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Obispo Mario Dorsonville: El futuro del catolicismo de los EE.UU. es «brown»

WASHINGTON

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Daniel Esparza - Inma Álvarez - publicado el 25/03/22

La inmigración y la experiencia multicultural está forjando una nueva “hispanidad católica” en los EE.UU., aunque los retos y las dificultades siguen siendo grandes. Habla con Aleteia el obispo presidente del Comité de Migración de la Conferencia Episcopal de los EE.UU.

Los hispanos no son el futuro. Son ya el presente del catolicismo estadounidense. Así lo señala monseñor Mario Dorsonville, obispo auxiliar de Washington, y presidente del Comité de Migración de la USBCC.

Monseñor Dorsonville, colombiano de nacimiento e incardinado en los EE.UU. desde 1990, conoce muy bien los retos y las dificultades de las comunidades católicas hispanas. Ha sido testigo de los cambios que el catolicismo estadounidense ha experimentado las últimas décadas. A ratos silenciosos, a ratos discretos, pero irreversibles, estas transformaciones han ido de la mano de una creciente presencia hispana en las comunidades eclesiales a lo largo del país. 

Esta presencia no es una novedad. Por el contrario, es parte de la identidad estadounidense desde los inicios de la historia colonial del país. Esta es una realidad a la que hay que hacer frente con el espíritu integrador que caracteriza a la Iglesia universal, apoyando las fortalezas y alentando la unidad y la pertenencia al país de acogida, explica el obispo.

El prelado concedió una entrevista a Aleteia en el marco del próximo Congreso sobre Pastoral Hispana Raíces y Alas, que se celebrará en Washington entre el 24 y 30 de abril. El obispo encabezará uno de los actos centrales del congreso, que consistirá en una petición formal a los senadores en el Capitolio por la reforma migratoria y la resolución a favor de conceder la ciudadanía a los inmigrantes acogidos al DACA.

– Usted conoce muy bien la experiencia que supone para una persona procedente de América Latina el incardinarse en la sociedad americana. ¿Cuáles diría que son los mayores retos a los que tiene que enfrentarse, y qué ayuda concreta necesita de la Iglesia?  

El reto más importante es hacer ese cross-over para comprender mutuamente las maneras de sentir y pensar de americanos y latinos.

Les pongo un ejemplo: en Latinoamérica, en las mañanas, se habla. Aquí, en Estados Unidos, se lee la prensa. El que habla en Unidos a la hora del desayuno está fuera de contexto, porque lo que necesitan aquí es silencio. Son esos pequeños detalles. 

Lo mismo sucede con la liturgia. Cuando uno celebra la misa anglosajona, se llega diez minutos antes porque ya todo está organizado. Todos los implicados saben lo que tienen que hacer, y cómo lo van a hacer. Simplemente están esperando al sacerdote. Cuando uno celebra la eucaristía en un contexto hispano, la experiencia es totalmente diferente. Pero eso no quiere decir que una sea buena y la otra sea mala. Son diferentes. Y en la diferencia hay cosas muy lindas. 

Los obispos escribieron una carta hace 25 o 30 años, que se llamaba Strangers No Longer. En ella apreciaban que el latino aparecía en la sociedad americana con unas grandes cualidades y principios claros: un profundo amor a la familia, una relación íntima con Dios como un hermano o como un miembro de casa, con una celebración de la fe en clave festiva que se experimenta en las procesiones, en los cantos, en toda la expresión humana que tiene el contexto de la fe y, por último, una devoción profunda a María Santísima.

En efecto, Nuestra Señora de Guadalupe, como patrona de toda la América, ha penetrado mucho en estos últimos 30 años en la cultura anglosajona. Son muchos los templos que tienen a Nuestra Señora de Guadalupe. La tenemos aquí en el National Shrine. A ella vienen africanos, asiáticos, hispanos, anglosajones… María nos ayuda a evangelizar y a unirnos como Iglesia universal. 

Yo creo que uno de los principios fundamentales para quien llega a los EEUU a servir en el ministerio hispano es la predisposición a entender la cultura a la que se llega. Es importante asimilar ciertos puntos y aprenderlos para dialogar con esa nueva cultura. También el inmigrante tiene que aprender a aceptar otras culturas, otras maneras de ser y de manifestarse, y verlas no como amenaza a su cultura sino como un enriquecimiento cultural.

