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“¿Amas a María, la Madre de nuestro Señor?” (Un bello testimonio)

© Antoine Mekary / ALETEIA
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Cuando niño cada vez que tenía un percance acudía a mi mamá.

Mi refugio siempre fue mi madre. Me caía y corría donde ella para que me curara los raspones  y moretones.  La recuerdo aun limpiando mis heridas con una sonrisa que me calmaba, colocándome un curita y dándome un abrazo tierno. Me refugiaba en ella y sentía un gran consuelo con sus tiernas palabras que calmaban tu inquietud: “Vas a estar bien”.

Ella me enseño con mi abuela a buscar refugio en nuestra Madre del cielo, el primer sagrario.

Siempre encuentro dulces consuelos celestiales. Me sonrío porque cada vez que me acerco a la Virgen y rezo el Rosario me parece escuchar sus palabras en la Boda de Caná de Galilea. (Jn 2, 5)

“Hagan todo lo que Jesús les diga”.

La Virgen María es un refugio en la adversidad, consuelo de la humanidad. Cada noche antes de dormir rezo con Vida mi esposa tres Avemarías, una bella devoción que le fue revelada a Santa Matilde de Hackeborn (1241-1281) junto a las gracias innumerables que recibirán quienes practiquen esta devoción y recen a diario tres avemarías, pidiendo a la Virgen Santísima su Auxilio.

Algunos te dicen: “El único que intercede ante el Padre es Jesús”.  Y es muy cierto. Lo que han olvidado es que María su Madre intercede por nosotros ante Él. Y su Hijo Jesús, nunca le niega nada a su madre. Además es mi Madre del cielo, ¿cómo no acudir a ella?

Yo que a diario busco  los sagrarios porque en ellos está mi Señor, ¿cómo no voy a amar el primer sagrario que llevó a nuestro Señor? La Purísima Virgen María, la llena de Gracia, Nuestra Madre celestial.

 

 

En ocasiones encuentro personas que no han llegado a conocer a nuestra Madre celestial y por ese desconocimiento no hablan bien de ella. En esos momentos, con la mayor caridad que puedo, les hago una sola pregunta: “¿No amas a la Virgen María la Madre de nuestro Señor?”  Esto basta casi siempre para abandonar la discusión.

No puedo juzgarlos, ni juzgar a nadie. Y tampoco deseo hacerlo. Yo mismo, conociendo a Jesús y a nuestra Madre celestial, buscando a Dios y su gracia, soy de los que pecan y caen…

Me ocurre como a san Pablo.

“Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco.” (Romanos 7, 15)

Bien decía  el Papa bueno, Juan XXIII: “Comprender, no criticar”.

Debemos comprender y amar, no juzgar.

Te dejo con esta bella oración con la que me acerco siempre a la Virgen María:

“Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza. A Ti celestial princesa, Virgen Sagrada María, te ofrezco en este día, alma vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía. Amén.”

 

…………..

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