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¿Qué hacer en medio de tanta violencia?

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Hoy conversé con un amigo de muchos años que nunca pierde la esperanza, ni el favor de Dios. ¡Es sorprendente! Veo la forma asombrosa en que Dios se manifiesta en su vida y la de su familia.

Y no es que no ha pasado por dificultades. Las ha tenido y muchas. Tal vez más de las que podrías soportar. Pero esto jamás lo ha desanimado. Siempre lo encuentro feliz.  Esta es una cualidad que le admiro.

Me animé a preguntarle: «¿Cómo haces para recibir tantas gracias de Dios?»

«Rezo. Espero. Y confío. No es fácil, pero trato. Me he dado cuenta que Dios siempre escucha nuestras oraciones. Por eso no me canso de rezar». 

«¿Y si no rezas?»
«Si no rezo, pierdo la gracia.» 

Me quedé pensando en sus palabras. Si abandono la oración por el cansancio o mi pobre fe, el que pierde soy yo. Y, la verdad,  a veces rezo tan poco.  Cuando me acuesto y estoy a punto de quedar dormido… Tres avemarías. Cuando despierto, ofrezco el día a Dios. Cuando visito a Jesús en el sagrario.

Debo rezar más. Tomármelo en serio. Sacar tiempo para estar con Dios. Hacer de la oración una parte importante de mi vida.

Rezar a horas y deshoras.

Pero, ¿cómo?

Una forma muy sencilla es visitar cada día a Jesús en el sagrario. Otra, la misa diaria. Lo importante es empezar, cogerle el gusto a la oración. Saber que es parte de tu vida como descansar, bañarte, comer… Que nos sintamos incómodos el día que no recemos sabiendo que algo importante nos faltó.  Que nos dé una dosis de alegría y paz cada momento de oración.

La oración te dará la serenidad que necesitas

Y, ¿cómo sé que Dios me escucha?

Te convencerás haciendo la prueba.

Ayuda mucho leer las vidas de los santos y su hermosa relación con Dios. Santa Mónica es un ejemplo de lo que logras rezando con perseverancia, a pesar de las duras pruebas.

Dios está presente en nuestra historia y vela por nosotros. Esto es una realidad. 

Un Dios que es Padre y es Amor.

Un Dios que te mira ilusionado, como un papá mira con emoción ver a su hijo dar sus primeros pasos hacia él.

Dios te ama, como eres. Y te mira ilusionado. ¿Qué más necesitas para ser feliz? Todo lo demás pasa, es transitorio. Al final sólo queda el amor.

Por eso, en estos días violentos,  volver la mirada a Dios, es una bendición.  Te da paz y la certeza que no estamos solos.

«Señor de la historia, apiádate de nosotros».

 

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Te invitamos a visitar en Twitter y leer los libros que inspiran, de nuestro autor, Claudio de Castro.

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