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¿Escuchar al corazón? ¿Escuchar a la cabeza?

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Fue una mañana de mayo. Entré en el tren, dirección Madrid, lleno de ilusión. Tenía 23 años e iba en busca del amor. Yo vivía en Coruña y la chica que me gustaba vivía en Madrid. Corría el año 2000. Casi 20 años después, estamos felizmente casados, tenemos tres hijos, vivimos en Salamanca y somos felices ambos dejándonos la piel en la escuela como profesores de Secundaria y Bachillerato.

No hay ninguna asignatura ni en Secundaria ni en Bachillerato que nos enseñe cuándo usar la cabeza y cuándo usar el corazón. De todos es sabido que del buen manejo de ambas posibilidades puede derivarse gran felicidad; y del manejo deficiente, grandes desgracias que pueden durar toda una vida. ¿Cuándo dejarse llevar? ¿Cuándo primar la emoción, el instinto, la intuición, el sentimiento? ¿Cuándo obligar a la inteligencia más analítica a tomar el control de nuestras realidades y decisiones? Seguro que te has hecho más de una vez esta pregunta y probablemente te la has contestado varias veces. Ojalá hayas acertado.

Habiendo celebrado este pasado fin de semana la fiesta de Pentecostés, he de decir que siempre he creído con fervor en la asistencia que nos brinda el Espíritu. El Espíritu nos ha sido regalado por Jesús y nos acompaña desde entonces en nuestro camino particular, iluminando cada uno de los rincones de nuestra existencia, sosteniéndonos en los momentos de duda y dificultad e instruyendo nuestro ser con la sabiduría del Señor. E intentado tenerlo presente en todas las decisiones importantes de mi vida y puedo decir que ninguna de ellas ha sido especialmente “pensada”. Soy de los que creen más en la intuición, en la fuerza que, de repente, lo mueve todo dentro y te empuja en una dirección. No importa lo difícil que sea, no importa los riesgos que comporte. Empuja y punto.

En este Occidente nuestro de comienzos del siglo XXI, impera el análisis, la estadística, el big data, la información… y todo debe ser respaldado con datos, con pruebas fehacientes de que tal y tal cosa tienen sentido. Todo se pone en la balanza, todo se mide, todo se pondera y se clasifican ventajas e inconvenientes… Incluso es una máquina la que puede analizar y ayudar a tomar la decisión más “coherente” y “razonable”. Pero el Espíritu, que nos habla a través de la razón y de la inteligencia, también las ilumina de manera especial para que se haga de día en nuestra mente y veamos como “razonable” para nuestra vida aquello que, para el mundo, es de locos. Es la dinámica del corazón, del amor, de la corriente de vida que nos inyectó el Cristo en su paso por la vida de los hombres. Es la fuerza del Señor que arrancó a hombres y mujeres de sus tierras, los dotó de palabras, los envió a tierras y pueblos, los convirtió en profetas, y los vistió de dignidad para poder hablar a través de ellos.

Corazón y cabeza. No son dos partes sino un todo. Sólo nos toca abrir la ventana y dejar que entre la brisa viva del que nos lleva aquí y allá. Confiar y fluir es de sabios, anclado y enraizado con fuerza en Cristo. Estar dispuesto a que la vida se ponga patas arriba una y otra vez, porque se afronta sin miedo, convencido de que nuestro guardián nunca duerme. Siente, piensa… ama y haz lo que quieras, que diría San Agustín. Y verás que así todo cobra una nueva dimensión y la felicidad se hace vida, hoy y aquí.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Ilustración de @saraillamas

 

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