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Padre Raúl, el «ángel» de la Policía de Panamá

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Cortesía

Jesús V. Picón - publicado el 10/08/22

El padre Raúl tiene un cargo dentro de la Policía Nacional de Panamá donde acompaña a los uniformados en sus miedos y hasta está con ellos en los más peligrosos operativos.

Este sacerdote es muy conocido y querido en su país, Panamá. Y es el sacerdote con más rango en los cuerpos policiales. Raúl Ernesto de León Mendoza nació el 19 de marzo de 1977 en una ciudad llamada Chitré, una ciudad pequeñita, y ahí ha vivido sus 45 años.

Desde hace 11 años es sacerdote y ha tenido la posibilidad de estar trabajando en cuatro parroquias. Actualmente es párroco en Parita, una parroquia colonial de 1649. A continuación la entrevista que le concedió a Aleteia:

-¿Cómo y dónde surge el llamado a la vocación sacerdotal?

Yo vivía en Chitré, en Llano Bonito, un barrio en donde jugábamos mucho béisbol y yo vivía al lado de la iglesia. A la parroquia llegué de siete años a un grupo juvenil y me echaban porque apenas era un niño. Y recuerdo que el sacerdote Segundo, un sacerdote español, les decía que me dejaran, que me iba a cansar pronto y me iba a ir… y bueno, ya han pasado 33 años y no me he cansado.

Yo vivía solo con mi abuela, no vivía ni con mi mamá ni con mi papá y este sacerdote se convirtió en un referente paterno para mi vida, pero también todo su trabajo, en especial el trabajo con los jóvenes, me llamó mucho la atención.

Hacíamos algo que hoy en día es difícil e ilógico de encontrar: nos reuníamos todas las noches, de lunes a lunes, y los fines de semana era cuando teníamos más afluencia. Todo eso fue marcando mi vida. Yo desde muy pequeño era monaguillo y todo eso fue mezclando un deseo, desde niño, de querer ser sacerdote. Este sacerdote marcó mi vida en muchos aspectos. Él murió años después en un accidente de tránsito.

He heredado todo lo que él hacía, el congreso de los jóvenes y la Renovación Carismática. Aquí en Panamá yo soy el asesor nacional de la Renovación Carismática y hacemos el encuentro nacional, en donde reunimos a 10 mil jóvenes. Este sacerdote nos enseñó mucho la espiritualidad Teresiana y somos muy discípulos de santa Teresa de Jesús, y Teresa era la andariega, no paraba y tenía todo el deseo de renovar. Ese deseo de santa Teresa llevó a ese sacerdote a ser como era y a mí como soy.

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-¿Tuvo su lado oscuro, alguna conversión?

Dicen que tengo imán con los jóvenes, pero ellos vienen a mí porque, cuando conversamos, yo les digo «eso que tú me estas contando, yo también lo viví».

Y ahora que tú me preguntas sobre ese lado oscuro, en definitiva, yo también lo tuve. Yo solo fui criado por mi abuela, es una mujer a la que amo mucho, y es una mujer que fue criada con mucha dureza y así nos crio. Así que, los gestos y sentimientos en mi casa, era algo extraño. Sin papá y sin mamá, mis carencias afectivas eran muchas. Cuando fui creciendo, fui viendo otras cosas.

Entré a otro colegio donde mis compañeros eran mayores, fiesteros, parranderos y pensé que me estaba perdiendo la vida por estar metido en la iglesia. Fue ahí en donde empecé tumbo tras tumbo y en ese momento casi no termino la secundaria. Los maestros hablaron conmigo y al final termine graduándome con un vacío profundo.

Me metí a una universidad privada, porque era mi manera de castigar a mi mamá, que me había abandonado. Nosotros éramos de escasos recursos, pero mi mamá tenía una pensión porque en el trabajo tuvo un accidente, perdió la mano derecha y la indemnizaron.

