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¿Cómo tendría que ser la Iglesia?

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ANDREI_SITURN | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 19/05/22

Sueño con una Iglesia joven, renovada, profunda, radical, humilde, fiel, alegre, sencilla, veraz, apostólica, enamorada

Me gusta la Iglesia que contemplo en Pascua.Una Iglesia joven, valiente, audaz. Habla de ella la Biblia:

«En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios. En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído».

Hay que vencer las dificultades. Hay que vivir dando la vida. Sin miedo, con el corazón alegre y confiado. Con esa fe en la que es necesario perseverar.

Cuando las cosas no salen como yo esperaba comprendo que tengo que seguir atado a la vida, a lo que sucede en mi corazón. Quiero que aumente mi fe.

La fuerza: de dónde viene y qué nos la quita

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Esa Iglesia enamorada me conmueve. No temen perder la vida. No es una Iglesia acomodada, asentada, segura. Tampoco tiene poder, es perseguida.

El poder, el bienestar y la adulación de los hombres me debilitan. La persecución, la injusticia, la pobreza y la impotencia me empujan a no desfallecer.

Cuando me he acomodado y no necesito buscar más entonces pierdo la fuerza.

Una Iglesia que vive con temor a perder todos sus beneficios y poderes es una Iglesia que se vende a los ricos que la pueden mantener en el lugar en el que se encuentra.

Y yo me siento parte a menudo de esa Iglesia establecida que no necesita nada más. No busca nada más. No se inquieta ya ante las injusticias porque las ve lejos.

Y entonces ya no necesita creer en un cielo nuevo y en una tierra nueva.

Sin pasión

WOMAN , MORNING, TIRED

Porque deseo un cielo nuevo y una tierra nueva cuando no me colman en mis deseos la tierra que ahora habito. Cuando no me da paz vivir en este tiempo revuelto lleno de injusticias.

Cuando estoy bien con lo que poseo no necesito nada nuevo. Lo viejo me basta. Me he acostumbrado a lo de siempre.

Tengo poder suficiente, logro lo que deseo y sé que puedo alcanzar lo que más me agrada. No hay barreras, no hay obstáculos.

Me da pena pertenecer a una Iglesia que ha perdido su pasión misionera. Se ha acomodado y vive esperando a que lleguen los fieles para echarles en cara su debilidad, su frialdad de ánimo, su poca fe.

La Iglesia en el buen camino

STICNA MLADIH

Quisiera creer y encarnar una Iglesia en salida al encuentro del hombre perdido que no tiene fe.

Una Iglesia en continuo movimiento sin peligro de instalarse. Y una Iglesia heroica que conoce el valor de la renuncia y la entrega por amor.

Una Iglesia pobre porque necesita poco para vivir. Porque la felicidad no la encuentra en todos los bienes terrenos.

Una Iglesia alegre que vive de la fe y no teme por la propia vida porque ya la ha entregado para siempre.

Me conmueve esa Iglesia joven siempre abierta al cambio y a la novedad.

No se queda quieta apegada al pasado, a las normas de siempre, a las cosas tal como siempre se han hecho. No es rígida, cree en los cambios, es flexible.

Creo en esa Iglesia que aspira a vivir la santidad de lo cotidiano. Y para eso me invita a cuidar mi mundo interior, mi fe en ese Dios que camina conmigo por la vida.

Esa Iglesia que no condena a los hombres, no vive dictando normas y exigiendo su cumplimiento.

Cumplir el principal mandamiento: amar

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Sabe que el mandamiento principal es el del amor porque ha conocido el corazón misericordioso de Dios y entiende que es la única manera de vivir:

«El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles».

Creo en esa Iglesia que quiere encarnar el corazón misericordioso de Dios para que lo encuentren aquellos que buscan por los caminos a ese Dios lleno de bondad.

Yo soy Iglesia

Definitivamente sé que soy o una puerta de entrada, abierta al corazón de Dios o una puerta que se cierra e impide el acceso de los más necesitados.

Mis actitudes, mis formas, mis palabras o mis silencios abren o cierran la puerta de la Iglesia.

Soy yo el que bloquea o facilita, el que responde o rechaza. El que está accesible o lejano.

Yo soy el rostro de Cristo en esta Iglesia de hoy donde la gente no llega al toque de la campana.

Coherencia

Ahora mi Iglesia está en salida hacia aquel que ha perdido la fe o se siente condenado por aquellos que encarnan el rostro de Dios en su Iglesia.

Veo que con frecuencia no les pongo las cosas fáciles a los demás. Les exijo, les demando. Y les pido que carguen pesos que yo no estoy dispuesto a llevar.

Les pido comportamientos impecables que yo no asumo. Y les hablo de pulcritud pero yo no soy pulcro. De un amor misericordioso que yo no ejerzo.

Les explico la importancia del diálogo que yo no practico. Y les cuento cómo es ese perdón que yo mismo no soy capaz de dar, cuando se lo niego a mi hermano.

Es fácil predicar, es sencillo, basta con remitirse a lo que Jesús dice, decir palabras, gritarlas. El papel lo aguanta todo.

Pero luego lo complicado es ser fiel a lo que uno predica. Querer estar a la altura de lo que sueña y dice.

Reconocer las debilidades y volver a colocar como una luz ante mis ojos los ideales que pueden cambiar mi vida.

Hablar es sencillo cuando nadie logra ver si soy coherente o no con lo que he dicho.

Hablo de perseverar en la fe cuando yo mismo desisto de mis creencias cuando no parece posible lo que esperaba.

Hablo de ser humilde y mi orgullo me juega malas pasadas exigiéndome estar por encima de mi hermano.

Digo que lo que Dios quiere es que sea dócil pero me cuesta aceptar cualquier exigencia de nadie y no estoy muy dispuesto a aceptar las súplicas de quienes menos tienen.

Así debe ser la Iglesia

Sueño con una Iglesia joven, renovada, profunda, radical, humilde, fiel, alegre, sencilla, veraz, apostólica, enamorada.

Una Iglesia así es la que más deseo. Que pueda ser fiel a la invitación que Dios me hace a entregar la vida por Él, cada día.

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