Si hay algo muy importante que hay que hacer llegar a la mente de los ciudadanos de esta nación es que el inmigrante vino a enriquecer la cultura, no a destruirla. Además, tenemos un común denominador que es el ser cristiano. El inmigrante no trae un cambio total de valores o de religión, sino un complemento de diferentes pueblos y nacionalidades que creen en el mismo Jesucristo.

MARIO DORSONVILLE

Usted conoce muy bien el ministerio pastoral con los hispanos en Estados Unidos, ¿cuáles cree que son las dificultades y las oportunidades en este campo? Considerando que hay un aspecto hispano en la fundación del país, esta necesidad de mostrarle a la sociedad estadounidense que el inmigrante no es portador de valores contrarios sino valores idénticos y otros que son complementarios, ¿eso es parte de una dificultad o de una oportunidad?

Yo creo que las dificultades son siempre oportunidades de encuentro humano que nos ayudan a disipar dudas. Es verdad que el pueblo hispano está inscrito en las raíces mismas de este país, pero también ha habido un flujo importante de migrantes en las últimas décadas. Y si la Iglesia católica ha crecido en estas últimas décadas en los EE.UU. es por eso, por la inmigración. No hay otro factor. 

Nosotros somos en este momento casi 67 millones de católicos en los Estados Unidos. De esos, entre 32 y 33 millones son hispanos. ¡Estamos hablando ya de casi la mitad de la Iglesia estadounidense!  Más aún, esta presencia hispana ya no se limita solo a algunos estados del sur, sino también del centro y de la frontera con Canadá. Hay más de 5.000 parroquias en estos momentos con ministerio hispano en el país. 

Esto nos lleva a entender que el futuro de la Iglesia en los EEUU es también hispano. Digo también porque no es únicamente hispano. Es un conglomerado inmenso, multicultural compuesto por africanos, asiáticos, afroamericanos, y anglosajones. Pero, evidentemente, la minoría más grande es la hispana. Desafortunadamente, vemos que los anglosajones están disminuyendo mientras que los demás grupos culturales están creciendo. 

Ese encuentro del que estamos hablando como un reto y una oportunidad se está dando en todas las parroquias en donde hay presencia multicultural y, sobre todo, presencia hispana. Aquí en Washington, hace 30 años había apenas tres o cuatro parroquias con ministerio hispano. Hoy son 43 parroquias, de 137. 

Esto plantea un reto adicional: la escasez de clero bilingüe estadounidense. No es lo mismo traer un sacerdote de otra región que formarlo aquí en los EEUU. Los obispos preferimos que el clero sea formado aquí y no que venga del exterior, por dos razones principales. Primero, porque ese clero no es permanente (en algún momento deberán volver a sus diócesis de origen) y, segundo, porque hay dificultades con las visas. Estamos en un momento muy complicado en este aspecto también.

La comunidad hispana de los Estados Unidos es, en sí misma diversa. En efecto, la hispanidad no es un bloque homogéneo. Las identidades nacionales que la conforman tienen orígenes diferentes, tradiciones diferentes, maneras de vivir y celebrar la fe diferentes. Pero cuando confluyen y se integran en los Estados Unidos, algunas tradiciones se pierden y otras se conservan ¿Diría que en los EE.UU. está naciendo una nueva “hispanidad,” un nuevo concepto de lo que es el catolicismo hispano? ¿Cree que podemos ya hablar de un catolicismo hispano estadounidense?

Creo que estamos en camino pero que aún no lo hemos logrado. Las devociones son muy importantes porque identifican una tradición que viene de los abuelos y que se trae en el corazón. Suelo decir siempre que un venezolano, un colombiano, un peruano, cuando llega a los EE.UU., aunque conserve sus tradiciones, tiene que abrirse a la catolicidad (esto es, a la universalidad) de la iglesia, y a la sociedad en la que vive. Se recuerda con inmenso cariño la tierra que le vio nacer, pero tiene que sentirse ciudadano de este país.  

Recuerdo la primera marcha pro-inmigrante que tuvimos aquí, en el Capitolio. Yo les decía a los asistentes que teníamos que llevar la bandera estadounidense, porque al fin y al cabo estamos aquí. Pero ellos decían “no, somos mexicanos, somos ecuatorianos.” Al final, hubo aquí un desfile de banderas que parecían los Juegos Olímpicos. Y esto creó un enorme desconcierto en la mente americana, porque lo interpretaron como si fuese un conjunto de naciones extranjeras que querían allanar el suelo (y el pueblo) americano.

