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Mis hijos no cumplen mis expectativas

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— Mírale, cómo tiene su habitación… con lo ordenados que somos su madre y yo…
— Mírale, cómo le cuesta estudiar… y eso que estamos encima…
— Mírale, vaya corte de pelo se ha hecho… y eso que le dije que no me gustaba nada…
— ¿Y esos amigos que se ha echado ahora?… No me fío un pelo…
– ¿Y no me dice que quiere estudiar Sociología?… Parece que quiere ser un muerto de hambre…

Los padres tenemos expectativas sobre nuestros hijos. Eso es un hecho incuestionable. Las expectativas nacen, crecen, se reproducen… ¿y mueren? Están ahí, no lo podemos negar. Si tenemos expectativas sobre Dios, sobre nuestra pareja, sobre nosotros mismos, sobre nuestro trabajo y nuestro futuro… ¿cómo no tenerlas con aquellos a los que hemos dado la vida, los hemos alimentado, cuidado, visto crecer, inculcado valores, educado…?

La experiencia de tres hijos y de los años me lleva a decir que gestionar las expectativas en general es uno de los aprendizajes más importantes que podemos afrontar en la vida. Dependiendo de cómo lo hagamos, puede que lleguemos a ser personas muy felices o muy desgraciadas y podemos, también, hacer muy felices o muy desgraciados a los que nos rodean.

Tener expectativas no es algo malo en sí mismo. Muchas veces van unidas de una sana esperanza que nos permite tener en el horizonte aquello que deseamos, que anhelamos. Ese horizonte va a ser muchas veces el agarradero imprescindible para seguir adelante, para soportar tornados y tormentas personales, para afrontar soledades y saltar muros. Es bueno tener horizonte. Es bueno tener unas sanas expectativas sobre uno mismo, su vida… incluso sobre las personas más cercanas.

El problema viene cuando la «idea» pasa por encima de la «persona». Esto, que en política nos lleva a totalitarismos y fanatismos, también puede producirse a menos escala en la vida personal. Hemos acabado queriendo más a la persona que esperamos que sea, que a la persona que es. Entonces entramos en terreno pantanoso y debemos activar cuanto antes la alarma. Podemos hacer daño.

Con los hijos parece que esto está más legitimado. ¡Para eso los hemos criado! Además, ellos vienen por detrás de nosotros. Son menores en edad. Siempre seremos sus padres y nos deben un respeto. Les hemos enseñado lo que considerábamos más importante. Hemos sido modelos y referentes. ¡No hay razón para que las cosas empiecen a torcerse! Y la realidad es que pueden torcerse desde bien pronto. Porque los caracteres pueden ser diferentes desde el comienzo. Porque sus juegos preferidos pueden ya diverger de los tuyos. Porque quiere apuntarse a fútbol y tú quieres que la niña se apunte a danza contemporánea. Porque no le gusta el teatro, como a ti, pese a que tú pienses que es algo muy bueno. Porque comienza a escuchar un tipo de música diferente. Porque su espiritualidad comienza a nacer y la expresa de una manera determinada. Porque en los estudios a elegido letras y tú querías que eligiera ciencias. Porque quiere dejar de estudiar y ponerse a trabajar. Porque ha empezado a salir con una chica que tú piensas que no le pega ni con cola. Porque es un irresponsable y tú siempre le has enseñado a pensarlo todo mucho. Porque se ha ido a vivir con el novio. Porque luego se divorcia… madre mía… con lo católicos que siempre fuisteis en casa. Porque vive al día y tú siempre le enseñaste el valor del ahorro.

Esto es causa de multitud de discusiones, tensiones y decepciones profundas en todas las familias. A los padres nos cuesta aceptar que nuestros hijos no son nosotros y que, además, no nos pertenecen. Ni siquiera cuando están bajo nuestra custodia legal. Pero pensamos que, como mientras son menores deben hacernos caso, eso funcionará siempre. Nos cuesta romper el cordón umbilical. Y nadie nos ha enseñado a hacerlo. Cada uno debe hacer su camino, encontrar sus maneras, y hacer su proceso. Porque es un proceso más de padres que de hijos. Hay que hacerlo. Hay que aprender a hacerlo.

Y hay que seguir a su lado. Hay que acompañarles. Hay que tener siempre los brazos abiertos. Hay que curar heridas. Hay que tener la oreja dispuesta a escuchar. Y muchas veces hay que aceptar sus silencios, sus ausencias, sus búsquedas, sus batallas. Y rezar por ellos.

Nuestros hijos no han venido al mundo sólo para hacernos felices a nosotros. Como padres, no podemos dejar que nuestra felicidad sólo dependa de sus decisiones. Ojalá nos sintamos orgullosos siempre unos de otros, sepamos honrarnos y querernos. Sin expectativas.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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