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Las otras víctimas

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No hay cosa que me transmita más paz que asomarme a las habitaciones de mis hijos cuando ya están dormidos y darles un beso extra; o dos.

Pero ayer, cuando hice mi paseíllo rutinario, Irene no dormía. Lloraba desconsoladamente: “Es que estoy muy asustada por los atentados. No sé qué haría si a ti te pasara algo”.

La abracé fuerte mientras pensaba qué decirle para poder calmarla. Sin embargo, no encontré ninguna palabra mágica. Lo único que se me ocurrió fue sincerarme con ella: “¿Sabes que yo tampoco sabría qué hacer sin ti? Así que ya estamos las dos igual”. Y se echó a reír.

Cuando ya habíamos controlado la llantina, me descubrí diciéndole algo que desde su lógica sonó a tontería, pero de las grandes. “No podemos dejar que nos controlen con el miedo Irene. Tenemos que seguir con nuestra vida y nuestros planes”. A medida que iba acabando la frase y veía cómo cambiaba la expresión de los ojos de mi hija, sentí que me estaba equivocando con la estrategia. Ese razonamiento que puede -hasta cierto punto- convencernos a los adultos, no tiene ningún sentido si hablamos con un niño.

Qué le vamos a hacer. Una no siempre acierta.

Madre e hija
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Rápidamente cambié de tercio y le dije que yo también estaba asustada, aunque no llorara como ella y que su miedo era lógico. Hacía unas horas que habíamos regresado de nuestras vacaciones de Semana Santa, después de días de encuentro con abuelos, tíos y primos. Y la conversación continuó en los siguientes términos:

-Si algún día nos pasara algo a papá o a mí, tienes unos abuelos y unos tíos que te quieren muchísimo. No solo te quieren, saben cómo eres. Puedes confiar en ellos porque van a entenderte muy bien. Sabrán escucharte, aconsejarte, ayudarte…

-Ya mamá, pero a mí lo que no me deja dormir es pensar que te va a pasar algo a ti.

Y cuando se llega a este punto es mejor dejar de hablar. Porque sobran las palabras. Es mejor llorar juntas. Así que la abracé y le acaricié la cara hasta que se fue quedando tranquila. Mientras iban pasando unos segundos muy largos, me acordé de algo que me había contado una amiga. Una especie de pacto que tiene su hija -ya mayor- con su abuela y decidí tomar prestada la idea:

– Irene ¿sabes qué vamos a hacer? Estemos donde estemos, pase lo que pase, todos los días a las doce del mediodía vamos a pensar la una en la otra ¿te parece?

En ese momento, también por su mirada, noté que esta vez sí había acertado con la estrategia. Nuestros niños, con toda su suerte por vivir donde viven, y por tener todas sus necesidades cubiertas, también son víctimas de tanta violencia. Afortunadamente se asustan y tienen miedo. @amparolatre

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