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El despertar de la Fuerza: Llamada, lucha y mirada.

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Anteayer, sábado, marchamos mis dos hijos mayores, mi mujer, mi hermano y yo, conscientes de lo especial de la ocasión, como locos, a ver el Episodio VII de Star Wars: El despertar de la fuerza. Una vez vista, lo primero que tengo que decir es que el título me parece acertadísimo y de lo más sugerente.

Ahora mismo se agolpan en mi mente frases, momentos, miradas… que me acercan a la tentación de desgranar la película y destriparla para extraerle todo el jugo en caliente. No lo voy a hacer por respeto a los lectores que no la hayan visto y también porque, sin duda, quiero volver a verla para saborearla mejor. Es un peliculón y se convierte en uno de los mejores episodios de la saga, para mi gusto. Épica, intensa, trágica, romántica, divertida y profundamente espiritual.

La protagonista es, sin lugar a dudas, una mujer. No es una mujer cualquiera. Es una chatarrera perdida en un lugar remoto de la galaxia, una “don nadie”, una pequeña, una descartada. Ella es Rey y escapa aterrorizada cuando se siente y se sabe llamada. Rey puedes ser tú o puedo ser yo. Rey puede ser cualquiera de mis hijos, cualquiera de las personas que estaban acompañándonos en la oscuridad de la sala. Rey tiene miedo cuando se sabe llamada y duda, escapa. ¿Dónde estaba el arcángel para decirle “no temas” ante la magnitud de la misión? La Fuerza la había elegido para despertar…

La película nos trae también la historia de dos personajes surgidos de las entrañas mismas del Mal, de la Primera Orden. Dos personajes que viven en el Mal, que conocen al Mal, y que reaccionan de manera muy distinta ante él. Dos personajes donde se manifiesta de manera más brutal la lucha interior que todos llevamos dentro, entre la luz y la oscuridad: Finn y Kylo Ren. Ambos nos invitan a adentrarnos en nuestro propio interior y descubrir la encarnizada pelea que tiene lugar cada día.

Y por último quiero destacar dos detalles magníficos que se me han quedado grabados: dos miradas. Una es la mirada de Leia sobre su hijo: mirada de madre. Una madre siempre espera, siempre es condescendiente y tierna en su juicio, lenta al castigo y siempre dispuesta y preparada para abrazar y darse en amor por completo. Una madre siempre mira con esperanza, siempre ve lo bueno, siempre descubre posibilidad y oasis donde sólo parece haber derrota y sequía. La otra mirada es la mirada final de un Padre que lleva tiempo esperando a ser encontrado. Una mirada que lo recrea todo, que lo colma todo, que lo acoge todo, en la que todo tiene repentino sentido.

Ahora sólo me queda la nada sencilla tarea de intentar comentar todo esto con mis hijos y ver si ellos son capaces de ver más allá, de sentirse llamados, de saberse en lucha, de mirar y reconocerse mirados. ¡Buf!

La Fuerza se ha despertado y tú y yo somos llamados a responder. ¿Qué dices?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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