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Dios siempre corre emocionado a nuestro encuentro (Un testimonio bellísimo de FE)

Dramatic sky-Man-Cross © Anastazzo / Shutterstock
<a href="http://www.shutterstock.com/pic.mhtml?id=2892630&src=id" target="_blank" />Dramatic sky-Man-Cross</a> © Anastazzo / Shutterstock



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Por algún motivo que desconozco tengo un sentido de urgencia al escribirte. Es como cuando realizas un viaje y al final, cuando te faltan pocos kilómetro para llegar, aceleras el auto. Es lo que me ocurre con estas reflexiones. Me siento desde temprano a escribir, hago un par de altos para un buen café con panecillos y mermelada. Y sigo adelante.

Escalo una empinada montaña, con cada palabra. Por eso, antes de iniciar ofrezco a Dios el trabajo del día y le pido que lo convierta en una oración que le sea grata. Sin su gracia y su amor nada de lo que haga tendrá sentido.

Él es quien convierte nuestra nada en algo que valga la pena. Sólo requiere nuestro primer paso. Siempre recuerdo al padre que corrió a abrazar mal hijo pródigo, ese es Dios, corre emocionado a nuestro encuentro. Cuando eso ocurre experimento su amor que trasciende y va más allá de nosotros mismos.

Me abrazo en su amor. Dios me devuelve la esperanza. Restaura mi vida y mi fe.

Busco a Dios, lo sé a la distancia, pero no logro alcanzarlo. Él nos ve y viene a nosotros. Es nuestro Padre.

Recuerdo que una vez sentí un silencio absoluto. Por más que rezaba y leía la santa Biblia, no experimentaba su amor y ternura.  En un momento le pregunté:

“Dios, ¿dónde estás?” y me pareció que respondía: “Aquí, a tu lado, en ti, en todos”.

Y me di cuenta que su pedagogía es perfecta.

Primero vivimos de la gracia, luego debemos vivir de la fe.

Nos da su gracia, nos consiente para que tomemos confianza en el camino y luego nos dice como una madre: “Es hora que des tus primeros pasos solo”.

Siento que debo esforzarme, dar siempre un poquito más, otra palabra, otro sueño, otro camino por explorar. Dios es eterno y siempre me esperará, pero yo soy un simple ser humano, un mortal con un tiempo definido en esta tierra.

Aún así, trato, procuro, no me rindo. Bien vale la pena. Sé por experiencia que todo lo que se hace por Dios, en su amor, vale la pena.

Cuando me siento estancado o me sostengo del borde de un barranco espiritual, voy al sagrario, donde me espera Jesús. Cuando entro siento como si Él me sonriera con picardía y dijera:

“Bueno Claudio, cuéntame, ¿qué ocurrió esta vez?”

Y le cuento todo y me quedo con Él, haciéndole compañía, rezando, experimentado esa paz extraordinaria que sólo Jesús sabe dar.

«Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde”. (Juan 14, 27)

¡Qué bueno eres Señor!

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