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Me dices que te cuesta rezar

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Me dices que te cuesta rezar. Yo te respondo que tranquila. No tienes por qué darme explicaciones, aunque sepas que yo soy una persona religiosa que, no sólo reza, sino que acompaña a los más pequeños a hacer lo propio.

No eres la única persona a la que le cuesta rezar. A veces, a mí también me pasa. Y a los niños. Y a los ancianos. Y a los curas. Y a alguno de mis hermanos de comunidad. Y a alguna religiosa. No sé qué nos imaginamos qué debería ser la oración pero el caso es que, tal como lo entiendo yo, oración y relación van de la mano. Mi relación con Dios, la tuya, no es muy distinta a la relación que podemos tener con nuestro padre, con nuestra madre, con un amigo.

Las relaciones necesitan de constancia. Yo tengo muchos amigos con los que, si hoy coincidiera en algún sitio, no sé si sería capaz de entablar una conversación. ¡Hace tanto que nos vemos! ¡Nuestras vidas son tan desconocidas para el otro! ¡Es tan grande la distancia entre ambos…! Sin constancia, es difícil que nos brote nada. En las relaciones, los milagros existen lo justo. Si la relación con Dios se ha enfriado, hay distancia, es muy difícil que la oración sea tarea fácil. ¿Qué hablar con alguien que es, casi, un desconocido para mí?

Las relaciones también se sustentan en una necesidad mutua. La necesidad, no entendida como dependencia, pero sí como algo que me ayuda a crecer, a ser feliz, a ser yo, a vivir más liviano, a sonreír más, a cargar con menos preocupaciones, a descansar… No se tú pero a mí me pasa con mi esposa, con mis hijos, con mis padres, con mis mejores amigos y amigas… ¡Necesito hablar con ellos! Sólo escucharles me descansa, me serena, me devuelve a mi centro. Compartir con ellos hasta el más absurdo de los detalles se convierte en alimento imprescindible para mi día a día. ¿Y con Dios? ¿Existe esa necesidad? Si puedo prescindir de Él, si no me aporta nada, si no tengo necesidad de Él… ¿Cómo buscarle? ¿Cómo hablarle? ¿Cómo contarle?

Las relaciones más íntimas, más profundas y más verdaderas de nuestra vida también se sustentan en la capacidad de vivir juntos la vida con humor, con alegría, con felicidad. Nadie se junta con quién le pone la cabeza como un bombo, con quién le carga de agobios, con quién todo es una queja, con quién no es capaz de admirar la belleza de la vida, de captar la fragancia de la risa compartida.

Y, por último, hablar de las heridas y de la imprescindible capacidad que deben tener las personas que entran en relación de curarlas, de encajar los golpes, de perdonarse, de querer seguir y recomenzar. ¿O es que los amigos no nos hacemos daño? ¿O es que un hijo no se siente, en algún momento, defraudado de su padre? ¿O es que ningún padre se ha sentido traicionado por una hija? Nos hacemos daño. Con Dios también. ¿Estoy dispuesto a curar, a perdonar, a seguir?

¿Qué pasa si tu relación con Dios no ha sido constante, no sientes su necesidad, es como una losa pesada y, además, está llena de heridas que te parecen incurables e imperdonables? Pues que es difícil rezar en esas condiciones. El camino debe de ser otro. Hay pasos a dar. Sin prisa pero sin pausa. Si quieres, claro… Y digo quieres porque, si hay algo claro en todo esto, es que Dios quiere. Eso es una certeza. Él quiere porque te quiere. Te lo digo yo que os conozco a ambos… Por otro lado, ¿y si te dijera que a veces rezas sin ser consciente? Rezas cuando planchas las camisas de tu marido, con amor; rezas cuando preparas la cena de tus hijos, con amor; rezas cuando te esfuerzas en tu trabajo, diariamente, con amor; rezas cuando escuchando esa música que te emociona, te abandonas y saboreas lo más hermoso del momento, con amor; rezas cuando estás disponible para ayudar al que lo necesite, con amor; rezas haciendo que la vida sea preciosa para los que se mueven cerca tuya… ¿Ves? Hay camino hecho. Se trata de seguir.

El Espíritu sopla. Sólo hay que dejarse llevar, estar atentos y no tener miedo. Y verás cómo las distancias se acortan, las heridas se curan, las risas llegan… Amén.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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