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Familias del siglo XXI, ¡abran sus puertas y profeticen!

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Este fin de semana fuimos a cenar a casa de unos amigos. Los niños se quedaron en el salón viendo un película. Los mayores acabamos en la cocina conversando. Necesitamos hablar. No hay más que darnos la oportunidad para comprobar que las parejas, los matrimonio, las familias, necesitamos estar cerca unas de otras y acompañarnos.

Acompañar y ser acompañadas es algo que muchos piensan que no va con ellos. Seguimos llevando en nuestra sangre ese dicho de “lo del vestuario, se queda en el vestuario” y vivimos una vida familiar muy de muros hacia adentro pero muy poco de paredes hacia afuera. Tal vez un exceso de pudor familiar, tal vez el miedo a destapar nuestras debilidades, hace que afrontemos un camino difícil y duro, y de largo recorrido, sin aprovisionarnos adecuadamente. Las familias necesitamos estar cerca, vuelvo a decir. Necesitamos compartir nuestra experiencia, escucharnos, sanarnos, sostenernos, iluminarnos mutuamente. Las familias perfectas no existen. ¿Por qué no abandonar el delirio bucólico de una familia de anuncio y sustituirlo por la maravillosa realidad de una familia de verdad?

Una de las verdades de toda familia es que no nos elegimos. ¡Esto es brutal! En un mundo donde los consumidores vivimos convencidos de que todo es elección, resulta que los hijos no eligen a sus padres ni los padres eligen a sus hijos. Como mucho, elegimos la persona con la que queremos comenzar el proyecto y aún así, nuestra elección es limitada. Y es esa no-elección la que posibilita que la familia sea una auténtica comunidad de amor, un amor que no se basa en la elección sino en la donación ante quién no he elegido. Un amor, el familiar, no condicionado por nada.

Tampoco está condicionada la familia por otro de los grandes paradigmas de nuestro tiempo: la meritocracia y la formación.  En una sociedad plurilingüe donde la titulitis nos sale por las orejas, donde hay más Másters que especies mamíferas… en una sociedad donde se valora más la acumulación de titulaciones que la capacitación final… resulta que los padres y madres no sólo no nos hemos graduado en paternidad sino que muchas veces ni nos merecemos los hijos que tenemos. No hacemos cursos ni nos dan diplomas. ¿Es o no es maravilloso? A la vez, esa dosis de locura me pone en mi sitio como padre y me recuerda que soy un padre limitado, contingente, errado muchas veces. Yo no soy el Padre, sino simplemente el padre. Y eso me pone en sitúa. Por un lado me descarga del peso de las autoexigencias de ser el papá ideal y por otro me llama a no identificar paternidad con endiosamiento.

Y luego está el tema de la libertad… ¡Libres! ¡Libertad de opinión, libertad sexual, libertad de elección, libertad de cátedra, libertad de opinión, libertad religiosa…! ¡Vivimos el tiempo de las libertades y aún así no acabamos de dejar de ser esclavos de muchas cosas! La familia es el lugar donde se nos ayuda a crecer en libertad, enseñándonos que dependemos unos de otros, que estamos conectados, que libertad no significa desinterés, irresponsabilidad, egoísmo, soledad, ir a la tuya… Libertad con límites, los límites propios del querer a otros y del vivir con otros. Exactamente lo mismo que en la sociedad.

Las familias no estamos aquí para dar testimonio de lo flowerpower que es nuestra vida. No estamos aquí para engañar al mundo. Y menos las familias cristianas, estereotipadas tantas veces, celosas de aparentar algo que no son, de responder a un modelo que no ayuda a nadie sino más bien que separa a todos los distintos de nosotros. Estamos aquí para mostrar nuestra verdad, para abrir un poquito las puertas y ventanas, para mostrar que las familias somos los lugares donde no funcionan las cosas. Porque no somos clones, ni droides, ni grandes cadenas de producción. Nuestras miserias existen y no tienen soluciones técnicas posibles. Sólo tenemos el amor, el perdón, la escucha, la aceptación, la paciencia… Tenemos la tarea de profetizar ante el mundo del postureo y la posverdad. Mostremos lo que somos, lo que hacemos, lo que reímos, lo que lloramos, lo que discutimos, los desiertos por los que caminamos, las dudas con las que convivimos, la lucha y el sudor con el que nos sostenemos… Mostremos a los demás que nuestra fuerza está en Dios y que en Él nos recreamos y nos restauramos todos los días. Estamos llenos de cicatrices, de rasguños, de expectativas frustradas, de sueños incompletos, pero también de un amor verdadero por su finitud y su humanidad.

Familias del siglo XXI, no tengamos miedo a ser lo que somos, a mostrarnos y a ser luz; y a que otros sean luz para nosotros.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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