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Benedicto XVI en América Latina: macizo y doctrinal

MEXICO

OSSERVATORE ROMANO / AFP

Macky Arenas - publicado el 02/01/23

Unas precisiones que no pierden vigencia

Durante sus siete años y medio como Papa visitó todos los continentes. Sus visitas pastorales a Brasil, México y Cuba marcaron su pontificado en lo respectivo a este continente, focalizando su atención sobre los dos más grandes países católicos de la región y, al igual que su predecesor Juan Pablo II -y luego lo haría Francisco- no dejaron fuera de la agenda a la sufrida isla de Cuba, la cual ha sido un compromiso para cada pontífice en los últimos tiempos.

Primera parada

En Mayo de 2007, Benedicto VXI aterriza en Brasil, donde visitó Sao Paulo, Aparecida y Guaratinguetá. Fue su primer viaje a Latinoamérica, para inaugurar la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (CELAM) en el santuario de Aparecida, la patrona de Brasil.

El 9 de mayo comenzaría una visita pastoral de 5 días. Fue su primera parada en este continente. Su presencia en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en el santuario mariano de Aparecida, fue la actividad más destacada de esta gira, la de mayor significación de las tres cumplidas en el “continente de la esperanza”.

Después de la visita a Brasil, los viajes a México y a Cuba fueron su siguiente destino. En Marzo de 2012, Ratzinger viajó a México y Cuba, donde visitó las ciudades mexicanas de Guanajuato y León y las cubanas de Santiago de Cuba y La Habana, así como el santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, la patrona de la isla.

El contraste mexicano

México lo esperaba después de haber contado con las cinco visitas que ese país, mayoritariamente católico, recibió del aún joven Juan Pablo II, con su carisma arrollador, sobre todo entre los jóvenes, ante el cual contrastaba un papa alemán de talante muy teutónico -aunque lo llaman “el papa de la dulzura”- menos expresivo y lo suficientemente austero y riguroso como para impactar al trepidante mundo católico mexicano.

El fulgor de haber sido Papa y ejercido cargos de primera relevancia en la Iglesia no debe hacernos olvidar lo que muchos dejan de mencionar y es su trabajo como profesor en varias importantes universidades alemanas. Joseph Ratzinger enseñó en ellas al menos por 20 años hasta ser designado obispo. Y su papel como perito personal del cardenal Frintz -de Colonia- en el Concilio Vaticano II. El hoy San Pablo VI, cuando se desarrolla toda la sacudida post conciliar, lo valoraba y respetaba sinceramente y se nutren mutuamente en el freno al ingenuo optimismo postconciliar.

De manera que estamos hablando del teólogo más destacado del siglo XX, su magisterio es monumental y crecerá con los tiempos. Ya se le proyecta, y con razón, como un Padre de la Iglesia. Semejante personalidad tiene que haber sido casi espartano, lo que no desmerece de su nobleza, su sencillez y hasta su sentido del humor, al decir de quienes más cerca lo tuvieron.

Sin protagonismo

El Santo Padre estuvo Cuba entre los días 26 y 28 de marzo de 2012. Entrañable su permanencia en el Santuario del Cobre. La Habana fue menos “cálida”, a pesar de la considerable asistencia a los actos y el memorable esfuerzo de los católicos por hacerlos vistosos. La razón parece haber sido la voracidad logística del régimen, que decidió acaparar la organización del evento, dando prioridad a quienes formaban parte de las cúpulas políticas. Era notoria, durante las transmisiones de televisión, la absoluta ignorancia litúrgica de quienes asistieron a la Eucaristía en las primeras filas. Sencillamente, no sabían qué hacer. Lujos que puede darse un régimen autoritario y declarado ateo desde el comienzo, razón por la cual Fidel Castro resultó excomulgado en 1962, pena que no le fue levantada.

