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Una imagen que habla del matrimonio

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El matrimonio es una vocación maravillosa, bella, luminosa y difícil. Cuando uno ve esta imagen de Sarai Llamas se da cuenta de que está ante algo sagrado.

El matrimonio es una institución en horas bajas en muchos sitios. No tanto porque hayan disminuido los matrimonios por la Iglesia, que es más un reflejo de la crisis de fe actual; sino más bien porque sencillamente han disminuido en su totalidad. Muchas parejas prefieren hoy no casarse. El compromiso, la fidelidad, el “para siempre”, los trámites administrativos, las consecuencias ante un posible fracaso, la incapacidad para optar, las dificultades para permanecer… muchas cosas son las que llevan a muchas parejas a comenzar una vida juntos sin pasar por el “sí quiero” ante el altar o ante el concejal de turno.

Cuando uno mira la imagen que nos acompaña, siente envidia de todo eso que transmite y que, a veces, no conseguimos transparentar aquellos que debemos ser testigos de la belleza de esta vocación. El fondo negro, que tal vez nos invita a pensar que no estamos ante un realidad ligera, sencilla, fácil o liviana, no asume el papel protagonista. A poco que uno sea consciente, los ojos se van a un abrazo lleno de color.

La vocación al matrimonio no es vocación por descarte y menos en una sociedad que ya no penaliza tanto la soltería. El matrimonio hay que discernirlo y elegirlo. Uno no se casa simplemente porque toca o porque es lo que hacen todos. Uno descubre la llamada al paso dentro de un proceso con un otro en el que hemos descubierto un abrazo divino. Divino por su humanidad, divino por su sencillez, pero divino al fin y al cabo.

Optar por el matrimonio es descubrir que somos diferentes y que el amor no se hace reduciendo matices, igualando colores, apagando intensidades o dando brochazos a diestro y siniestro. El otro es diferente a mí. Sus tonalidades difieren a las mías. Su historia, con sus lugares, sus personas, sus acontecimientos, ha ido dibujando en su cuerpo y en su espíritu, una obra maravillosa llena de verdes, azules, rojos, naranjas, violetas… Exactamente lo mismo me pasa a mí. Y el abrazo, es un abrazo que acoge. La mirada, es una mirada que admira. El amor, es un amor que sana en tierna pasión. Nuestras cabezas, nuestros corazones, nuestras vísceras… definen nuestros distintos caracteres. Y así debe ser. El matrimonio no es el comienzo de un camino de anulación progresiva del “yo” y del “tú” hacia un nosotros utópico y totalizante. El matrimonio es el comienzo de un “yo” y un “tú” que se descubren mejores con el otro, que crecen, que se fortalecen y que construyen un “nosotros” abierto, que suma, que amplia, que ensancha. Claro que hay renuncias y sacrificios y concesiones… pero, si son vividas con amor y libremente, serán como la poda que todo árbol necesita para crecer y alimentarse mejor.

Mirarnos en nuestra propia belleza es un imprescindible para caminar juntos. Sabernos bellos. Ver el mundo más bello junto al otro. Desearnos y demostrarnos con pasión, en cuerpo y alma, que queremos formar parte del otro, habitarlo sin poseerlo, acariciarlo sin asfixiarlo. Cuerpos que son vehículo de todo aquello que habla el corazón. Huesos y músculos que aprenden a moverse al compás.

Preciosa imagen Sarai, preciosa imagen para hablar del matrimonio, con tu permiso.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

 

 

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