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¡Ahí está Jesús! ¡En ese Sagrario abandonado! (Un testimonio bellísimo)

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Mientras escribo estas palabras le he pedido a mi Ángel de la Guarda que acompañe a Jesús en un sagrario que es muy especial para mí. Lo tienen en un oratorio, cerca de mi casa, y podía acompañar a Jesús a gusto antes de esta cuarentena.

Cada vez que salía por una diligencia aprovechaba, desviaba el camino y pasaba a saludarlo y estar con Él y tener ratos de oración y contemplación. Pero ahora, le veo abandonado. No podemos visitarlo. ¡Las Iglesias están cerradas! Por eso le pido a mi Ángel Custodio el favor inmenso de visitar a Jesús en un sagrario.

El sagrario es parte de mi vida y de mi historia. He visto milagros patentes, impresionantes, de personas que desesperadas acudían a ver a Jesús Sacramentado escondido en el sagrario. Lo han llamado “Prisionero de Amor”.

Siempre recuerdo la ocasión que fui a verlo. Tenía una gran inquietud. Tú y yo podemos movernos libremente, pero Él siendo el Hijo de Dios Altísimo, Todopoderoso, se queda allí, en ese Sagrario, en silencio, con la apariencia de un pedacito de pan.

¿Cómo es esto posible? ¿Por qué lo hace? Decidí averiguarlo.

Primero leí los textos de espiritualidad que nos hablan de este misterio de amor. Leí la vida extraordinaria del obispo del sagrario, san Manuel González García a quien llaman: “El obispo del sagrario abandonado”.

Quedé de una pieza cuando leí estas palabras suyas que me atravesaron el alma:

“… ¡Nada! Yo no os pido ahora dinero para los niños pobres. Ni auxilio para los enfermos. Ni trabajo para los cesantes. Ni consuelo para los afligidos.

Yo os pido una limosna de cariño para Jesucristo Sacramentado; un poco de calor para esos Sagrarios tan Abandonados.

Yo os pido, por el amor de María Inmaculada, Madre de ese Hijo tan despreciado, y por el amor de ese Corazón tan mal correspondido, que hagáis compañía a esos Sagrarios Abandonados”.

Una madrugada que fui a ver a Jesús en el sagrario, aproveché que estábamos solos Él y yo y le pregunté directamente:

“¿Qué haces en este sagrario buen Jesús? ¿A qué dedicas tu tiempo?”

Luego de un corto silencio, me pareció escuchar en lo más hondo de mi alma estas dulces palabras suyas:

Amar Claudio. Pasó mi tiempo amándolos a ustedes, bendiciéndolos, llenándolos con las gracias que necesitan para seguir adelante en la vida. Todo lo que hago es Amar”.

Recuerdo haberme arrodillado muy emocionado, para agradecer tantos favores, ese amor suyo inmerecido  y me quedé con este hermosa jaculatoria en los labios, que repetí una y otra vez: “Sáname Señor Jesús, como solo sabes Tú”.

 

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