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El secreto para quitarse el sentimiento de culpa como padres

CZY JESTEŚ DEMOKRATYCZNYM RODZICEM

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Michael Rennier - publicado el 10/07/21

Está en cometer errores juntos y perdonarse mutuamente

Todos los padres, intuyo, sienten cierto grado de culpa. Es un fenómeno del que no se habla mucho, pero que, aun así, está extendido. Me pregunto si todos vamos por ahí sintiéndonos culpables constantemente y pensando que nadie más siente lo mismo.

La culpa es el tipo de secreto que me hace pensar que todo el mundo está alucinando con lo mal padre que soy. Sin duda, todos los demás padres hablan entre ellos sobre cómo mis hijos suben por la rampa del tobogán cuando, claramente, las rampas son para ser bajadas; sobre cómo mis hijos aúllan como lobos a la luna mientras cuelgan peligrosamente de la rama de un magnolio a seis metros del suelo, y sobre cómo uno de mis hijos se las apañó para ir a misa con los pantalones del revés. Un padre no puede evitar sentir cierta culpa por estos fallos paternos, por pequeños que sean.

Debo de ser el único cuyos hijos actúan así. Al menos, eso es lo que siento a veces, que uno es el único con defectos y que todos los demás padres y madres del planeta son perfectos. (Bueno, o casi todos). Esto es parte de la trampa de la culpa.

Todo el mundo está en el mismo barco

Nos hace sentir exclusivamente inadecuados cuando, en realidad, todo el mundo está en el mismo barco. Cada padre y madre se tortura a sí mismo por las decisiones que ha tomado: ¿he sido muy estricta? ¿He sido demasiado indulgente? ¿Regresé al trabajo demasiado pronto? ¿Los envié a la escuela inadecuada? ¿Al médico inapropiado? ¿He sido un mal ejemplo?

Es inevitable que todos los niños cometan errores. Confiamos y rezamos por que los errores no sean demasiado grandes y que aprendan de ellos a tiempo para convertirse en adultos responsables. Sin embargo, hasta que te sucede, es difícil deshacerse de esa confianza de padre primerizo que dice que tu hijo será diferente. Que tu hijo evitará todos los errores. Los errores están para los hijos de otros. Pero luego, sucede. Tu hijo o tu hija se mete en problemas en la escuela o tiene mala conducta o abandona los estudios. Tus mejores esfuerzos no fueron suficiente. Empiezas a plantearte preguntas más duras sobre ti mismo. Y se asienta la culpa.

La parroquia de la que soy pastor, la de la Epifanía de Nuestro Señor en San Luis (Misuri, EE.UU.), está bendecida con un gran número de familias jóvenes. Hay momentos en la misa en los que apenas puedo escucharme a mí mismo porque los niños están participando de la ceremonia con extremo vigor y entusiasmo. Cantan aleluyas desafinados después de que hayamos terminado de cantar, pasan las páginas de sus misales con un volumen que nunca había escuchado producir al papel y hacen carreras alocadas a los servicios a intervalos aleatorios.

Mi respuesta a los padres

Por el rabillo del ojo, veo a los padres abandonar el barco uno a uno, replegando a sus bebés en mitad de un berrinche y apresurándose a un margen, con un aspecto avergonzado en las caras. Los padres vienen a mí a disculparse constantemente por sus hijos. Sienten cierto grado de culpa por que hayan perturbado la misa. Mi respuesta no es mentirles y asegurarles que todo está absoluta y perfectamente bien, porque todos sabemos que no es ideal que los niños pierdan los estribos en mitad de la misa. Pero sí les aseguro que es perfectamente natural. Los niños están aprendiendo a participar en la misa y, como familia, nuestra parroquia los apoya y los ama mientras practican.

No es perfecto, pero tampoco es algo por lo que nadie deba sentirse culpable y, definitivamente, no hacen falta disculpas. En cualquier caso, ¿qué tipo de parroquia familiar sería si no hubiera montones de niños dando vidilla a nuestras oraciones? Y una cosa para reflexionar: ¿quién de nosotros, adultos, participa perfectamente en la misa siempre, sin siquiera una única ensoñación despistada y caprichosa?

La cuestión es que los niños están ocupados creciendo. En ocasiones, serán molestos y pondrán a prueba nuestra paciencia y nos harán reaccionar mal. Cometerán errores. Los padres también cometen errores. Tenemos días malos. No siempre sabemos cómo solucionar sus problemas o cómo darles exactamente lo que necesitan.

En esencia, el problema es insoluble. Incluso dejando a un lado los errores concretos que haya cometido como padre, sé que, día a día, no los amo perfectamente. No los amo de la manera que merecen. Todo lo que puedo hacer es esforzarme lo mejor que pueda y, si les he dado lo mejor de mí, entonces no hay motivo para sentir culpa. En definitiva, nuestros hijos son seres humanos con sus propios sentimientos e ideas. Toman sus propias decisiones y nosotros no podemos tomarlo personalmente, como si la culpa fuera nuestra cada vez que un niño tiene un berrinche durante la misa o un adolescente se mete en líos.

En su novela Gilead, Marilynne Robinson escribe: “La experiencia me dice que la culpa puede brotar por la brecha más insignificante y cubrir el paisaje y formar en él charcas y ciénagas, tan natural como el agua”. En otras palabras, no es sano que nos aferremos a la culpa demasiado tiempo. Nos consume. La culpa no sirve de mucho a largo plazo. Funciona bastante bien a corto plazo para alertarnos de un problema, pero debemos sentir la culpa, reconocer el error y luego convertirlo en un cambio positivo para el futuro.

Dios saca provecho de todo, también de esto

La paternidad es un proceso en evolución. Los niños son complicados. Las situaciones son turbias. No hay una única respuesta correcta. Yo me aferro a mi fe de que Dios saca beneficio de todas las situaciones, incluso de las dolorosas que hemos generado con nuestros propios errores. En todo hay una oportunidad para crecer y aprender, tanto para padres como para hijos, siempre que no dejemos que la culpa sabotee el proceso.

Nadie puede ser un experto en todo siempre. En cualquier caso, una paternidad exitosa no consiste solamente en tener más información y conocer las últimas teorías. La paternidad consiste en ser una familia juntos, en cometer errores juntos, perdonarse mutuamente y, por encima de todo, amarse mutuamente. Donde hay amor, no cabe la culpa.

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