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Mayo, devoción a una madre

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Estamos en mayo y no quiero dejar de dedicar mi primera entrada de este mes a María.

Reconozco que he ido creciendo en el amor a María y en la mirada hacia ella. Tanto en mi oración, como en mis afectos, yo siempre he sido muy del Padre. Tal vez durante mucho tiempo he tenido a María un poco de lado. Pero, como cristiano, he ido creciendo en mi fe y, cuando eso sucede, uno va redescubriendo a María con otros ojos.

Cuando miro a María veo, sobre todo, a una madre, a mi madre. Es lo mejor y más pleno que se puede decir de ella. La maternidad configura a María y a su manera de relacionarse con Jesús y, por extensión, con todos nosotros.

Como madre:

  • María es generadora de vida. Sabe lo que es llevar en su seno al mismo Cristo. Sabe lo que es esperar nueve meses, sabe lo que es ir cociendo a fuego lento una de las alegrías más profundas de una mujer, de un ser humano.
  • María es generosa y disponible. Su SÍ al enviado de Dios, su SÍ al plan de Dios, echa abajo de un plumazo cualquier sueño que María tuviera para ella en su vida. María dice SÍ y en ese SÍ se muestra ya disponible para siempre, se dona por completo.
  • María sabe acompañar. Una madre sabe lo que es eso y no duda ni un instante en acompañar a otra mujer en su situación, en compartir su maternidad. Eso hace María con Isabel y eso sigue haciendo.
  • María, madre y esposa, sabe lo que es formar una familia y el valor que tiene desde el comienzo. Ella, que decide acompañar a José a Belén, para el censo, tiene claro cuál es su lugar y su prioridad y no duda.
  • María está más pendiente de las necesidades de los demás que de las suyas. Eso demuestra en Caná, cuando decide dar el paso y solicitar más azulejos. Se dirige a Jesús con confianza de madre y le pide que ayude en una situación comprometida.
  • María sabe dejar ir. Es un momento difícil para una madre, cuando los hijos abandonan el hogar. No lo tuvo que pasar bien María. Y, sin embargo, supo quedarse en un segundo plano y dejar marchar a un hijo que tenía una misión propia por llevar a cabo.
  • María es la siempre presente. Sigue de lejos a su hijo, a veces, y otras más de cerca. Pero siempre ahí. Hasta el final. María no nos abandona nunca.
  • María sabe sufrir o, mejor dicho, se sabe acompañada en el momento de mayor sufrimiento que puede albergar una madre: la muerte incomprensible de un hijo. María llora desconsolada y es atravesada por el dolor. Pero María acepta y espera.

María es madre, la Madre. De Jesús, de ti, de mí. Ella nos llena de vida, está siempre disponible, nos acompaña, protege nuestra familia, conoce nuestras necesidades, nos deja caminar libres pero siempre está cerca y sabe sufrir a nuestro lado cuando nos alejamos, cuando nos rompemos, cuando traicionamos.

María, la Madre, se merece todo. Piropos, tiempo, caricias… Es la hora. No escatimemos.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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