"Tu sacrificio en la cruz puso fin a toda la vergüenza paralizante que me ha mantenido encerrado en mí mismo, deprimido y en oscuridad. Tu muerte me ha liberado"
La compulsión humana de ofrecer sacrificios a Dios se remonta al principio de los tiempos. Abel "trajo uno de los mejores primogénitos de su rebaño" (Gn 4, 4) y lo ofreció a Dios en sacrificio. Una vez que las aguas del diluvio se retiraron y el arca descansó en tierra firme, Noé "construyó un altar al Señor y ofreció holocaustos en el altar" (Gn 8, 20).
Abraham era tan devoto de Dios que estaba dispuesto a sacrificar incluso a su propio hijo amado en obediencia a Dios (Gn 23, 9-14). Cuando el arca de la alianza regresó a Jerusalén y "fue colocada en su lugar, David ofreció holocaustos y ofrendas de paz ante el Señor" (2 Samuel 6, 17).












