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¿Qué ocurre cuando te decides por Dios? (Un Testimonio sorprendente)

Marko Vombergar
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Me decidí por Dios cuando tenía 32 años. Estaba por cumplir los 33. Ese año Dios me llamó con insistencia. En todas partes veía su rostro, escuchaba su llamado, su voz en mi alma. No había en este mundo un lugar donde pudiese esconderme de Él.

Nunca imaginé las grandes y maravillosas aventuras que estaba por vivir.

Con Dios, la vida se transforma en una gran aventura. Él le da sentido y significado a todo.

Vivir para Dios es una experiencia extraordinaria. Te conviertes en un “Bicho raro” para los que te conocen. ¿Quién comprende tanto amor? No es normal esa capacidad que de pronto tienes para pedir perdón a todos los que ofendiste y de perdonar a los que te hacen daño. Ese deseo de abrazar a los pobres, de compartir con los que se sienten solos, de sonreír todo el tiempo… lo ven rarísimo en ti.

La lógica de Dios desconcierta.

Como te contaba, ese año Dios me llamó con insistencia. Es algo que sientes, lo sabes, lo vives. Tenemos en el alma una facilidad innata para reconocer el llamado de Dios. Puedes preguntar a todos los que han pasado por este momento que sobrecoge y confunde y te llena de una Paz sobrenatural, un gozo que nunca antes experimentaste.

No había forma de callar su voz. Todo me hablaba de Dios.

Al final me conquistó.

Me pasó como al buen Jeremías que procuraba huir del llamado de Dios. Pero Dios pudo más… Las palabras de Jeremías resumen lo que todos en un momento de nuestras vidas hemos llegado a sentir.

“Tú me has seducido Señor, y yo me dejé seducir”. (Jer 20, 7)

Éste fue el principio de la gran aventura de nuestras vidas.

Puse orden en mi vida, y Él la restauró.

Dios, en su gran misericordia se había apiadado de mí.

Recuerdo que me rendí y le dije: “Aquí estoy Señor”.

Él ha cambiado todo para mí. Mi vida no es más sencilla. Los problemas y dificultades no faltan. Pero vivo  más tranquilo porque me sé amado desde una eternidad.

Ahora escribo y comparto mis aventuras con Dios. He llegado a ver milagros patentes, he descubierto un tesoro que siempre tuve frente a mí y no podía verlo por estar distraído en el mundo. “Su Amor infinito y tierno. Saber que es nuestro Padre”.

Desde entonces soy suyo. Un Claudio imperfecto,  testarudo, que cae y tropieza con facilidad, que lo busca incesantemente y lo ama y procura cada día ser mejor, aunque me cueste.

¡Qué grande es Dios!

 

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