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Por dónde tirar cuando no encuentras el camino

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Cuando sufro la carencia y el hambre, el cansancio y la sed, la desorientación y el miedo, necesito volver la mirada hacia Dios

Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/04/22

Experimentar la necesidad me hace siempre volver la mirada hacia Dios y ver que no me va a dejar solo

Me gusta pensar en este tiempo de cuaresma en un Dios que cuida mi camino. Un Dios que sale a mi encuentro para salvarme en medio de mis dificultades y miedos.

En el desierto de mi vida pone un camino. Cuando tengo dudas y no sé si voy por el camino correcto, Él me ayuda a verlo, a discernir lo correcto.

El desierto es confuso y no es fácil saber hacia dónde voy. Así pasa a veces en mi desierto. No sé si estoy tomando las decisiones correctas.

En esos momentos de dudas Él sale dibujando un camino en mi ruta y diciéndome por dónde ir.

Dios está aquí

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Su mirada me salva, me levanta, me llena el alma. Esa voz que me dice que no debo tener miedo porque no me va a dejar solo.

Al ver todo lo que hace en mi vida le doy gracias a Dios, lo alabo, canto y agradezco por todo lo que hace en mí.

No tengo miedo al desierto ni tampoco al páramo. El agua es fundamental y me doy cuenta cuando me falta.

También en el páramo de mi vida cuando tengo sed Dios hace nacer un río para que pueda beber y caminar seguro.

Lo necesito

Malgasto el agua o le doy poco valor, hasta que no hay. Experimentar la necesidad me hace siempre volver la mirada hacia Dios.

Cuando el corazón está saciado no necesito volverme hacia Dios, no me hace falta. Cuando sufro la carencia y el hambre, el cansancio y la sed, la desorientación y el miedo, entonces sí necesito volver la mirada hacia el Dios de mi historia.

En el salmo me dirijo al Dios que va conmigo y exclamo:

«¡Grandes cosas ha hecho Dios con éstos!
¡Sí, grandes cosas hizo con nosotros el Señor, el gozo nos colmaba!
Los que siembran con lágrimas cosechan entre cánticos.
Al ir, va llorando, llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando trayendo sus gavillas».

Valorar lo que tengo

Muchas veces he llorado en mi vida. He sentido dolor y las lágrimas han anegado mis ojos. En esos momentos de dolor lloraba como los que con lágrimas cargaban las semillas.

El esfuerzo de la semilla enterrada. La lucha por salir adelante. El trabajo para lograr el fruto anhelado. Es el sueño que llevo dentro de mí.

En este tiempo de desierto cuaresmal le pido a Dios que me enseñe a valorar lo que tengo. A dejar de fijarme en lo que me falta. Que me haga libre de tantos bienes del mundo que no calman mi sed.

Jesús quiere caminar conmigo aunque soy yo el que se empeña en pretender alcanzarlo.

Abrir los ojos y ver

No importa el esfuerzo o la lucha. Pero quiero liberarme de los pesos de la vida que no me dejan correr.

Quiero dejar atrás lo que me duele para poder caminar confiado a su encuentro. La cuaresma y la Semana Santa son una oportunidad sagrada para ese encuentro lleno de alegría.

Ese momento en el que pueda descansar en su regazo y dejar en sus manos todos mis miedos.

Quiero aprender a darme cuenta de su misericordia. Para eso me sirven estos días. Doy gracias a Dios por todo lo que me da.

Sentir que todo es un regalo

No me siento mejor que otros ni creo haber alcanzado a Cristo en la carrera. Me veo tan lejos, tan pequeño, tan miserable…

Le pido a Dios cada mañana que no me haga sentir salvado, sanado y liberado. Porque esa sensación puede ser la que me aleje de Dios.

Sólo cuando vivo la gratuidad en mi vida puedo pasar los días sin exigirle nada a Dios ni a los hombres.

Cuando me siento rescatado en mi indigencia sólo puedo agradecer. Y lo que ensancha el alma siempre es la gratitud.

Le agradezco a Dios por su bondad, por su misericordia, por todo lo que hace en mí. Sé que sólo él puede rescatarme de todos mis miedos. Puede salvarme de todas mis batallas. Y puede darme una paz del corazón que suplico como don cada mañana.

Y confiar

Quiero vivir confiado en sus manos en medio del camino que ha diseñado para mí en el desierto. Gracias a esa agua que ha vertido sobre mí en mi páramo, para que no tenga sed.

Me gusta ese Dios que sale a mi encuentro en este tiempo de conversión. Quisiera que viniera a mí y eliminara todo lo que no me gusta de mi corazón.

Él no lo hace. Y sólo me dice que no tenga miedo, que confíe, que su gracia me basta para enfrentar las dificultades.

Y que cuando pierda y fracase, cuando me ofendan y no sea el centro de todas las alabanzas, cuando la cruz me duela y desee no seguir viviendo, en esos momentos de oscuridad su amor viene a salvarme.

Su luz se enciende en medio de mi oscuridad para desvelarme por dónde tengo que ir.

Dejo en sus manos lo que me intranquiliza, lo que me angustia, lo que me tienta y me hace caer en la vanidad por lo logrado.

Sé que sólo la humildad me hace humano. Sólo las derrotas me llevan a clamar por misericordia.

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