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Qué mal tratamos al sacramento de la Reconciliación…

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Qué no, que no te esfuerces. No me vas a convencer. Estoy de acuerdo en que el entorno no favorece, en que el viento no sopla de cola y en que la sociedad ha perdido las referencias de lo que está bien y mal, al menos aparentemente. Estoy de acuerdo en que el relativismo y el individualismo juegan en contra de este sacramento… pero, ¡por favor! ¡No podemos cuidarlo peor!

Cuando somos niños, la Primera Comunión se lo come todo. Los trajes, la fiesta, los regalos, los vestidos de madres, padres y abuelas, las iglesias llenan… ¡Ay! ¡Qué dulce caramelo en la boca para los que vivimos con nostalgia esta pérdida galopante de religiosidad a nuestro alrededor! Tres años de preparación para la Primera Comunión… ¿Y para el Bautismo? Nada, porque eres un mico. Y tus padres, poca cosa. ¿Y para la Reconciliación? ¿Hay traje? No. ¿Hay fiesta? No. ¿Hay regalos? No. ¿Hay iglesias llenas y cámaras y fotógrafos y olor a perfume concentrado? No. Pues nada… alguna sesión de catequesis, alguna cosita y ale, a confesarse y para casa.

Cuando somos mayores, ya da un poco igual porque lo difícil es que alguien se acerque. Aún así mantenemos nuestras formas medievales, modernizadas en cómodos confesionarios, pero con la rejilla por el medio, no vaya a ser… Y suerte si no te cae una bronca o algún grito, que de todo hay en la viña del Señor.

El caso es que la parábola del hijo pródigo, centro del Evangelio, y fiel imagen de quiénes somos y de qué Padre tenemos… se queda en nada. Ese dejar ir, ese esperar del Padre, ese desorden del hijo, ese dolor, ese mal, ese camino mal elegido, esa casa que se añora, esa vuelta, ese padre que corre al camino, ese abrazo incondicional, esa fiesta con sus mejores vestidos y el novillo mejor cebado, esa alegría alrededor de la mesa… ¿Dónde se ha quedado todo eso? Si hay algo constante en toda la Escritura, en toda la historia de la Salvación, es la misericordia de Dios. Una historia, la nuestra, que se debate entre la infidelidad y el perdón. Una y otra vez. Pero no debe ser suficiente.

No sé cuánta gente tiene fe hoy en día y tiene experiencia trascendente y espiritual como para acercarse a una Eucaristía. Pero sí creo que todos tenemos experiencia del mal, del dolor, de la enfermedad, de la culpa, del daño hecho y recibido. Todos sabemos de qué se habla en este sacramento. El perdón es uno de los motores del mundo, una de las experiencias sobre las que asienta una existencia. Saberse perdonado, recibir el perdón, cambia toda una historia, lo cambia todo. Y aún así, lo tratamos de segunda, lejos de los sacramentos que hemos revestido de pompa y boato. Una pena.

La Iglesia no es la Iglesia de los puros. Pero eso no quiere decir que deba ser una Iglesia cutre, mediocre y desnortada. Hemos hechos de los sacramentos, en buena medida, unos «sacra-mientos» donde muchos ni han sido preparados, ni saben lo que están haciendo ni les interesa lo más mínimo. Y nosotros simplemente calmamos sus necesidades y expedimos sacramentos como el que expide sellos. Y nos agarramos al efecto de la gracia y a que el Espíritu haga milagros. Y los hace, claro que los hace. Pero si ponemos nosotros algo de pan y algo de peces, el milagro sería incluso mayor…

Yo no quiero una Iglesia de puros pero sí quiero una Iglesia que mire la realidad, que afronte sus problemas y sus incoherencias, que escuche al Espíritu, que sea valiente, que no viva de las rentas, que no se deje simplemente llevar y que venda lo más sagrado que tiene al postor mejor vestido. Como dirían los más jóvenes, hay cosas que no valen un puñado de «likes».

Un abrazo fraterno – @scasanova

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