WASHINGTON

Es muy importante, en este momento, dejar eso de lado. Hay que apostar por un nuevo génesis. Tenemos que seguir agrupándonos bajo la bandera que nos une, y que los obispos han tratado por todos los medios de promover: la Virgen Santísima de Guadalupe. Allí hay mensaje de unidad que congrega a las comunidades hispanas de diferentes nacionalidades. 

A mi me parece, además, que es un error poner sacerdotes de la misma nacionalidad de sus parroquianos. Un párroco debe sentirse de cualquiera de las nacionalidades a las que sirve, para asimilarlas dentro de un contexto pan-hispano. Esto no quita, en ningún momento, la posibilidad de celebrar la procesión de Nuestro Señor de los Milagros, o de Esquipulas, o del Salvador del mundo. Está bien que cada uno celebre sus tradiciones. Pero esto es cuestión de un día al año, y no de todos los días. La hispanidad de la Iglesia Católica tiene que seguir evolucionando para que todos nos sintamos una sola familia en una sola casa.

Esta idea de “una sola casa” refiere un valor bíblico fundamental: la hospitalidad de Abraham. Usted dijo en una intervención en el Capitolio que acoger a los refugiados e inmigrantes era “más importante que nunca.” Estando al frente del Comité para Inmigrantes y Refugiados en la USCCB, usted ha hablado de compasión y de solidaridad. ¿Qué cree que tiene que cambiar en la sociedad para que esa compasión y esa solidaridad se produzcan? Es evidente que hay profundas reticencias a acoger al migrante no solo en las comunidades anglosajones, sino incluso entre las propias comunidades hispanas. También en países de América Latina se están produciendo episodios graves de xenofobia.

Ese es un punto muy importante. Yo estoy convencido de que, cuando hablamos de cambios, tenemos primero que hablar de una palabra muy importante: de la oportunidad del encuentro humano. 

Muchas veces encontramos falsas ideas a propósito del inmigrante, abonadas por unas retóricas que no tienen ningún conocimiento de causa. El encuentro humano despeja muchas veces las barreras impuestas por la ignorancia. Pienso que el rechazo es, sobre todo, miedo. Especialmente porque, porque cuando no se habla un idioma, uno se siente excluido, y a nadie le gusta sentirse excluido. 

Esto es en lo que el Papa Francisco ha insistido desde el principio de su pontificado: favorezcamos el conocimiento de la persona humana, el encuentro, para que los seres humanos puedan dialogar, puedan conocerse y entenderse, para poder levantar una sociedad mucho más fraterna y solidaria. Conozcámonos en persona, y no solo a través de mensajes que pueden ser falsos y manipulados.

Creo que un primer paso sería lograr que aquellos acogidos al programa de DACA puedan obtener su ciudadanía. Esto va a hacerle bien a la mente del estadounidense, que a lo mejor ve con escepticismo la presencia de personas que han entrado ilegalmente a su país. 

Vemos estas generaciones de jóvenes dreamers que han crecido, que han estudiado, que han servido, que han contribuido a la economía, que son hijos e hijas responsables. Algunos de ellos son padres o madres. Las encuestas afirman que el 70% del pueblo americano cree, en justicia, que todos aquellos que están acogidos al programa DACA deberían tener un camino claro hacia la ciudadanía americana. 

Creo que es un paso fundamental que hay que considerar, porque muchas veces no son las palabras sino los encuentros a nivel interpersonal los que realmente cambian las formas de pensar. Estos encuentros facilitan que el migrante no sea percibido como una carga sino como alguien que contribuye al desarrollo y al futuro de la misma nación.

– Parece haber una parte del catolicismo estadounidense que está refugiándose en formas devocionales preconciliares, y que entienden eso como parte de su identidad católica, lo que es perfectamente legítimo. Pero tenemos también comunidades que están trayendo formas hispanas de celebrar, de hacer comunidad, etc. En general ¿qué puede aportar el catolicismo hispano al catolicismo estadounidense? ¿hay una nueva “espiritualidad estadounidense” formándose a medida que estas dos comunidades se acercan? O al revés, ¿estas comunidades no se están acercando y la iglesia estadounidense está culturalmente “ghettificada”? 

