Campaña de Cuaresma 2025
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Quizá nunca te habías puesto a pensar en que la situación que te quita la paz es un pecado. Por eso tu vida está inmersa en una oscuridad que te impide ser feliz. ¿Cómo identificar si eso es lo que ocurre en ti? Primero tendrás que buscar la raíz del problema a la luz del Espíritu Santo, pues la causa puede estar sepultada en tu conciencia.
Porque no lo olvidemos, todos somos pecadores:
Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros (1 Jn 1, 8).
Jesús es el faro
El mundo nos ha convencido de que el mal es relativo, por eso resulta más difícil reconocer nuestras faltas, aunque estas sean graves. Pero basta con buscar el origen mediante un minucioso examen, pidiendo a Cristo su ayuda. Él es el faro que ilumina nuestra alma y nos permite ver con claridad lo que está mal en nuestra vida.
Una anécdota del Padre Pío nos puede hacer entender tres situaciones: la tristeza de no confesar bien, comulgar en pecado y perder la alegría por no estar en paz:
Una señora italo-inglesa, llegada por Inglaterra se presentó al confesionario del Padre Pío pero en lugar de confesarla, cerró la taquilla del confesionario diciéndole: "Para tì no estoy disponible". ¿Por cuál motivo el Padre Pío no quiso confesarla? ¿Después de haber esperado un par de semanas durante las que ella fue casi todos los días al confesionario? Un día la señora por fin fue escuchada por el Padre Pío. La señora en la iglesia le reclamó porque la hizo esperar mucho tiempo y el Padre Pío le contestó: "¿Y tú cuánto has hecho esperar a Nuestro Dios? Te tienes que preguntar como ahora Jesús pueda acogerte, después de los muchos sacrilegios cometidos. Tú, por años, has comido tu condena; por años, al lado de tu marido y tu madre, has hecho la santa comunión en pecado mortal." La mujer, arrepentida, trastornada, suplicó llorando la absolución. Cuando, tiempo después regresó a Inglaterra fue la personificación de la alegría.
Ser humildes y confesarnos bien
El pecado puede disfrazarse de muchas maneras. Tal vez se presente como justicia cuando en realidad es rencor, resentimiento o maledicencia. Quizá creemos que hacemos una obra de caridad cuando verdaderamente pecamos de soberbia. O puede ser algo que todos hacen, creyendo que ya no es pecado.
Y el síntoma constante es que, a pesar de confesarnos, caemos muchas veces porque no sabíamos que guardábamos un pecado no reconocido. O no queríamos verlo.
Por eso, es necesario hacer un examen de conciencia general, repasando los mandamientos, las obras de misericordia los mandamientos de la Iglesia, nuestras actitudes con Dios y con el prójimo, siempre con Jesús como nuestro guía.
Una vez descubierto el pecado que se negaba a salir, pidamos perdón con dolor y sincero arrepentimiento. Y roguemos al Señor que sea Él quien nos ayude siempre porque solos no podemos. Que Él tenga misericordia de nosotros, pobres pecadores.


