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El sagrario de mi infancia

© Gordon / Flickr / CC
Niño rezando
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Cuando pasan los años rememoras vivencias, la comida de tu abuela, olores, de aquellos dulces y panes recién horneados… los extrañas, te hacen falta, sabes que no volverán.  Hoy estuve pensando y recordé mi provincia de la infancia, Colón, en Panamá, y súbitamente me vi sentado en una banca de madera barnizada frente al sagrario de mi escuela.

Era el colegio Paulino de san José. Unas dulces monjas franciscanas lo administraban. El colegio era pequeño, pero iluminado por grandes ventanales. La  capilla estaba arriba, en el primer alto. Durante los recreos subía para estar con mi amigo. Lo imaginaba solo. Y pasaba con Él muchos recreos de esos que duran veinte minutos.  El sonido del timbre me avisaba y bajaba corriendo a clases.

La capilla tenía unas ventanas enormes con vitrales de colores. Me sorprendía la luz pasando por los vidrios amarillos, rojos, azules, verdes. Todo era tan sencillo en esos días. Mi vida giraba en torno a mi familia, la escuela y el sagrario, donde habitaba Jesús.

Al llegar a casa me sentía tranquilo. Cruzando la calle teníamos una capilla preciosa, pequeña y acogedora, de las Siervas de María. La misa temprano me encantaba. Pasar a ver a Jesús era algo imposible de no vivirlo.

En mi mente infantil todo era enorme.  Hace 10 años regresé y me di cuenta que era realmente lo opuesto, pequeño. Me sorprendí.

Deseo ahora volver a Colón. Visitar mi antigua escuela, subir a la capilla y saludar al buen Jesús.

«Eh, Jesús, aquí estoy… regresé»

Entrar siendo aquél niño de pantalones cortos, camisa blanca y corbata azul añil. Despistado, ilusionado por verlo. Luego pasar por la casa donde viví. ¿Qué será de ella? ¿Estará aún la capilla enfrente?

Iré despacio, como quien degusta un plato que no se repite, único, especial.

¿Cómo me verá Jesús?

Soy tan diferente de aquél niño inocente y bueno. La vida me ha golpeado, como a muchos y  he devuelto los golpes, no he puesto la otra mejilla. La mayor parte de las veces no lo hice.

He soñado con aquella capillita con un sagrario tan hermoso que es indescriptible. Cuando vaya le tomaré una foto para ti. Te va a gustar. Allí todo es paz y serenidad. En la presencia de Jesús siempre hay paz, siempre hay paz. No es algo que he descubierto. Muchos a los que les recomiendo ir al sagrario y hablar con Jesús, me lo dicen: “He sentido mucha paz”.

Me encanta ir al sagrario y saludarlo cada día, sobre todo los domingos en la madrugada, cuando podemos charlar a gusto.

 

“Señor, no me veas como el Claudio que soy, sino como el que fui, el que siempre te amó”.

 

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Querido lector puedes escuchar y compartir este audio blog, esta hermosa reflexión grabada por nuestro autor.

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