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Es posible

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Sencilla o complicada. En educación pasamos de una situación a otra rápidamente, como si fueran dos caras de la misma moneda. Todo depende de hasta dónde queramos llegar, de nuestra actitud como educadores, de la de personita que tenemos delante y de los apoyos extras o las piedras que nos encontremos en el camino.


Respecto a la transmisión de la fe últimamente tengo sensaciones encontradas. Como si las cosas fueran sencillas y complicadas al mismo tiempo. No sé si me explico.

Por una parte, a diario advierto en mis hijos la necesidad de alimento espiritual. Algo natural en los niños, que en nuestro caso particular hemos cultivado.

Hace unos días, mi hija de 9 años me decía que la asignatura en la que más estaba aprendiendo este año era Religión. No sé a qué se refería en concreto, pero este fue su comentario. A mis tres hijos les gusta dar las gracias por la noche por lo bueno de cada día, bendecir la mesa y conocer las razones de fondo por las que determinados miembros de la familia no son practicantes.

No se imaginan cómo es vivir sin atender a esa dimensión trascendente que a ellos les aporta paz, entre otras cosas y sin duda las conversaciones más interesantes que se producen en casa tienen que ver con temas relacionados con la religión.

Sin embargo, nuestro reto ahora ya no es introducir a nuestros hijos en la experiencia religiosa, sino asumir la práctica. Y por eso el tema ha dejado de ser sencillo para pasar a ser complicado, porque ir a Misa no es algo que suela apetecer a los peques de la casa.

El misterio de la misa
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Tenemos la suerte de poder celebrar la Eucaristía en el colegio muchos domingos. Saber que al llegar a la Iglesia podrán sentarse junto a un compañero de clase es un atractivo para cualquier niño. Eso y que suelen ser celebraciones participativas. Pero esta circunstancia es un arma de doble filo, porque los domingos que hay que buscar una alternativa a esta opción la resistencia es tremenda.

En cierto sentido entiendo a mis hijos, porque hay que ver qué celebraciones más poco preparadas «nos ofrecemos» los domingos, en algunas parroquias. Y digo «nos», porque no solo es cuestión de los sacerdotes, aunque en gran medida la responsabilidad sí es suya. Cada uno que se dé el tirón de orejas que le corresponda.

Ayer sin embargo la Eucaristía fue un éxito. Decidimos ir a un sitio diferente. Sabíamos que era una liturgia muy cuidada, con mucha gente joven y un coro fabuloso. Y volvimos emocionados.

Es decir, se puede hacer muy bien. Es posible. Asumamos todos el reto de preparar las celebraciones con las que llegar a lo más profundo del corazón de cada uno de los que estemos participando. Acogiendo sin reservas, sin importar la situación en la que cada uno se encuentre, pero sin confundir ni rebajar la propuesta que hace la Iglesia.

Mi marido y yo llevábamos un par de días hablando de «Amoris Laetitia» y de cómo llevar a la práctica el acompañamiento del que habla el Papa Francisco en la exhortación apostólica y anoche lo vimos de una forma tan sencilla, tan atinada, que nos emocionó. Fue tan sencillo como invitar a aquellos que no pudieran comulgar a acercarse a recibir la bendición del sacerdote. Mi hija Irene tomará la comunión el próximo año y está impaciente. Ayer, junto con otras personas que por distintas razones no recibieron la comunión se acercó a que el sacerdote le bendijera y le dijera unas palabras especiales y específicas para ella. «¡Comparte la alegría de la Pascua!», le dijo el sacerdote mientras le imponía las manos sobre su cabeza. Y así con cada uno.

Todos queremos volver a esta parroquia. Y de nuevo hemos dado la vuelta a la tortilla. Lo que era complicado, vuelve a ser sencillo. @amparolatre

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