mundo “para amar y para ser amados”, como decía san Alberto Hurtado.

No tengas miedo de amar.

 

……………..

 

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