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¿Por qué el amor despierta odio a veces?

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GoodIdeas | Shutterstock

Luisa Restrepo - publicado el 17/05/22

Un pensamiento sobre la controvertida imagen de la oveja y 3 razones para identificarnos con la imagen del rebaño y el Pastor

Una de las paradojas de la vida es que el bien siempre suscita reacciones adversas. Y quien intenta hacer el bien nunca pasa desapercibido, debe estar dispuesto a pagar las consecuencias.

Ya sea que se trate de algo humano o que también esté involucrada la dimensión espiritual. Todos experimentamos que el amor suscita envidia, hasta el punto de desencadenar un odio destructivo.

A lo largo de la historia esta dinámica algunas ocasiones ha llegado hasta la persecución. Probablemente nosotros también hemos experimentado grandes o pequeñas dinámicas de persecución.

El bien molesta porque nos recuerda que no hemos sido capaces de hacerlo o simplemente porque es más fácil intentar matar a la oveja que al león feroz.

La controvertida imagen de la oveja

La imagen del rebaño no siempre ha sido bien recibida y tal vez aún hoy, a veces, oponemos resistencia a esta representación.

De hecho, es cierto que implica obediencia al pastor, una confianza, un vínculo con el rebaño.

Muchas veces preferimos en cambio seguir nuestras ideas, no confiamos en la voz del Pastor, queremos alejarnos del rebaño. Sin embargo, sentirnos ovejas del Pastor nos hace bien:

1El Pastor es digno de confianza

La figura del Pastor y las ovejas fue muy importante para la primera comunidad cristiana, una comunidad perseguida pero acompañada y afianzada por el amor de su pastor.

Dios en su Palabra nos deja muy claro que somos «su pueblo y ovejas de su rebaño» (Salmo 100) y que Él como Pastor se encargará de llevarnos la felicidad: «el Cordero, que está en medio del trono, será su pastor y los guiará a las fuentes de las aguas de la vida” (Ap 7,17).

Además, Jesús nos reafirma en su amor incondicional cuando nos dice:

«Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto” .

Jn 10,9

«Yo soy el buen pastor, yo doy mi vida por las ovejas».

Jn 10, 11

«Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas y las mías me conocen mí».

Jn 10, 14

2El Pastor nos carga sobre sus hombros

La imagen del pastor es sin duda una de las representaciones más antiguas de Jesús, muy presente en las catacumbas y en los sarcófagos del siglo III. d.C.

Por ejemplo, en las catacumbas de Priscila en Roma, el pastor aparece con una oveja sobre los hombros, en la que todos podemos vernos: somos esa oveja que Jesús lleva sobre sus hombros.

Esta imagen dibujada en medio de la persecución nos indica -con cierto realismo- cuál es la condición del discípulo de todos los tiempos. Nos recuerda que no estamos solos pues El pastor nos acompaña y protege a su rebaño.

3Nosotros podemos reconocer la voz del Pastor

En el mundo antiguo, el pastor era el responsable de la pérdida de las ovejas que salían del recinto por la mañana para regresar por la tarde.

Jesús no solo expresa su responsabilidad personal hacia nosotros, sino que marca una diferencia con la figura habitual del pastor: no es un pastor a sueldo, no se le paga para realizar ese servicio, sino que las ovejas le pertenecen.

Con mayor razón existe una estrecha relación entre el Pastor y las ovejas, hay una familiaridad con su voz.

De hecho, cuando conocemos bien a alguien, somos capaces de reconocer su voz incluso a la distancia, sin ver a la persona directamente o cuando su voz se confunde con otras voces.

Así debe ser nuestra relación con Jesús: a medida que nos familiaricemos con Él, podremos reconocer su voz aun cuando no sea tan evidente o cuando otras voces traten de taparla.

Jesús nos advierte de los peligros y de los lobos que acechan, nos pide que permanezcamos bajo su mirada.

Porque solo a través de un vínculo cada vez más estrecho con Él podremos salvar nuestra vida y atravesar la inevitable persecución.

No es el poder lo que redime, sino el amor. Este es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. (…)

Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia.

El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores.

El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres”.

Benedicto XVI
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