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Una familia, Dios y el coronavirus

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El sol entra por la ventana tras varios días de lluvia y algo de frío para este mes de mayo. La música de los 90 suena en al altavoz que tengo a mi lado, acompañándome. Y pienso en ellos, una familia amiga que está pasando horas difíciles con el coronavirus como invitado estrella en sus vidas.

A ella la conocí estudiando Ciencias Religiosas en la Facultad de Teología de Granada. Luego vinieron su marido y sus cinco hijos. Podría decir que ella es la piedra angular de una familia maravillosa pero sé que a ella no le gustaría. Y tendría razón. Son ellos, ambos, un matrimonio curtido ya en mil aventuras, que comenzó su historia de amor en plena juventud y que sigue construyéndola día a día desde lo mejor de cada uno.

Cinco hijos, ella estudiando, él trabajando… cualquiera podría pensar que son una familia de superhéroes. Cuando Esther y yo tuvimos a Juan, nuestro tercer hijo, la gente se nos acercaba con admiración. Para unos éramos héroes, para otros temerarios. ¿Qué dirían si les conocieran a ellos? Pero una familia no se teje en la épica de las grandes batallas sino en la callada cotidianeidad llena de amor imperfecto. Sí, sí, amor imperfecto. En este planeta no existen los superhumanos ni los extraterrestres. Ni los santos fueron perfectos, porque la santidad no se macera en la perfección sino en el amor necesitado del Otro. Pues ellos menos. Son una familia normal. ¿Ellos dos? Distintos. Ella, un auténtico huracán. Él, un rincón donde descansar. Y los chicos, obviamente, cada uno de su padre y de su madre. Su secreto, seguramente, es haber ido ladrillo a ladrillo, sin filtros ni postureos, juntos, creciendo y aprendiendo. Y así un día y otro día y otro día.

Hace ya unas cuantas semanas, en plena escalada de contagios en España, uno de sus hijos comenzó a enfermar. La prueba del hospital era concluyente: positivo de coronavirus. Recuerdo todavía los mensajes de whatsapp de aquella noche en el grupo de compañeros de estudios que hemos mantenido. Palabras de ánimo, opiniones diversas, las últimas noticias con consejos para vivir en casa con un positivo… Y digo positivo y no enfermo porque, en realidad, este chico nunca enfermó. Pasó la cuarentena sin grandes dificultades. Ella, preocupada, compartía con nosotros sus desvelos. Qué virtud más maravillosa esta de saberse necesitado de ayuda en los momentos duros del camino… Qué don tan grande la amistad sincera en la que apoyarse cuando uno lo necesita… Ella, el huracán, compartía sus altos y bajos, sus momentos de paz y confianza y sus incertidumbres y pesares… Y su fe, compartía también su fe. “El Señor nos ayudará. No hay que tener miedo”, nos decía…

Su hijo se recuperó pero, entre medias, enfermó su marido. Una fiebre alta que no bajaba le llevó al hospital. Allí se quedó. Solo. Y allí pasó muchos días. Aunque nunca estuvo en la UCI, la prueba fue dura. El virus se encariñó con él y, aunque superado, las secuelas son grandes. El sistema neurológico ha quedado tocado y llevará tiempo recuperarse del todo. Oraciones para arriba y para abajo con él delante del Señor una y otra vez. Y con ella. Y con sus hijos. Ya está en casa y toca descansar después de esta inmensa travesía en el desierto.

Pienso en ellos y sólo puede agradecer que, cuando el sol apretaba y el agua escaseaba en los oasis, cuando las tentaciones arreciaban y el sinsentido sobrevolaba por sus vidas, contaran conmigo y con los demás. Acompañar desde la distancia una experiencia tan fuerte es, sencillamente, complejo. Pero estoy seguro que se sintieron acompañados. Y estoy convencido que eso les ayudó a mantener la paz cuando el miedo amenazaba con llevarse todo por delante. El Espíritu es comunión y ésta aparece, a veces, entre personas que, en principio, no son tan cercanas y que, después de lo compartido en estos últimos años, forman parte ya del camino de uno.

Los hermanos ayudan, claro que ayudan. Aunque estén lejos. Y la oración. Saber que no estamos solos y que, cerca y lejos, hay corazones entretejidos sufriendo a mi lado. Y ayuda también comprobar la fortaleza de una familia sustentada en su fe. Una fe pequeña, seguro, imperfecta también, que supo germinar en el instante necesario. Una fe que no es fuerte en sí misma sino que se hace fuerte a la sombra de la cruz y de las palabras del Resucitado que, sentado a la mesa en nuestra casa, enarbola nuestro corazón apasionado y nos recuerda que la última palabra siempre es la suya.

Sigue sonando la música. El sol se va apagando. Y allí, a unos cuantos kilómetros, están ellos, recomenzando una nueva etapa en familia. Que Dios les bendiga, siempre.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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