Pero nunca me había dado nada y  hacerla que pagara la universidad, era mi manera de castigarla. Al ir a la universidad me doy cuenta que el ambiente es chévere, que la gente que tiene dinero la pasa chévere, pero mi bolsillo no era chévere. Y fue cuando tomé la decisión más importante de mi vida, que fue abandonar la universidad.

Mi mamá me seguía enviando el dinero del pago de la mensualidad y yo seguí viviendo la vida de rico, pero eso se llama robar; yo le robé a mi mamá y empecé a vivir la vida de rico.

En cualquier momento de la vida esta historia te avergüenza. En este momento, eso es parte de mi vida, es parte de lo que Dios quiso ir formando en mi vida. Bueno, mi mamá se murió sin saber que yo había hecho eso. Murió muy joven, a los 37 años, por una enfermedad bacteriana.

De ahí comencé a dar tumbos y tumbos en la vida y conocí a una muchacha que fue la que emparejó un poco mi vida. Fuimos novios por seis años y medio, una relación duradera y con planes, pero cuando uno tiene vacíos existenciales, esas cosas afloran y al final la relación terminó. Yo siempre me preguntaba por qué mi vida era tan vacía. Yo estaba en la parroquia, era el animador del congreso con los jóvenes, y aun así sentía el vacío.

Por cosas de la vida, terminé metiéndome a una reunión de Pastoral Juvenil, cosa a la que yo era alérgico, y terminé ocupando varios puestos, ente ellos, como primer coordinador de pastoral juvenil. Después me fui a Colombia a estudiar Pastoral Juvenil sin saber, que lo que a Dios le interesaba, era que pudiera tener un momento a solas conmigo.

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Llegué y me hospedé en la casa de los sacerdotes de la Casa de Dios, entonces, el Señor fue preparando todo el camino. Cuando estamos en el diplomado trajeron una monja de Argentina y sentía que todo lo que decía, era para mí.

Yo tenía una pelea con el Señor porque sentí que en ese momento vino a complicarme la vida, pero fue cuando decidí decir «hasta aquí, es hora de que asumas lo que Dios quiere para ti». Regresé, hablé con el obispo, con el padre y me pasé un año preparando mi vida y arreglando todos los cabos sueltos que había tenido, y fue cuando decidí irme al seminario.

La gente apostaba a que yo no duraba, pero Dios iba construyendo mi vida y siempre me regalaba una palabra que decía: «Ahí donde más eres débil, es donde yo más muestro mi fortaleza».

Así estudié los primero tres años en el seminario de mi diócesis. El obispo tuvo a bien enviarme a Bogotá y allá estudié mis cuatro años de teología. Y finalmente, un 23 de julio del 2011, soy ordenado sacerdote. Dios se encargó de ir reparando muchas cosas.

Él sabe que hay muchas cosas en nuestras vidas que necesitan ser reparadas. Yo me ordené un 23 de julio, que fue sábado como este año, y mi primera misa como sacerdote fue el 24 de julio, y mi mamá murió un 24 de julio.

Dios me dio la posibilidad de que mi primera misa como sacerdote la pudiera celebrar por mi mamá. Entonces, fue un proceso hermoso que Dios me fue regalando.

Con respecto a mi mamá, ahorita estoy terminando una licenciatura en psicología, no es que me apasione la psicología, pero le estoy pagando la deuda a mi mamá y ese título es de ella.

Me han ofrecido todas las becas, pero les dije que no, porque esto lo tengo que pagar yo de mi bolsillo, porque yo tengo que retribuir todo el dinero que me robé.

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-¿Cómo es que llega a ser capellán de la policía nacional?

Yo llego a la capellanía porque al capellán que estaba antes que yo, lo mandaron a estudiar a Roma. Me lo propusieron y les dije que tenían que conversarlo con el obispo. Hablan con el obispo, el obispo accede y yo llego a la institución como capellán.

Nosotros no tenemos un obispado propio para trabajar con la policía, pero para la policía nosotros representamos un oficial de la policía y ellos, como por deferencia, nos equiparan en un grado de oficialidad, al rango de mayor.

