Aleteia

La Iglesia de mi infancia

Comparte
He venido en peregrinación a Costa Rica con mi esposa Vida y mi hijo Luis Felipe.

Preparé una agenda que de muy poco me sirvió. Todo se complicó y la dejé en las manos de Dios. Él se encargó de organizarla. Y lo hizo de maravilla. 

Pudimos pasarlo en familia, visitar librerías e ir a las emisoras católicas Radio Fides y a Radio María para compartir nuestras vivencias,  lo sabroso que es vivir con DIOS en medio… y cómo te ayuda a llevar adelante tu familia.

Los años me han enseñado que todo es más sencillo con Dios en medio.

Siempre recuerdo las palabras de Chiara Lubich, la fundadora de los Focolares:

«Donde quiera que vayan, hablen de Dios. Nunca se cansen de hablar de Dios. Que Dios vuelva a estar de moda».

Por eso cuando viajo o voy al interior de mi país, primero visito a Jesús en una iglesia y luego voy a una emisora de radio para hablar de Jesús.

Hablé de Dios de mi amigo Jesús y compartí la historia de nuestra editorial, en la que publicamos libros católicos… Y nuestras aventuras con los libros digitales.

Deseaba llegar a LA DOLOROSA, la iglesia del barrio, donde transcurrió parte de nuestra infancia, en San José. Me llevó mi primo Oscar Julio.

Qué impresión… La iglesia apenas ha cambiado un poco.

Toqué las antiguas puertas y me sentí profundamente conmovido.

Estaba en casa.

Llegaron de golpe cientos de recuerdos inolvidables y hermosos… Mis promesas a la Virgen. La vida que había llevado. Los años que habían transcurrido.

Apoyé mi frente en aquellos portones de madera, cerré los ojos y recé con fervor a nuestra Madre del cielo. Tal como lo hice de niño y luego de joven, en ese mismo lugar años atrás.

No era este Claudio mayor, con barba y pecados que te escribe. Allí, con la Virgen, estaba el Claudio niño que siempre amó a Jesús. Y que al terminar la misa cruzaba la calle por unos confites, un helado de cas y papas fritas, en una pulpería.

A veces me quedaba jugando en el parque frente a la Iglesia y luego nos íbamos de paseo con mis primos, hermanos, mi mamá, tío Julio y tía Marta.

Entrar a la iglesia fue un reencuentro con mi infancia. Un encuentro con la Virgen que siempre espera a sus hijos.

Caminé despacio, saboreando cada recuerdo, cada instante.

Vi la banca donde me sentaba, la imagen de fray Martín de Porres que tanto nos impresionaba.

Llegué frente al altar y caí de rodillas. No pude evitarlo.

La Virgen dolorosa me miraba y yo la veía tratando de recordar cada detalle.

«Aquí estoy madre mía».

Le pedí por ti y tus necesidades, amable lector.
Y por mí y mi familia.

Qué hermosos recuerdos he revivido.

Experimentaba la dulce presencia de Dios a mi alrededor.

Era como un pedacito de cielo.

Vivimos los días de la infancia marcados por la presencia de la Dolorosa, en un barrio hermoso, con casas de madera, pulperías, panaderías, y recuerdos maravillosos que parecen desaparecer con el tiempo, en la bella Costa Rica.

 

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.