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Beata Celestina Faron: Iluminó las vidas de quienes vivieron el horror nazi en Auschwitz

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CELESTINA FARON

sluzebniczkinmp.pl

Sandra Ferrer - publicado el 13/11/22

Ofreció su vida para que un obispo regresara a la Iglesia

27989,. Barracón 24. 9 de abril de 1944. Un número. Un lugar. Una fecha. Eso fue lo único que quedó de ella, cuando su cuerpo fue incinerado en el infierno de Auschwitz. O lo único que pretendieron que quedara de ella sus carceleros. Pero el nazismo no podría borrar ni la suya ni la historia de tantas personas que murieron dejando tras de sí una estela de dignidad y grandeza.

La hermana Celestina Faron llegó al campo de concentración nazi cuando tenía veintinueve años. Era una joven llena de vida, de ganas de vivir entregada a Dios y a los demás. Había nacido en la localidad polaca de Zabrzez, el 24 de abril de 1913.

Bautizada como Catalina, creció en una familia católica en la que la desgracia llegó cuando era una niña de apenas cinco años de edad. La muerte de su madre fue un duro golpe, pero pronto unos familiares que no tenían hijos a los que su padre la entregó para que cuidaran de la pequeña, mitigaron el dolor ofreciéndole un nuevo hogar, lleno de amor, en el que Catalina encontró también el consuelo de la fe católica.

En 1930, a sus diecisiete años, tomó la decisión de abrazar la vida religiosa e ingresó en la Congregación de las Hermanas Siervas de la Santísima Virgen en el pequeño pueblo de Stara Wieś. Los siguientes años se dedicó a formarse y prepararse para el camino que había escogido. Acudió a distintas escuelas para perfeccionar su labor educativa y mejorar como catequista.

Catalina encontró siempre en la figura de Santa Teresita del Niño Jesús un modelo a seguir. Quizás por eso, estando en Lviv, realizando uno de sus cursos de formación, conoció la historia del padre Wladyslaw Marcin Faron, un obispo muy controvertido, por el que decidió ofrecer su vida a cambio de que regresara a la Iglesia católica.

En 1936 obtenía un diploma de maestra de jardín de infancia y dos años después, hizo sus votos perpetuos. Ese mismo año de 1938, la ya convertida en hermana Celestina, fue elegida como directora de un jardín de infancia en la localidad de Brzozów.

Allí se encontraba cuando la amenaza del nazismo sobrevolaba Europa y llegó pronto a las puertas de su hogar. La invasión alemana de Polonia trastocó la paz en la que vivía la hermana Celestina quien, lejos de obviar la situación, se volcó en ayudar en un orfanato y a personas necesitadas. Su labor provocó los recelos de la Gestapo.

El 19 de febrero de 1942 fue arrestada y pasó por dos prisiones distintas antes de ser trasladada al campo de concentración de Auschwitz, donde llegó el 6 de enero de 1943. Marcaron su cuerpo con el número 27989 y fue obligada a realizar trabajos forzados.

La hermana Celestina sufrió como el resto de presos que no eran ejecutados en la cámara de gas todo tipo de vejaciones, viviendo en condiciones infrahumanas. El cuerpo de la hermana Celestina pronto acusó el agotamiento y la falta de alimento.

A pesar de tanta penuria, su presencia se convirtió en consuelo para quienes con ella compartieron la tortura de vivir una experiencia tan terrible. Con migas de pan, improvisó un Rosario con el que rezaba una y otra vez, oraciones que le daban fuerzas para transmitir paz en aquel lugar atroz.

El 9 de abril de 1944 su cuerpo se apagó. El tifus, la extenuación, el maltrato infligido a su cuerpo, acabaron definitivamente con la vida de la hermana Celestina Faron. No con su memoria, ni con su ejemplo. Cuatro años después de su muerte, en 1948, Wladyslaw Marcin Faron, aquel obispo por el que la hermana Celestina había ofrecido su oración y su vida, regresaba al catolicismo.

La hermana Celestina Faron fue una de las mujeres incluidas en la beatificación de los 108 mártires polacos durante la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial.

En la homilía celebrada por San Juan Pablo II en Varsovia, el domingo 13 de junio 1999, el Papa afirmó: «Si hoy nos alegramos por la beatificación de 108 mártires, clérigos y laicos, lo hacemos ante todo porque son un testimonio de la victoria de Cristo, el don que devuelve la esperanza. En cierto sentido, mientras realizamos este acto solemne se reaviva en nosotros la certeza de que, independientemente de las circunstancias, podemos obtener una plena victoria en todo, gracias a aquel que nos ha amado. Los beatos mártires nos dicen en nuestro corazón: Creed que Dios es amor. Creedlo en el bien y en el mal. Tened esperanza. Que la esperanza produzca como fruto en vosotros la fidelidad a Dios en cualquier prueba.»

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