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San Damián de Molokai

Hoy ocurrió algo extraordinario en la Iglesia y quería compartirlo contigo.

Claudio de Castro - publicado el 03/09/20

La noticia corrió como pólvora. Habría confesiones en una parroquia muy conocida de Panamá, san Francisco de Asís de la Caleta. El sorprendente anuncio decía: “Ven en tu auto a confesarte en los estacionamientos de la parroquia”.

Cinco meses encerrados, sin recibir el sacramento de la confesión. Cinco meses sin ir a misa. Cinco meses sin recibir en la comunión a Jesús Sacramentado.

En ese tiempo, la Iglesia, que es Madre y maestra, nos mostró con amor y misericordia el camino de la “contrición perfecta” para recibir el perdón de nuestros pecados. Pero aún así, persistía nuestro anhelo de volver a los sacramentos.

Qué doloroso ha sido este tiempo para nosotros los católicos, desnutridos en el alma y el espíritu. Desnutridos  y con sed espiritual, como quien atraviesa un caluroso desierto con poca comida y apenas agua.

Hemos quedado con hambre y sed de Dios, un hambre insaciable de Dios que sólo Él puede calmar.

Lo que estamos viviendo, es una tragedia. Tantas vidas perdidas, personas sin empleo, tantas almas necesitadas de Dios. Quiera el cielo que nunca más volvamos a vivir una situación como ésta.

La noticia corrió como pólvora, habría confesiones en dos días.

La noche anterior me he preparado con gran emoción. No sé si a ustedes les pasa igual, si recuerdan la primera comunión. Teníamos que confesarnos unas semanas antes. Me siento igual, con la emoción infantil que aquella primera confesión con un sacerdote, previo a mi primera comunión.

Así me he sentido hoy, como si fuese mi primera confesión.

Amaneció lloviendo. Igual fui a la parroquia. Me enviaron una foto bellísima de la parroquia. Se ve al sacerdote con un paraguas abierto, protegiéndose de la lluvia y un auto frente a él, una persona se confiesa.

Me acercaba en auto a recibir este sacramento extraordinario y recordé cuando Jesús le dijo a los apóstoles:

“Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”(Juan 20, 21-23)

Hice fila dentro de mi auto. Cuando llegué, el sacerdote estaba de pie en el estacionamiento de la parroquia, con el paraguas a su lado, en la intemperie. Estaba confesando.

No tienes idea la alegría tan grande que experimenté. Era una emoción profunda sabiéndome católico, pensando que pertenezco a una Iglesia fundada por Jesús, con la certeza que Él mismo nos dejó este sacramento para perdonar todos nuestros pecados.

Me siento tan feliz. He vivido una experiencia única y que no podía esperar para compartirla contigo. Me siento en paz. Siento un gozo por dentro que me llena de alegría y tengo una sonrisa de oreja a oreja y una emoción honda.

Yo quisiera invitarte a ti católico que aproveches cuando se dé la oportunidad en tu parroquia, en tu Iglesia para que te confieses.

Haz una buena confesión sacramental, límpiate de todos esos pecados y restaura tu amistad con Dios. Y si no tiene la oportunidad de confesarse por el momento basta que hagas la contrición perfecta (te arrepientes en el alma de tus pecados, de haber ofendido a Dios quien te ama con un amor infinito).

Con la contrición perfecta se perdonan tus pecados veniales y mortales. Es un medio extraordinario al alcance de todos, para reconciliarnos con Dios.

Créeme, no hay nada en este mundo que se parezca a estar en paz y restaurar tu amistad con Dios. Nada es mejor. Ni todos los lujos del mundo, todos los bienes materiales, ni todo el dinero, ni toda la fama ni todo el poder… nada absolutamente nada se compara a esta maravillosa experiencia de tener a Dios habitando en tu corazón y vivir en la presencia amorosa de Dios.

En medio de esta Pandemia tan horrorosa que tanto daño a causado, tantas muertes, vivir en la presencia de Dios es un regalo del cielo y yo hoy quería compartirlo contigo. Ha sido una emoción muy grande, una alegría extraordinaria.

¡Gracias Dios mío por ser tan bueno y amarnos tanto!

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