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Abraza a Dios, no al demonio.

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Me ha conmovido mucho ver la vida de un santo de nuestra Iglesia. Vi sus sacrificios, sus silencios ante la injusticia, sus esfuerzos por permanecer en la presencia amorosa de Dios, por evitar el pecado y agradarle en todos sus actos, palabras y pensamientos. Su oración pura y fervorosa.

Tenía conciencia de la presencia de Dios en su vida y la valoraba como un tesoro.

Durante la película no pude evitar que pasaran por mi mente tantos pecados cometidos a lo largo de mi vida, por la infidelidad al amor de Dios. Sabiendo que eran pecados los cometí, sabiendo que entristecían a Dios, no me detuve.

Cuando pecas, te ocultas de Dios. Le das la espalda. Me recuerda lo que le ocurrió a Adán.

“Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín. Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?» Este contestó: «Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí»”.  (Génesis 3, 8 -10)

El efecto de estar en pecado es terrible. Llegan el miedo, la angustia, el dolor, la inseguridad y el odio. Y lo más terrible, un pecado pequeño te lleva a uno más grande.

Dios te ha dado libertad y comprendes que Él te ve con un amor infinito. Y te dice: “Sabes que te amo, quédate en mi presencia”.

Y, aun así, te atraen más las tentaciones dulces, apetecibles, que al final terminan siendo un gran engaño.

Fuiste engañado por el mentiroso, el diablo, que te odia y desea verte lejos de Dios.

El diablo ronda siempre y te incita al pecado. No lo dejes, no le permitas que te aleje del Amor de Dios.

En estos días de gracia, mira a Jesús crucificado, el amor más grande que jamás haya existido, abandonado, sufriendo, rezando por ti, pidiendo a Dios su Padre que te perdone.

Somos hijos de Dios, que es amor. A menudo pienso en ello sobre todo durante las Eucaristías. Me percato del amor inmenso que Dios nos tiene y lo poco agradecidos que somos por este don que se nos da.

Sufro, porque me sé pecador.  Como san Pablo… «No entiendo mis propios actos: no hago lo que quiero y hago las cosas que detesto.» (Rom 7, 17)

Pero a la vez soy feliz, porque conozco la Misericordia de Dios.

Nuestra lógica humana nos dice que la vida es corta y debemos disfrutar.  El demonio lo sabe y nos sugiere el placer, nos pide gozar de este mundo sin ponernos límites, aunque hagamos daño a otros: mientras Dios, nuestro Padre, nos llama a lo verdadero, la pureza y el Amor, para que podamos salvarnos y pasar una maravillosa eternidad en Su presencia.

Esta noche eleva una plegaria a Dios, pídele que te permita experimentar su Amor infinito, en ese instante comprenderás.

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