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Cuando un santo te enseña humildad (un testimonio bellísimo)

© Fr Lawrence Lew
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“Guarda tu lengua del mal, tus labios de palabras mentirosas”. Salmo 34, 14

Ayer tuve una discusión. Pocas veces lo hago. Por lo general me quedo callado y sigo adelante. Pero no siempre logro actuar como san Martín de Porres. Creo que una vez te conté su encuentro en el mercado con un noble. Iba fray Martín como de costumbre distraído. Caminaba con su canasta de pan para los pobres cuando chocó contra este noble. El hombre enfadado lo insultó con las palabras más injuriosas que puedas imaginar. Fray Martín sin perder la compostura bajó con humildad la cabeza y respondió:

«Si su merced me conociera mejor sabría que soy mucho peor que todo eso».

Lo he recordado al estar sentado con mi Biblia abierta, leyendo los párrafos que suelo marcar porque llaman mi atención y no quiero olvidarlos.

La santa Biblia hace referencia a guardar la lengua. «El capitán de nuestro barco», como le llamaba un sacerdote amigo.

«… Si alguno no cae hablando, es un hombre perfecto, capaz de poner freno a todo su cuerpo. Si ponemos a los caballos frenos en la boca para que nos obedezcan, dirigimos así todo su cuerpo. Mirad también las naves: aunque sean grandes y vientos impetuosos las empujen, son dirigidas por un pequeño timón adonde la voluntad del piloto quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño y puede gloriarse de grandes cosas. Mirad qué pequeño fuego abrasa un bosque tan grande.»  (Sant 3, 2-5)

Decía san Pedro:

«Cada uno es esclavo de aquello que lo domina». (2 Pedro 2, 19)

Yo trataba de dominar mis palabras ante esta injusticia que enfrentaba. Era un sentimiento grande de impotencia.

Había olvidado por completo esta advertencia de Corintios: «¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?».  Lo había olvidado, por mi afán de recibir justicia,  de lograr que se hiciera lo correcto.

Me pasó algo curioso. En medio de la discusión que se elevaba de tono les hablé de Dios.

Les recordé que Dios es Amor y si no vives en el amor, si actúas sin amor, no podrás agradar a Dios.

Me miraron sorprendidos y callaron.

Pensé en Fray Martín y me dije:

“Son mis hermanos, a pesar de esto”.

Continué hablándoles:
«La fe es para ser vivida. No podemos andar por el mundo hablando de nuestra fe si no si no somos consecuentes con lo que creemos. Dios es padre por lo tanto nosotros hermanos. Y aunque haya diferencias no puedes tratar al prójimo con insultos y burlas. Debes amar y tener a Dios hondo, muy hondo metido en el corazón».

Me marché en silencio. Vi sus rostros apesadumbrados.

¿Habrán pensado en Dios?

 

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Te invitamos a conocer la página de nuestro autor Claudio de Castro   Allí podrás leer sobre su vida y aventuras en torno al sagrario.

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