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El propósito de la vida según J.R.R. Tolkien

Michael Rennier - publicado el 27/09/21

Una niña pequeña escribió una vez al distinguido escritor planteándole una difícil pregunta, y la respuesta del escritor se ha conservado

En 1969, cuando J.R.R. Tolkien ya vivía sus años de ancianidad, recibió una carta de una niña pequeña llamada Camilla. Los niños, según he aprendido a lo largo de muchos años dando clases de catequesis, preguntan cosas muy difíciles y desconcertantes si los adultos son lo bastante descuidados como para permitirlo.

Esta sorprendente carta no es una excepción. Camilla tenía una única pregunta sencilla e increíblemente difícil de responder para el autor de El señor de los anillos: “¿Cuál es el propósito de la vida?”.

Tolkien le dedicó otra carta a la pequeña y la respuesta se ha conservado.

A veces, cuando un niño me hace una pregunta durante una catequesis del estilo a «Cuando Dios murió, ¿los animales lloraron?», tengo que pararme un segundo de aturdido silencio para reunir todo mi ingenio antes de responder con algo parecido a una respuesta sabia.

Sin duda, Tolkien también necesitó cierto tiempo para pensar, ya que empieza su carta diciendo: «Lamento que mi respuesta se haya demorado tanto». Pero luego, tras maravillarse por la dificultad de la pregunta que ha planteado, se esfuerza al máximo para abordar la respuesta con seriedad.

Entonces, según Tolkien, ¿cuál es el propósito de la vida?

Tolkien empieza por lo pequeño. Desde ahí, construye una larga cadena de pensamiento conectando cada nuevo paso lógica y fácilmente con el anterior. La pregunta es inmensa, así que la respuesta debe abarcar toda nuestra experiencia.

En otras palabras, no puede ser puramente teórica. Debe tener sentido. Debe ser práctica. Debe ser aceptable para la implacable lógica de un niño. Solamente de este modo podemos empezar a captar el propósito oculto de nuestra existencia que tanto nos irrita a todos.

Tolkien empieza con los seres humanos. Tiene sentido. Después de todo, la pregunta es sobre el propósito humano. Y escribe:

«Pienso que las preguntas acerca de un ‘propósito’ sólo son realmente útiles cuando se refieren a los propósitos u objetivos de los seres humanos o a la utilización de las cosas que proyectan o hacen».

En otras palabras, es una pregunta sobre nosotros y sobre cómo interactuamos con el mundo, sobre por qué estamos aquí y cómo deberíamos interactuar con todo lo demás.

Los seres humanos son peculiares por el hecho mismo de que hacemos este tipo de preguntas. Nuestro deseo de conocer nuestro propósito revela que tenemos una mente que funciona de forma diferente a la de cualquier otra criatura.

Después de todo, ni las hormigas ni las mariposas ni los lobos se cuestionan nunca el significado de su existencia. Simplemente excavan y vuelan y cazan. De hecho, si los animales tienen, en cierto modo, un propósito en su existencia, según dice Tolkien, es porque nuestro intelecto ha revelado ese propósito.

Nosotros somos los que estamos tan fascinados con el significado de ser una hormiga y con conocer lo que separa a una hormiga de una araña. Los observamos y estudiamos sus acciones. Los clasificamos y escribimos poemas y cuentos morales sobre ellos.

Sin nosotros, la flora y la fauna simplemente son. Con nosotros, tienen una dignidad propia de sí mismos.

El próximo paso, según cuenta Tolkien a Camilla, es buscar una mente similar a la nuestra, una mente reconocible para nosotros como la fuente de nuestro intelecto. Y esa mente es Dios. Del mismo modo que nuestro intelecto concede dignidad a los animales, la mente de Dios nos concede dignidad y propósito a nosotros.

En cuanto empezamos a tomarnos seriamente la idea de Dios, también nos tomamos seriamente la religión y la moralidad.  Ambas son guías para conocer nuestro propósito porque son guías para conocer mejor a Dios. Cuanto mejor conozcamos a Dios, que nos confiere un propósito, más prosperaremos.

La religión y la moralidad también fortalecen nuestro vínculo con otras personas. Estos vínculos sacan a relucir nuestros talentos, nuestro autodesarrollo y, lo que es más importante, nuestro autosacrificio y nuestro amor.

En cierto modo, Tolkien dice que esta es su respuesta. La idea del propósito humano como una descripción de cómo deberíamos vivir.

Pero luego amplía la pregunta. ¿Cuál es el propósito de nuestra vida más allá de esta? ¿Por qué fuimos creados, adónde vamos y cómo llegamos ahí?

Tolkien, por desgracia, no tiene respuesta para esto: «A la [pregunta] mayor no hay respuesta, porque ésta requiere un conocimiento completo de Dios, que es inaccesible».

Lo único que sí sabe es que, para plantear siquiera la pregunta y creer que existe una respuesta en algún sitio, Dios debe existir. Así que, al final, se apoya en la idea de contemplar el mundo a nuestro entorno porque, si Dios tiene la clave para responder qué es el propósito de la vida, entonces es lógico que nuestro propósito, hasta donde podamos verlo, es aprender cada vez más sobre Dios todos los días.

Cuanto más sepamos de Él, más cerca estaremos de responder la pregunta. «De modo que puede decirse que el principal propósito de la vida, para cualquiera de nosotros», escribe Tolkien, «es incrementar, de acuerdo con nuestra capacidad, el conocimiento de Dios mediante todos los medios de que disponemos, y ser movidos por él a la alabanza y la acción de gracias».

Una respuesta maravillosa. Como admite Tolkien, es demasiado larga y demasiado corta, pero es un objetivo digno para todos nosotros. Nuestro propósito es conocer a Dios, amarle y vivir cada día con gratitud y alabanza.

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