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Dimensión sociopolítica de la Resurrección

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La Resurrección de Jesús irrumpe en la escena sociopolítica como un acontecimiento origen de una de las mayores religiones que condicionará de manera determinante innumerables ámbitos educativos, culturales, artísticos, económicos y políticos de la Historia de la Humanidad. Esa experiencia de encuentro con el Resucitado, tenida por aquellos primeros hombres y mujeres, trasciende cualquier filosofía, ideología, campaña y programa que han tenido lugar a lo largo y ancho de estos siglos.

Ya desde el comienzo, la Resurrección provocó turbación en aquellos que habían asistido al ajusticiamiento del Maestro. Hoy, la Resurrección sigue vaciando sepulcros cavados para acallar a aquellos que descartamos día a día, que nos molestan, que nos incomodan, que nos recuerdan aquello contra lo que queremos luchar, aquello que queremos hacer desaparecer. La Resurrección de Jesús es una enmienda a la totalidad al final de un proceso injusto contra un inocente que había calado en la opinión pública de la Palestina del momento simplemente predicando el amor, el encuentro, la posibilidad eterna para todos, la rehabilitación de todo el que había sido despreciado… La Resurrección de Jesús es, por qué no, una acción política del mismo Dios que opta definitivamente por rescatar de las tinieblas a aquellos que siguen siendo olvidados y despreciados por poderosos y gobernantes. Una acción política que da la Palabra a aquel a quién se la habían quitado, que devuelve la gloria a aquel a quien habían flagelado, que restaura la dignidad de cada hombre frente a aquellos que quieren lapidarla y enterrarla en pos de una idea, de un dios, de un proyecto injusto y egocéntrico.

La Resurrección de Jesús llega a cada época como la acción incontrolable que es capaz de transformarlo todo y que se pone al servicio de cada uno para llamarnos simplemente a ser partícipes de una sociedad cada vez más parecida al Reino de Dios, donde todos seamos en plenitud, donde todo sea posibilidad, donde el bien común y la justicia sean señas de identidad. El encuentro con el Resucitado es la llave que ha movido a hombres y mujeres de toda época a salir y a anunciar algo por lo que sí que vale la pena luchar.

El sinsentido del amor sin medida, del derroche que se derrama en la Resurrección, ha sido y es, sin embargo, motivo de escándalo en un mundo complaciente y complacido con sus propias conquistas. El hombre que cada vez se ha ido creyendo más dios ha terminado por olvidar a Dios y ese vacío, al que responde la Resurrección del Señor, crece cada día. El hombre, que ya fue advertido por el mismo Jesús, de no poder servir a dos señores al mismo tiempo, se ve con capacidad hoy para gobernar el destino y el futuro, el presente de la humanidad. Basado en una razón sin límites y en una tecnología sin límites, se mantiene en la aspiración de Eva, la primera mujer, de conocerlo todo para ser como Dios.

Es el misterio de un rostro concreto, en un jardín similar al del Génesis, el que nos anima a caminar hacia otros paradigmas. Es el triunfo de la luz, tras la oscuridad de la cruz, el que nos permite mirar hacia adelante con esperanza y el que nos permite confiar que en nuestra Historia, Dios siempre ha acontecido y lo seguirá haciendo sin necesidad de mayorías absolutas ni revoluciones proletarias.

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