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Iban a asesinarlo y un pequeño gesto de amor salvó su vida.

© Shaun Dunphy
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Cuando mis hijos eran pequeños solíamos pasar las vacaciones del verano en un hermoso poblado cafetalero de Panamá llamado Boquete. Muchos turistas lo visitan por el clima fresco y la hospitalidad de las personas.

Mi esposa Vida tenía unos parientes que cultivaban una finca de café en Boquete. Eran un conocido político y abogado panameño, el Doctor Carlos Iván Zúñiga y su esposa Zydia. Gente buena, de otros tiempos, con grandes ideales.

Tan pronto se enteraban que estábamos hospedados en uno de los hoteles del pueblo, bajaban de la finca a buscarnos y nos invitaban a quedarnos con ellos en su casa de montaña.

Eran días que disfrutábamos mucho. El aire puro, la vista espectacular, la buena conversación… y de noche el cielo estrellado.

Sales por la mañana a caminar en la finca de Boquete y a cosechar unas jugosas naranjas de las que haces un delicioso jugo para el almuerzo o una ensalada de frutas. Mientras caminábamos Tía Zydia nos comentaba: «Tengo un secreto para la buena cosecha. Camino por la finca rezando y diciendo esta jaculatoria: «Jesús pasó por aquí».

Por las noches después de la cena encendíamos la chimenea y al calor de la madera chisporroteando, Carlos Iván nos relataba sus aventuras por la vida.  Solían ser historias emocionantes que disfrutábamos muchísimo.  Sobre todo mis hijos, porque tenía el don de hacer sus relatos amenos.

Recuerdo con claridad una de sus vivencias que nos dejó paralizados. La forma como un pequeño gesto de amor, algo que parecía insignificante, le salvó la vida.

Corría el año 1968. El general Omar Torrijos da un golpe de estado con otros militares y toman el poder en Panamá. Carlos Iván era un político muy activo y conocido en esos días. Para evitar la oposición arrestaron y metieron presos en un lugar lúgubre a muchas personas. Y Carlos Iván fue uno de ellos.

Cuando estás detenido en una cárcel el tiempo «se detiene». Más si es por una injusticia o un sin sentido. En las circunstancias peligrosas que él se encontraba, viendo lo que ocurría a su alrededor, sabía perfectamente que su vida corría peligro.

Una noche lo despertaron los pasos de unas botas militares. Se acercaban a su celda.  Se sentó esperando lo peor. En medio de la oscuridad reconoció a su verdugo, un policía que meses atrás él había acusado de robo. Tenía su mirada cargada de odio. Iba con un rifle que no dejaba de apuntarle.

«¿Me recuerda Doctor?”, preguntó el policía.

«Por supuesto. Sé quién eres».

«Estuve preso por su culpa».

«Cometiste un delito. Mi trabajo fue probarlo», respondió Carlos Iván.

«Su vida está en mis manos ahora», replicó el policía.

Se marchó al rato, sin dejar de amenazarlo con el rifle.

Desde aquél encuentro supo Carlos Iván que cualquier cosa podría ocurrirle.

La siguiente semana permitieron a los familiares de los presos visitar a sus parientes detenidos. Les llevaban cartas, alimentos, ropa y abrazos. Mi esposa Vida recuerda que una de esas cartas era de ella.

En la sala de espera, entre la multitud, los hijos pequeños de Carlos Iván reconocieron a la portera de su escuela. Una señora mayor muy gentil, que había gastado su vida cuidando a los niños. Ellos corrieron donde ella, felices al verla, llamándola por su nombre y la abrazaron largo rato.

Esa noche regresó el verdugo a la celda de Carlos Iván.

En lugar del arma cargada llevaba un plato de arroz caliente, recién preparado.

«¿No piensa matarme?»

«No Doctor. A partir de este momento nadie se atreverá a tocarlo. Usted está bajo mi protección.»

«¿Que ha ocurrido? ¿Que le hizo cambiar?»

«Esta mañana a la hora de visita vi cuando llegó su familia.  Sus hijos soltaron la mano de su esposa y corrieron a abrazar a la portera del colegio donde estudian. Lo hicieron con tanto cariño que me sorprendieron.  Este gesto de amor, de parte de sus hijos, logró conmoverme».

«Usted es un hombre de luchas. ¿Por qué se conmovió?»

«Porque la portera es mi madre». 

 

 

………….

Para tío Carlos Iván. En su memoria.

 

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