Por un problema que tengo en la rodilla, me asignaron a un oficial como asistente, al sargento Edén Rodríguez, un oficial que nadie quería y después todos querían su puesto.

En la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Panamá tuve la oportunidad de conocer al papa. Fuera de eso el sargento Edén, mi asistente y chofer escolta, es albañil, constructor, soldador, electricista y con él logramos avanzar mucho con el proyecto de tener en la base de la policía la capilla, una capilla erigida a nuestra señora de Guadalupe.

En la capellanía tengo dos unidades de policía trabajando a tiempo completo conmigo.

-¿Por qué eligieron a la Virgen de Guadalupe para su capilla?

El director estudió en México y me dijo que iba a ir a México e iba a traer el cuadro, y lo hizo. La capilla se llama Virgen de Guadalupe y hacemos su fiesta el 12 de diciembre.

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-¿Convive mucho con los policías?

Sí. Jugamos fútbol, voleibol, ping-pong, los asisto en sus necesidades, los acompaño. Ahorita en mi país estamos viviendo situaciones muy difíciles, hay enfrentamiento entre la policía y el pueblo. Pero cada mañana voy al cuartel, hablo con ellos, les digo que sé que tienen que reprender, pero que no olviden nunca la caridad. A veces pasan hasta 15 días sin ver a los suyos y es una situación tensa y difícil para ellos.

Pero en medio de todo es un trabajo que me apasiona y me gusta hacer Evangelio con ellos, en todas partes. Además los apoyamos cuando se accidentan y no reciben un sueldo, los apoyamos con comida. Son varios los trabajaos que hacemos con ellos.

¿Qué tan importante es que un sacerdote este con un ser humano que está en riesgo de que lo maten?

Yo entiendo que el Evangelio dice que nadie tiene mayor amor que el que da la vida… Y estas unidades dan la vida por defendernos, y son las cosas que la gente no entiende, no entienden el grado de entrega. Esa parte es la que nos toca trabajar, porque al final el policía termina sintiéndose despreciado.

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-Además tuvieron un retiro especial para policías, un retiro de Emaús.

Fue una experiencia muy hermosa. A 18 policías nos los llevamos de retiro de Emaús, el ambiente policial es de dureza, pero cuando ves en estos retiros a los policías quebrarse, llorar, pedir perdón, esta es realmente la respuesta a la vida de estos hermanos nuestros.

También hicimos el sacramento del matrimonio de cinco de ellos. Lo hicimos por todo lo alto, fue una fiesta grande. Es parte de lo que Dios hace. Actualmente tenemos a los niños en primera comunión y confirmación, hijos de los policías juramentados y no juramentados.

 También hemos hecho bautizos, hemos hecho mucho servicio. El mundo sin Dios es un caos.

-¿Los policías se encomiendan a Dios?

Yo no me entero de todas las acciones que hacen. Pero a veces me dicen «padre, tenemos una operación difícil, denos su bendición». Tenemos que transparentar la vida de Dios en lo que hagamos.

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-¿Cómo le gustaría finalizar la vida? ¿Ha pensado en el martirio?

Creo que el martirio es un don, pero lo importante es que uno pueda ser mártir en todo lo que haga, y el mártir es fiel a una causa, es fiel a Jesús. Muchas veces tenemos nuestros martirios sin necesidad de morir porque hay que seguir siendo fiel a Jesús, a pesar de todas las cosas, a pesar de que uno de nosotros la embarre.

Cada vez que un sacerdote es libidinoso, el resto nos convertimos en mártires, y nos toca dar testimonio para que la gente vea más creíble el proyecto del Reino de Dios. Yo podré tener 90 años, pero nunca voy a llegar a ser viejo, mi cuerpo podrá acumular años, pero mi espíritu será joven.

El día que yo me muera, me voy a morir con una gran sonrisa, porque voy a ver a Dios cara a cara. Sé que mi mamá me va recibir y me va llevar de la mano a la presencia de Dios, que para mí es la mayor aspiración.    

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