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Los devotos de la Virgen siempre son bendecidos por ella (Un bello testimonio)

©Thaagoon/Shutterstock
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Cada día me convenzo más, que hay santos anónimos entre nosotros. Son aquellos que pasan desapercibidos. Los reconoces por su humildad, su amor a Jesús Sacramentados y su profunda devoción Mariana.

Casi todos son grandes devotos de la Virgen y le han encomendado sus vidas y pureza de alma. La Virgen es una gran guardiana de las almas. Nos protege encomendándonos a su Hijo Jesús.

“Mira Hijo, este muchacho, ¿qué tal si le das las gracias que requiere para enmendar su vida?”

“Madre, le hemos dado suficientes gracias a lo largo del tiempo”.

Ella le sonríe y le da una mirada maternal a la que Él no puede resistirse.

“Está bien Madre, lo haré por ti”.

Qué hijo no mueve el cielo y la tierra por su madre.

Una vez fui a una ferretería en busca de unos materiales. Uno de los vendedores se alejó un segundo y lo noté musitando una oración.  Era un señor mayor, muy humilde y alegre. Regresó y me atendió lo más cortés que puedas imaginar.

«¿Me permites saber qué hacías?», le pregunté.

«Con mucho gusto», respondió. «Rezaba un Ave María. Rezo varios a lo largo del día, para honrar a nuestra madre del cielo».

Hoy mientras te escribo me encuentro en casa de mi madre. Decidí pasar un rato con ella, y escribir aquí estos artículos. Me ha servido pan calientito y un café para reanimarme.

Mi mamá me cuenta de una señora en Costa Rica muy devota de la Virgen. Rezaba el rosario todos los días. Cuando murió ocurrió algo inusual. Salió el coche fúnebre de su casa y una bandada de palomas la acompañó sobrevolando sobre el féretro, hasta el cementerio.

Los devotos de la Virgen siempre son muy bendecidos por ella.

Una vez leí: “Señal segura de santidad es la devoción a la Santísima Virgen María”.

He conocido algunos santos anónimos. Lo curioso es que ellos no lo saben ni se creen santos, y se sienten indignos de la cercanía de Jesús. Son personas especiales, que custodian con fervor su estado de gracia. Saben que es un tesoro que Dios les ha dado a su custodia.

Son humildes, alegres, sencillos, bondadosos, misericordiosos, les gusta estar en la dulce presencia de Dios y honrar a la Virgen Santísima. Perdonan con facilidad y aman a todos.

El mundo tiene esperanza. Millones de santos anónimos con sus oraciones nos ayudan a ser mejores y perseverar en la vida.

El llamado a la santidad no es algo nuevo. La Biblia está llena de referencias a la santidad, sobre todo al llamado de Dios a que seamos santos y puros de corazón.

“Bienaventurados los puros de corazón porque verán a Dios”. (Mt 5,8)

A lo largo de estos años me he percatado que, sin la gracia, nada podemos. “Si pierdo la gracia,” me digo, «lo pierdo todo.”

Custodia tu estado de gracia como un tesoro y si lo pierdes, pues a levantarse. Ve a una Iglesia busca un sacerdote, te confiesas y listo, a empezar de nuevo.

Encomiendate a la Virgen, ella como Madre espiritual nuestra, te ayudará.

Y no te preocupes, nuestro Dios es el Dios de las oportunidades.

¡El buen Dios te bendiga y la Virgen Santísima te acompañe siempre!

 

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