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Copaternidad: Cuando el amor no tiene nada que ver con ser padre

copaternidad

Andrii Yalanskyi - Shutterstock

Miriam Esteban Benito - publicado el 06/06/22

“Te ayudamos a cumplir tu deseo de ser padre/madre con una persona afín a ti”. Así rezaba el cartel de una empresa de copaternidad en España.

La copaternidad es una práctica realmente aberrante pero cada vez más extendida en el mundo. Se define como el acto de participar en la paternidad o maternidad de un hijo, desde la concepción hasta el desarrollo, sin que exista vínculo amoroso ni familiar entre los copadres.

Las empresas de este tipo plantean la coopaternidad indicando que se trata de una buena oportunidad para cumplir el deseo de tener un hijo. Reducen por tanto un acto tan generoso como es la paternidad y la maternidad a algo tan insustancial como es el cumplimiento egoístico de un deseo o de un interés.

Las ventajas que promete la copaternidad se basan en el supuesto beneficio que aporta la inexistencia de vínculo amoroso con la “otra parte del contrato”, disociando así totalmente la conyugalidad de la paternidad o maternidad y aniquilando el valor del ambiente familiar.

El contexto en el que se sitúa la doctrina cristiana sobre la paternidad es que Dios ha querido servirse del amor conyugal para otorgar a los esposos la posibilidad de procrear; lo que supone una participación en Su proyecto creador.

Cuando el hijo satisface un deseo

Esta acción en sí misma dota de un alto sentido de dignidad a la persona, pues el anteponer a todo el deseo de un hijo puede llevarnos, aunque sea de forma inconsciente a una connotación de esclavitud, porque los niños ya no son un don que merece ser cuidado, sino un mero objeto para satisfacer el deseo de los padres, o en este caso, de los copadres.

En efecto, el hijo pasa a ser cosificado: creado a partir de un contrato y generado por el empecinamiento humano de querer buscar la satisfacción de los adultos a través de una paternidad y una maternidad desligada de todo.

La vocación al matrimonio cristiano es un don sobrenatural que otorga a la pareja una serie de “superpoderes”, que les hace capaces incluso de vivir la fecundidad conyugal aún en los casos en los que por razones fisiológicas no se puede tener hijos.

Para un cristiano, el matrimonio no es solo una institución social, ni un contrato de convivencia con todos los puntos claros y atados. Los únicos puntos claros son la fidelidad, la apertura a los hijos y el compromiso con la educación cristiana de los eventuales hijos. A partir de allí, es Dios quien construye a la familia.

Estamos hechos para amar: esto es innegable, ya que es algo inherente al ser humano. De hecho, la plenitud de nuestra vida consiste en poder amar y en sabernos amados. Ante esta verdad universal, cerrar totalmente la puerta a lo más grande que tenemos, el amor; es una reducción de la paternidad o maternidad a puro egoísmo. El egoísmo es, en efecto, la antítesis del amor que, en cambio, es desinteresado.

¿Qué nos ha llevado hasta aquí?

Como decía Fabrice Hadjadj ”Lo dado esencial o natural no es susceptible de deconstrucción. La única manera de deconstruirlo es destruirlo por completo. Pero ya que junto con la familia habría que destruir al hombre, la mayoría de las veces basta con deformarla o parodiarla.”

La copaternidad hace del hijo una simple fabricación dentro de un proyecto u ambición que uno quiere cumplir siendo el fruto de una pura realización en laboratorio. Sin una unión hombre y mujer, nos saltamos de un batacazo la prueba más reveladora e inherente al ser humano: la aventura de nuestra humanidad.

Si hablamos de la trascendencia de una vida humana, siempre nos enfrentaremos a algo que nos supera. Actualmente, con este tipo de “técnicas de reproducción”, se nos invita a no enfrentarnos a lo que nos supera; viviendo las circunstancias de una manera simplemente funcional pero no existencial. ¡Qué peligroso puede ser esto! ¡Ponernos una venda en los ojos!

En la familia, empieza la aventura del ser. Es ahí donde ejercitamos lo más grande que tenemos: el amor. Como hemos dicho, la familia no se funda sobre un “contrato perfecto” y con todas las letras pequeñas atadas: no siempre funcionarán bien las cosas.

Pero, qué maravilloso es que todos nuestros límites no puedan ser superados simplemente con la firma de un acuerdo o a través de soluciones técnicas. Porque sólo así, enfrentándonos a nuestros problemas y nuestras miserias, dejaremos paso a la Misericordia; y saldremos victoriosos a una vida más plena y más elevada que nuestros éxitos o nuestros planes.

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