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Maridos, mujeres, hijos… La trampa de las expectativas.

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Es verdad. La causa de muchos de nuestros sufrimientos en familia es la incapacidad de aceptarnos unos a otros, es la lucha permanente contra la tentación permanente de que el otro se adapte a mí, a mis deseos. Es el combate contra la eterna tendencia a querer usar al otro, querer convertirlo en algo útil para mí, querer asimilarlo a mi yo. Y posiblemente esto no se reduzca a la familia sino a muchas de nuestras relaciones, en las que más que un auténtico encuentro entre dos personas únicas y diferentes, muchas veces, son más un intento de utilizar al otro para mi propia felicidad, para saciar mis deseos, mis anhelos, mis expectativas.

Ya he hablado alguna vez de las expectativas con respecto a los demás, y en especial con respecto a la pareja. Ciertamente el amor romántico ha traído una visión mucho más emocionante, placentera y agradable del matrimonio, donde uno decide compartir su vida con aquel o con aquella de quién se enamora y a quién quiere. Quedan lejos, al menos de los países occidentales, los pactos matrimoniales entre familias, los intereses de progreso, la decisión de los padres, los matrimonios de conveniencia… Y aunque es verdad que el matrimonio como institución se sustenta en unos valores con los que nos sentimos más identificados en las sociedades libres y democráticas, ciertamente nos ha dejado sus trampas por el camino. Y es que hemos depositado en el amado tantas expectativas que cuando estas no se cumplen, el sentimiento de fracaso es tal que muchas veces sólo vemos la puerta de la ruptura. Muchos matrimonios se rompen cuando alguno de los dos, o ambos, comprueban en más o menos tiempo, que el otro no satisface plenamente sus necesidades; cuando despiertan del sueño de “la media naranja”, del “complemento perfecto”, “tú lo eres todo para mí”, y descubren que el otro es otro y que no ha venido al mundo para hacerme feliz y darme la plenitud. Y entonces nos preguntamos para qué el amor y para qué el matrimonio, para qué un proyecto en el que no está tan clara la felicidad romántica y placentera que siempre termina comiendo juntos perdices. Decía Chesterton que tenía más suerte aquel que amaba a la mujer con la que se había casado, que aquel que se casaba con la mujer que amaba. Esa frase encierra en el fondo todo este asunto de la pareja como lugar de encuentro con el otro en el amor, o de la pareja como lugar de dominación sobre otro que quiero que responda a mis anhelos de felicidad.

Con los hijos pasa un poco lo mismo. En mi casa somos cinco, somos cinco “otros”. Cada uno de nosotros somos más que un universo, con nuestra infinita interioridad y exterioridad, llenas ambas de uno mismo, de los sueños, anhelos, heridas, dones, historias. Cada uno con su nombre y cada nombre con su propio mundo. Y queremos que la casa “funcione”, que cada uno responda a las expectativas de cómo debe funcionar el hogar, de cómo ser ante las personas, de qué gustos son aceptables y cuáles no, de cuáles son las cualidades y cuáles los defectos. Discutimos y nos enfadamos y nos gritamos… normalmente porque uno espera de otro algo diferente, porque uno espera de otro que sea como uno quiere y no como el otro es. Nos jugamos autoridades, límites, poderes… y hacemos malabarismos en la fina cuerda de la educación, sobre la que aprendemos a movernos sin que nadie nos lo hubiera enseñado bien antes. Porque esto no se nos enseña demasiado. Aceptar al otro, aceptar la diferencia, la peculiaridad… no se enseña. Asignatura pendiente.

Y si esto nos sucede en casa, podemos entender cómo andamos cuando salimos afuera, a la gran plaza de todos, donde es fácil darse cuenta de cómo todas estas dinámicas, carencias y expectativas se multiplican, así como sus efectos.

Ojalá Dios nos ayude a salir al encuentro del otro, a descubrirlo y respetarlo y a descubrirnos a nosotros mismos en ese encuentro de amor. Somos en buena medida aquellos con los que nos encontramos. Vale la pena intentarlo.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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