Cada generación se hace la misma pregunta de formas diferentes: ¿Cuál es el objetivo de la vida? ¿Es el éxito, la búsqueda de la felicidad o la acumulación de riquezas y comodidades? San Ignacio de Loyola, escribiendo "Principio y Fundamento" en el siglo XVI, ofreció una respuesta sorprendentemente diferente, que sigue siendo tan desafiante hoy como entonces.
Para Ignacio, la vida humana tiene una finalidad clara: conocer, amar y servir a Dios. Todo lo demás -nuestras ambiciones, relaciones, incluso nuestras luchas- debe verse a la luz de este objetivo último.
Esta idea constituye el fundamento de sus Ejercicios Espirituales, una obra que ha dado forma a la espiritualidad jesuita y a la Iglesia en general durante siglos. Su núcleo es el principio y fundamento, una declaración breve pero radical que reorienta la forma en que nos vemos a nosotros mismos, al mundo y a Dios.
Más que una premisa teológica, es una invitación a la libertad: libertad del apego, de las ilusiones de control y de todo lo que nos aleja de nuestro verdadero propósito.
¿Cuál es el principio y el fundamento?
El principio y fundamento es el punto de partida de la espiritualidad ignaciana. Expone la razón de la existencia humana y la relación entre las personas y el mundo. Ignacio comienza con una declaración sorprendente:
"El hombre es creado para alabar, reverenciar y servir a Dios nuestro Señor, y por este medio salvar su alma. Todas las demás cosas que hay sobre la faz de la tierra han sido creadas para el hombre, para que le ayuden a conseguir el fin para que ha sido creado".
Esta afirmación es sencilla pero profunda. Significa que nuestras vidas no son aleatorias, y que no estamos aquí simplemente para buscar la realización personal. Nuestro fin último es conocer, amar y servir a Dios. Todo lo demás -nuestros talentos, posesiones, relaciones, incluso nuestras luchas- debe entenderse a la luz de este propósito.
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La llamada a la libertad radical
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Esto no significa que Ignacio pida un rechazo del mundo. Lo que pretende es más bien una ordenación adecuada de nuestra relación con él. Así lo explica:
"De esto se deduce que el hombre debe utilizar estas cosas en la medida en que le ayuden a alcanzar su fin, y debe deshacerse de ellas en la medida en que le resulten un obstáculo".
Esta idea es el corazón del desprendimiento ignaciano, o santa indiferencia. No es una llamada a la apatía, sino a la libertad radical. No debemos dejarnos controlar por nuestros deseos de éxito, salud, riqueza o placer, ni dejarnos aplastar por su ausencia. Por el contrario, se nos invita a preguntarnos: ¿esto me ayuda a amar y servir a Dios, o me aleja de él?
Para Ignacio, la verdadera tragedia no es el sufrimiento o el fracaso, sino el apego a cosas que no conducen a Dios. Si la riqueza nos acerca a Él, debemos estar agradecidos. Si se convierte en un ídolo, debemos dejarla ir. Si el sufrimiento profundiza nuestro amor, puede ser acogido como una gracia. Esta forma de pensar es contraria a la obsesión moderna por la autorrealización, en la que se nos enseña a aferrarnos a lo que queremos. Pero la visión de Ignacio ofrece algo más profundo: la verdadera libertad, la capacidad de desear y elegir lo que nos acerca a nuestro fin último.
Elegir bien
Ignacio concluye con este principio rector para la toma de decisiones:
"Debemos hacernos indiferentes a todas las cosas creadas… no prefiriendo la salud a la enfermedad, la riqueza a la pobreza, el honor al deshonor, una vida larga a una vida corta, con tal de que sólo deseemos y elijamos lo que es más conducente al fin para el que hemos sido creados".
Esto no significa que debamos ser pasivos en la vida o dejar de preocuparnos por nuestro bienestar. Más bien significa que nuestro mayor deseo debe ser buscar a Dios en todas las cosas. Si estamos enfermos, debemos buscar la curación, pero no a costa de nuestras almas. Si tenemos éxito, debemos dar las gracias, pero no poner nuestra identidad en el logro.
Por qué es importante hoy
El principio y fundamento nos desafía a replantearnos para qué vivimos. ¿Nuestras elecciones diarias nos conducen hacia Dios, o son distracciones? ¿Nos aferramos a cosas que realmente no nos satisfacen, o vivimos en la libertad de saber que nada -ni el éxito, ni el fracaso, ni siquiera la muerte- puede quitarnos nuestro propósito último?
Para Ignacio, la verdadera alegría no se encuentra en tener más, sino en amar más. El principio y fundamento no es solo una idea teológica - es una invitación a una vida de claridad, paz y libertad, donde todo lo que hacemos está ordenado a lo único que verdaderamente importa: amar y servir a Dios.
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