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Parejas que saben no estar juntos

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Hay parejas que no saben estar el uno sin el otro. Nunca. Ni para ir a comprar el pan, como quien dice. Y además se presentan ante sus conocidos y familiares como una pareja modelo. Yo no soy experto pero no tengo muy claro que eso sea signo de buena salud, ni para la pareja ni para cada uno de sus miembros.

Llevo casi 15 años de matrimonio. Mucha gente a la que quiero va por delante en el camino y otros muchos vienen por detrás. De todos intento aprender. A todos observo. A todos escucho. Y luego está mi experiencia, con mi mujer, que sólo es nuestra. En temas de pareja, matrimonio, noviazgo… es cierto que es fácil opinar desde fuera y fácil es también equivocarse por el gran desconocimiento de lo que se vive en la realidad y en la intimidad. Por tanto, esto que comento es obviamente fruto de mi reflexión y de mi experiencia particular y no pretende ser ni un estudio científico ni un tratado de psicología, moral o espiritualidad.

Yo creo que es bueno que la pareja no anule la individualidad de cada miembro, su ser único, su historia particular. Esa individualidad, que ha sido transformada y enriquecida en la vida en pareja, está llamada a crecer y no a desaparecer. Esa individualidad es ahora compartida, sostenida, cuidada… con otra persona, por otra persona. ¡Pero no desaparece! Mis hobbies, mis sueños, mis anhelos, mis emociones, mis amistades, mi familia, mi vida espiritual, etc. no se desintegran y si es así, en pos de mi pareja, creo que algo no ha sido entendido. La pareja está para convertir en águila al que sólo era gorrión y no al revés, con todo el respeto a los gorriones.

Tener de vez en cuando algún plan con tus amigos, salir un día a cenar o al cine, irte de compras, intentar sacar un ratito a la semana para tener un tiempito para ti, aunque sean 30 minutos, seguir haciendo lo que me apasiona aunque haya cosas en las que mi pareja no esté involucrada… Creo que es sano en su justa medida. El matrimonio es, por tanto, un milagro de comunión. No se trata de dejar de ser, sino más bien de ser en plenitud. Se trata de ser uno sumando y no a costa de restarnos el uno al otro.

Si esto se hace bien, la pareja sale fortalecida porque ese rincón propio es un lugar del que siempre se vuelve, feliz, y con ganas de compartir lo vivido con aquel o aquella a la que más amo, con quién más comparto, con quién más feliz soy y de la que nunca me separaría. Cuando el corazón no está en juego, no hay nada que temer. Cuando la casa está construida sobre roca, y la gracia del Señor nos acompaña, hay que aspirar a poner los talentos en juego, también en la pareja, desde la pareja y por la pareja.

Necesitarnos más no es prueba de amarnos más. Vivir la pareja desde la privación, el sometimiento, el sacrificio, la anulación de mí por el otro… puede sonar bien. Yo prefiero decir que el amor hacia mi mujer es el que me obliga a cuidarme y a ser mejor cada día. Como dijo Melvin en “Mejor Imposible”: “ – Tú haces que yo quiera ser mejor persona”. Más claro, agua. Quitémonos ya de la cabeza esos conceptos de servicio mal entendidos. Yo animo a mi mujer a quedar a cenar con sus amigas de vez en cuando, a ir al cine alguna vez, a buscarse su rato de gimnasio o de ejercicio, a que disponga de una parcela espiritual, lúdica, intelectual, que sea suya y que luego la comparta conmigo. Sé que eso es bueno para ella y, por tanto, bueno para todos. ¿O no?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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