No obstante, una particularidad destacó durante la estadía de Benedicto XVI en Cuba. No era usual que Castro fuera el encuentro de los visitantes, sino al revés. En esa ocasión se le dijo: “Si usted quiere ver al Papa, venga a la Nunciatura”. Y así hubo de hacerlo. Las fotos oficiales mostraron al jefe de Estado cubano bastante disminuido físicamente, cosa de la que se percató el mundo por primera vez. Y, por primera vez, no era él el protagonista, sino el Papa, así ninguno de los dos exhibiera una vigorosa juventud de la cual ufanarse.

Brasil, buque insignia de esas visitas

En Brasil les canonizó su primer santo – nacido en ese territorio- y predicó una homilía donde no le tembló la voz, frente a millón y medio de fieles, para lanzar un llamado a la jerarquía católica del mundo a fin alejar a la iglesia de la política. Pero no del mundo ni de su misión salvífica: dejó claro que la fe, si bien no es una ideología política, ni un movimiento social, ni un sistema económico, en su condición de máximo líder de la Iglesia Católica dejó ver su preocupación por los autoritarismos – el eje Caracas-Buenos Aires y aliados como Correa con el trasfondo de Cuba- que habían resurgido en Latinoamérica, condenando igualmente la corrupción de los políticos y el egoísmo de los empresarios, al mejor estilo como lo haría hoy el Papa Francisco. Pero, aunque fueron puestos sobre la mesa, no eran esos temas la prioridad.

Discípulos y misioneros

Benedicto había sido elegido papa en el 2005 y dos años después estaba en Brasil para la Conferencia de Aparecida. La última reunión del episcopado del continente se había realizado más de 15 años antes en República Dominicana.

El contexto brasilero era muy significativo. El trasfondo era la Nueva Evangelización y la misionalidad de la Iglesia -una Iglesia en misión- con motivo del siglo que recién comenzaba. La idea era lanzar a la Iglesia en misión, lo cual resulta en perfecta coherencia con la Nueva Evangelización anunciada por Juan Pablo II que Benedicto pretendía convertir en «misión permanente» y ahora Francisco refuerza bautizando una «Iglesia en salida». Todo ello se aterrizó en Aparecida con la ayuda de un lema: «Cristianos, discípulos y misioneros«.

Durante la conferencia, esa fusión que aclaraba conceptos y dejaba atrás disyuntivas e imprecisiones, fue obra y artificio de Francisco -entonces Bergoglio, de Buenos Aires- quien asumió las riendas de la comisión que coordinó esos trabajos.

El discurso con que Benedicto comienza resulta medular, como todo lo que él razonaba. Su pontificado completo estuvo marcado por un acento netamente doctrinal y ello se reflejó claramente en Aparecida. «Su terminología era básicamente europea y germánica pues para él las grandes referencias antitéticas eran el relativismo, Vivimos en una cultura que relativiza valores, principios, por lo cual hay que marcar una reafirmación de lo que es sólido y permanente. Todo su pontificado trabaja en torno a eso y la prueba está en sus tres grandes encíclicas sobre la Fe, la Esperanza y la Caridad, columna vertebral de toda su obra», nos explica un filósofo experto en asuntos eclesiales y vaticanos.

En el caso de América Latina, el papa Benedicto apunta a fundamentar doctrinalmente, teológicamente, el discurso de una Iglesia misionera y evangelizadora y, concretamente, cuáles son las características de los discípulos y misioneros. Esa es la estructura de su discurso allí.

El «duende» en la Conferencia

En la jerga de los medios de comunicación solemos llamar «duende» a quien, sin mantener un perfil alto ni hacer bulla, es quien sostiene y anima los proyectos.

Estaba dictaminado que la comisión de redacción del documento la iba a presidir Bergoglio. De allí parte la elaboración y consolidación de algunos temas que luego Francisco explicitará como papa, con la impronta de la teología argentina, no exclusivamente, pero presente allí. En esa línea camina Benedicto, el papa que lidia con todo el problema doctrinal de la teología de la liberación desde la Congregación para la Doctrina de la FE, por los años 80, siendo el cardenal Ratzinger.