Es una situación muy compleja. Es difícil señalar en qué punto estamos realmente, aunque ha habido logros. Recuerdo que las primeras misas en español en Washington en la década de los 70 se celebraban en los sótanos, porque los párrocos no querían que se gastara la calefacción o el aire acondicionado en esas “otras” celebraciones. Era bastante complicado. 

A diferencia de las oleadas migratorias anteriores, ahora no se está produciendo un melting point total: los hispanos conservan ciertos valores que, gracias a la tecnología, nunca van a desaparecer. Tenemos canales en español, tenemos WhatsApp. Hay un contacto permanente con las culturas originales, que nunca se abandonaron. El irlandés salió de su país y no volvió nunca más. Es más, se trajo a toda su familia. Este no es el caso de la migración hispana, y mucho menos de nuestra Iglesia. 

La clave es que construyamos una Iglesia no en ghettos, sino profundamente católica, literalmente universal. La universalidad de la Iglesia se puede vivir siempre que nos sintamos parte de ese universo. El gran peligro está en volvernos una Iglesia “nacional,” que es lo que sucedía antes. Esta es la oportunidad que vemos, desde el punto de vista episcopal, de ser totalmente leales al liderazgo del santo Pontífice —sea hoy Francisco, sea el que sea mañana. 

La validez del Concilio Vaticano II como un principio fundamental de la celebración de la liturgia en nuestra Iglesia, la inculturación del evangelio en tanto en cuanto acompañamos las comunidades cristianas de base que hay en nuestra diócesis… todas estas son pequeñas semillas que están fructificando. Aún no son arbustos, y mucho menos árboles, pero están empezando a nacer. Hay que darle tiempo, pero ha habido logros. Hemos salido de las catacumbas y estamos ahora en los templos. El National Shrine tiene una misa dominical en español. También se hace una en Navidad, otra en Pascua. El Centro Internacional Juan Pablo II es bilingüe. Los Caballeros de Colón, que eran totalmente anglosajones, veneran a Nuestra Señora de Guadalupe y la tienen en su santuario. Son pequeños pasos pero que muestran una apertura hacia una iglesia universal. 

WASHINGTON

Ahora, hay una cosa muy clara, que quizás pocos no ven, y es que el futuro mismo de los Estados Unidos, ya no de la Iglesia católica, sino del propio país, no puede ser anglosajón. Va a ser una cultura que abrace muchas otras culturas. Va a ser brown.Not white anymore, but brown. Esto es claro, y en ese sentido ha habido grandes avances. Hay algunas diócesis del sur y del sureste del país que ya no ordenan a sacerdotes que no tengan la capacidad de celebrar los sacramentos en español. Es una exigencia sin la cual no se puede pensar en ninguna misión, porque las iglesias están llenas de hispanos. 

Desde luego, todo esto se pone en las manos de Dios. Es Él quien nos va dando los principios y las oportunidades. En efecto, la forma de pensar del hispano católico ha cambiado y está evolucionando. No es que hemos llegado al final. Estamos al comienzo, y hay mucho que arreglar y manejar. Algunos no lo van a entender, y muchas veces cambiar la mentalidad de una persona de 60 o 70 años es prácticamente imposible. Pero las nuevas generaciones sí lo entienden perfectamente. 

Nuestra evangelización enfrenta además otros retos que dependen solo de multiculturalidad en la que vivimos, sino también todos los desastres que tenemos en contra de la familia, en contra de la vida, de la dignidad de la persona humana. Demasiadas vertientes de esta misma sociedad atentan contra los principios mismos de la moral y de la fe que hemos aprendido del evangelio. Realmente la única forma de hacerles frente es la unidad y la comunión de la Iglesia católica. 

Añadiría, para redondear todo lo que hemos conversado, que si hay algo hermoso del hispano es que, cuando penetramos una nueva cultura, somos profundamente agradecidos. No debemos nunca olvidar que cuando vinimos a una nación extranjera, siempre hubo una mano que nos ayudó, que nos entendió, y nos ayudó a ser cada vez mejores. Esto va para todos los hispanos y para todos los inmigrantes, porque lo peor que le puede pasar en la vida a un inmigrante es olvidarse de sus propias raíces. Cuando olvidamos quiénes somos, se hace fácil ser injustos con los recién llegados. A veces el peor enemigo de un inmigrante es un inmigrante con papeles. 

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