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Hay batallas que no son tuyas, déjaselas Dios

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A menudo me repito esto: “Hay batallas que no son tuyas, jamás las ganarías”.

Me doy cuenta que algo sobrenatural las rodea y comprendo.

No soy quien, ni tengo las fuerzas para triunfar en algo que me sobrepasa.  Sencillamente pido ayuda… A mi ángel de la guarda, al buen san José, a nuestra madre de cielo, a mi amigo Jesús y a mi Padre Dios.

Son batallas que puedes reconocer fácilmente. Llegan de repente e implican algo espiritual. Un sacerdote que se llena de dudas, una mujer a punto de sucumbir ante una tentación, un hombre que va a hacer lo indebido.

En esos difíciles momentos clamo al cielo con esta bella oración:
“Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy pecador”.

Me ha pasado últimamente y esas batallas se las dejo a Dios. 

Estoy por cumplir 59 años. Una edad que empieza a marcar mi vida, lo que fui, soy y seré.

De niño mi único sueño era ser santo, para tener contento a mi amigo del sagrario.  No esperaba recibir tantos golpes y tan difíciles de sobrellevar. Suelo tomarlos todos, mis dificultades, problemas, inquietudes, y se los ofrezco a Dios. “Son tuyos”, le digo.  Luego, rezo y confío.

El que vive en Dios no se preocupa, se abandona.  Lo sé, pero no siempre he podido conseguirlo. He pasado noches sin dormir.

Recuerdo la ocasión que enfrenté un serio problema y le comente inquieto a un amigo: “Llevo 3 noches sin dormir”.

Tocó mi hombro, en un gesto de apoyo y respondió: “Yo llevo meses que no duermo y sigo luchando”.

¡Qué gran lección!

Te parecerá ingenuo de mi parte, pero creo sinceramente, que la mitad de los problemas se solucionan cuando rezas y confías.

Y la otra mitad se solucionan rezando y confiando.

¿Te doy un consejo?

Usa las herramientas que Dios te ha dado y verás grandes milagros.

Reza y confía. ¿No pasa nada? Pues entonces reza y confía.

Al buen Dios le agrada cuando confiamos en Él. Y si lo piensas, ¿a qué padre no le ilusiona saber que sus hijos lo aman y confían en él? A todos, me parece, nos alegra el alma saber que nuestros hijos han aprendido a confiar en nosotros, y escuchan nuestros consejos y los ponen en práctica. Dios es Padre y seguramente sentirá igual.

¡Ánimo!

El buen Dios te bendiga y te acompañe siempre.

 

 

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