El papa Benedicto busca, en ese marco latinoamericano, fundamentar doctrinalmente la especificidad de la acción de la Iglesia como misionera y no política, además de situar esa especificidad en función de la acción de los cristianos en política. Habiendo poco que innovar en este campo, él cumple con ratificar, desde el peso de su magisterio papal pero también como lo que era, un gran teólogo capaz de argumentar al respecto como efectivamente lo venía haciendo a lo largo de los años, esa especificidad.

Su discurso fue macizo, doctrinal, orientador y correctivo. Pero animador espiritualmente en cuanto a la misión primera de la Iglesia, la evangelización. Y el «duende» detrás de esa elaboración era Bergoglio.

Un papel que no va

Veía necesaria la presencia de la Iglesia frente a las injusticias, pero no sólo como acción sobre las conciencias, lo cual es primario e ineludible, sino también sobre las estructuras injustas. Alertó sobre el erróneo papel de los clérigos líderes en las comunidades, lo cual no es función de la Iglesia, sino más bien señalando la responsabilidad de los laicos, pues ése es su terreno y son Iglesia. No son los curas los llamados a hacer función política y social como acción directa, sino maestros y orientadores de conciencia acompañando las acciones políticas y sociales del laicado.

Si bien ello no es nada nuevo, no obstante, fue el punto de partida para una reflexión clásica no conflictiva sobre la materia. El ambiente ayudaba pues ya la efervescencia de la teología de la liberación había bajado.

Nada permanente

Aún así, fue un proyecto ambicioso pues la idea de una misión permanente en América Latina es cuesta arriba. «Aquí no hay nada permanente ni sostenible. Más bien lo improvisado se torna permanente», apunta jocosamente un sociólogo católico a quien consultamos. Duró lo que un dulce en la puerta de un colegio. Un año y feneció. Impensable una Iglesia en este continente en constante campaña y movimiento. No era algo realista que pudiera tener sostenibilidad en el tiempo.

Allí chocaron dos visiones diferentes, pero indiscutiblemente se mostró que la Conferencia recogió lo más sólido -porque intrínsecamente lo era- indicado por Benedicto y se evidenció el rumbo que le imprimió Bergoglio desde el comité de redacción a los temas allí considerados.

La Iglesia es Historia en este continente

Uno de los temas trascendentales tenía que ver con el papel histórico de la Iglesia en América Latina. Ese fue el trasfondo. Una América Latina cristiana, el llamado «continente de la esperanza» como en tiempos de Juan Pablo II tomaba un perfil moderado. Era un recurso que se afincaba en la antigüedad del cristianismo y desconocía el papel secularizante de la modernidad y las independencias de los países latinoamericanos, por lo que no tuvo gran desarrollo, sin demeritar la matriz histórica católica de América Latina. En esa estela se puso más bien el acento sobre el rol secular, histórico y subsidiario que le toca a la Iglesia. En otras palabras, la Iglesia es una Maestra de las sociedades latinoamericanas. Eso no se pone en duda.

Por ello, en cada circunstancia histórica, la Iglesia debe estar a la altura de su misión, en términos de formación de conciencia y de motivación subsidiara en la sociedad para alentar a los principios humanistas. Benedicto llega a decir, lo que no era muy común por estos lados: «Con esto no estoy queriendo decir que no haya personas que, no siendo creyentes, no observen una conducta moral ejemplar», lo cual es una consonancia con la más ejemplar herencia cristiana.

Sin duda que Brasil, de todas las giras latinoamericanas, fue el episodio más relevante pues allí se ventiló el rol de la Iglesia, no sólo en la coyuntura histórica del momento, sino respecto de su responsabilidad evangelizadora: no es rol de clérigos ostentar un papel predominante y dirigente en la configuración de las estructuras para solventar los problemas de injusticias en América Latina. Su papel está en la orientación, formación de conciencias y aliento de los mejores esfuerzos por el cambio a una sociedad justa y solidaria.

Siempre oportuna precisión, sobre todo en este continente

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