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Hijos educados, padres orgullosos

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Hoy estuvimos en el oculista, toda la familia menos mamá. Prácticamente se nos fue la tarde. Dos horitas entre sala de espera y salitas varias haciendo pruebecillas y revisiones. Si el estado de nuestras cuentas bancarias fuera similar al de nuestra agudeza visual… Amancio Ortega y Bill Gates serían unos aficionados en esto de la riqueza. Hay que dar gracias a Dios por la salud que tenemos a día de hoy.

Pero no quería hablar yo de salud ocular sino de un comentario que me hizo una de las ayudantes clínicas cuando ya nos quedaba poco para salir.

– Vaya tres hijos más buenos eh. No dicen nada y qué bien se portan para todo el rato que llevan aquí.

Yo ya les había llamado la atención varias veces por algo de ruido, por cambios de sillas, por algún pequeño conato de discusión en la sala de espera… Y cuando me dicen algo así, como lo que me dijo esa mujer hoy, a veces pienso si no seré demasiado exigente con ellos. Porque es verdad. Tengo tres hijos que son tres soles. No es la primera vez que recibimos un comentario como ese. Son educados, amables, saben estar, comportarse… Es lógico que, en comparación con otros muchos que pisarán la clínica y harán lo que les venga en gana, los míos le debieron parecer a esta mujer pequeños santos en potencia.

Los remordimientos se me van pronto porque llego a la convicción de que hay un trabajo detrás de exigencia, de corrección, de ejemplo, de tesonera paciencia, de mano derecha y mano izquierda…. que, como padres, mi mujer y yo venimos haciendo desde que nacieron. Es verdad que a veces los padres no vemos frutos pero también es verdad que quién regatea con el esfuerzo, la determinación, la confrontación, la dificultad y busque sólo bienestar, comodidad y democrático buenrollismo paterno-filial, lo tiene todavía más crudo.

Educar cuesta. Porque no lleva un día ni dos. Porque requiere de nosotros mucha energía, a veces hasta la que no nos queda. Porque pide principios claros. Porque no es agradable tantas veces. Porque los frutos y beneficios no se perciben instantáneamente. Pero de eso se trata. De acompañar, de pulir, de enseñar, de orientar, de proteger lo justo, de no asfixiar, de confiar, de dar alas cuando toca, de ir por delante, de ser consecuente.

Estoy muy orgulloso de mis hijos, de ver cómo crecen y de comprobar lo buenas personas que son. Estoy orgulloso de cómo se van situando en el mundo y de las pequeñas decisiones que empiezan a tomar por sí mismos. Y también estoy orgulloso del trabajo parental que, juntos, hemos venido haciendo mi mujer y yo desde hace 13 años. Sin instrucciones. Sin recetas. Sin café para todos. Con errores. Pero con mucho amor, una buena dosis de fe, con algo de formación y con el ejemplo recibido de los que nos han precedido.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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