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El día que Jesús me llamó (Un testimonio bellísimo)

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Te diré la verdad, hace mucho dejé de preocuparme por el camino que seguía. Sencillamente me abandono cada día en las manos de Dios y lo dejo actuar en mi vida. Lo hace de formas increíbles, sorprendentes. Después de todo, es Dios y para El nada hay imposible, ¿por qué habría de dudar?

Al principio no fue así, era otro Claudio, lleno de inquietudes, temores, dudas. ¿Y si me había equivocado? Dejé todo, para dedicarme a escribir y compartir mis experiencias y las de otros, con el buen Jesús.

Había conocido los testimonios de jóvenes que también lo habían abandonado todo en este mundo, para dedicarse de lleno a Dios. Querían gastar sus vidas en algo grande, «alguien» que le diera sentido y significado a sus vidas. Y ese era Dios.

Tuvieron el coraje y la fe para saltar, subirse a la barca que los esperaba y remar mar adentro, sin importar lo que los demas opinaran de ellos.

Eso para mí ese fue el impulso que necesitaba. Pero lo hice con un pie en el cielo y otro en la tierra, por si acaso algo salía mal. ¡Vaya hombre de poca fe!

En julio será otro año de aquella fecha en que tomé el valor que nunca tuve para decirle “sí” a Jesús. Estaba por cumplir 33 años, la edad en que Jesús murió. Yo moriría para el mundo y empezaría a vivir para Él. Esa era la idea.

Fue mi mejor amigo desde la infancia, esperándome cada mañana en el sagrario de aquella iglesia que estaba cruzando la calle, frente a mi casa, cuando la vida era sencilla y el pecado no asomaba a la puerta de mi vida.

En aquellos días de la infancia, éramos Jesús y yo. Todo lo demás no importaba. Pasábamos los mejores momentos en contemplación, siendo un niño de pantalones cortos y el corazón puro.

Años después, aquí estaba, dispuesto a escuchar su voz y seguirla. Era la oveja que volvía al redil. Al principio, no tenía idea que hacer. Todo lo que le ofrecía era aquél: “Aquí estoy Jesús. ¿Qué quieres que haga?”.

Fue entonces cuando escuché aquella mañana de oración, estas palabras salidas del sagrario y que atravesaron mi alma y corazón:

“Escribe. Deben saber que los amo”.

Quedé paralizado y tuve que escucharlas otra vez para reaccionar.

“Aquí estoy. Para ti”, respondí y fui a mi casa a escribir, imprimir y armar libros artesanalmente, usando mi impresora y ordenador, para llegar a cuantos pudiera.

Creo  que todo incio es así, pequeño, haciendo lo poco que podemos, pidiendo a Dios su bendición.

Tengo una foto de aquellos días con mi esposa Vida quien me apoyó desde el primer día y se sumó a este curioso proyecto, publicar libros para Jesús. Solo, jamás habría podido. Te la comparto.

Alrededor nuestro cientos de hojas impresas que debemos doblar, compaginar, poner la portada y luego engrapar.

Salí de aquella capilla para hacer lo que se me pedía, sin saber en ese momento las grandes aventuras que me esperaban, que aún hoy estoy viviendo y que nunca dejan de sorprenderme.

Aprendí que Jesús suple lo que nos falta, sólo te pide un simple: “sí”. No temas, en su presencia todo irá bien.

Jesús es mi mejor amigo, y quiero proclamarlo a viva voz, a los cuatro vientos.

“¡Te quiero Jesús!»

¿Me permites amable lector pedirte un favor? Ahora que están abriendo las iglesias, si tienes oportunidad asómate al oratorio donde tienen el sagrario y dile a Jesús: “Claudio te manda saludos”. Ya sabes que me encanta sorprenderlo.

¡Dios te bendiga!

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