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Los Mártires de Elicura, los catequistas y un mensaje a favor de la paz

ELICURA

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Macarena Gayangos - Aleteia Chile - publicado el 18/05/21

Una historia vinculada a Chile que recuerda la muerte de tres sacerdotes jesuitas y cinco caciques mapuches por causa de la fe y de la palabra empeñada. Sangre derramada que dio frutos en pos de la paz luego de interpretar que los mapuches merecían respeto y no castigo. Un mensaje que cobra actualidad en medio de la violencia que sigue afectando la Araucanía

“Fidelidad al pasado y la responsabilidad por el presente” son “las condiciones indispensables para que la Iglesia pueda llevar a cabo su misión en el mundo”, así lo escribe el Papa Francisco en el Motu proprio Antiquum ministerium – el 10 de mayo pasado– con el que instituye el ministerio laical de catequista.

Estas dos condiciones descritas por el Santo Padre se pueden apreciar en los “Mártires de Elicura” en Chile, en plena etapa de conquista y guerra de Arauco. Se sabe que la evangelización llegó con la espada y la cruz fusionada.

Tres jesuitas y cinco mapuches

La historia de los Mártires de Elicura se remonta 14 de diciembre 1612. Fue ese día cuando murieron en ese lugar tres sacerdotes jesuitas y cinco caciques mapuches por causa de la fe y de la palabra empeñada en favor de la paz. En pleno siglo XVI el padre Gil González de San Nicolás sostenía, al igual que otros religiosos, la ilegalidad de la conquista y evangelización fuera forzada a los indios. Ellos sostenían la aplicación de una «Guerra Defensiva» en las tierras ya conquistadas. Esto incluía la zona de la Araucanía que aún no podía estar bajo el control de los españoles.

El padre Luis de Valdivia, superior de los Jesuita en Chile, consiguió el apoyo de la corte española para implementar la ‘guerra defensiva’. Y comenzaba a organizarla a pesar de la resistencia de los encomenderos y no pocos militares. En resumen, el plan proponía como frontera natural los márgenes del río Bío Bío (hoy se ubica la ciudad de Concepción) como frontera natural y que sería respetada tanto por indios como por españoles.

De Valdivia junto a los sacerdotes Juan de Fuenzalida, Juan Bautista de Prada, Mateo de Montes, Rodrigo Vázquez, Gaspar Sobrino, Agustín de Vil lazo, Vicente Modelell, Pedro Torrellas y los hermanos coadjutores Esteban de la Madrid y Bias Hernández llegan a Concepción donde fundan la Compañía de Jesús.

Ellos ponen en marcha la “guerra defensiva” liberando a cinco indios los cuales fueron los encargados de propagar por sus propias comunidades el buen trato y promesas de los españoles por medio de los clérigos.

Cuidar la vida de los misioneros

La mayoría de los caciques se acercaban recelosos y desconfiados. Ya habían visto correr la sangre de los suyos. El 7 de diciembre se produjo una gran junta de caciques en el fuerte Paicaví. Ante la mirada sorprendida de los españoles, se vio avanzar cabalgando dos enormes filas de caciques y otros muchos mapuches principales. Dos cosas exigían los caciques: la demolición del fuerte Paicaví y la entrega de las dos mujeres- quienes habían huído y una de ellas era española- a Ancanamún.  Al día siguiente se dio cuenta a los caciques de lo decidido: el fuerte sería demolido y los misioneros tratarían el asunto de las mujeres personalmente con el afectado. El cacique Utablame y otros más juraron cuidar la vida de los misioneros.

El atardecer del día 9 de diciembre el padre Horacio escribe una carta “ …llegamos a Yalicura…, media legua más adelante de la laguna (hoy conocido como Lago Lanalhue)». Ahí esperaron la llegada de Ancanamún. La paz parecía estar asegurada. Los dos padres firman el día 10 una carta diciendo: “Están todos conjurados a perder las vidas en nuestra ayuda, hasta ponernos en donde les dijéramos: todo va hasta ahora muy bien…”

Los misioneros se sentían tranquilos bajo el resguardo de los caciques y sus hombres. Esperaban, al parecer, que Ancanamún aceptara el pago de compensación. A los pocos días, presentándose como quien va de paz, apareció el cacique seguido por unos doscientos de sus hombres. En la mañana del día 14, sin embargo, comenzó a gritar en contra de los misioneros, y a exigir el regreso de sus mujeres. El primero en encarar directamente a Ancanamún fue Utablame, quien por la palabra empeñada, intentó calmar la cólera del cacique sin embargo, Ancanamún atravesó de un fuerte lanzazo el pecho del viejo, quien cayó a tierra muriendo desangrado.

¡Muera, muera!

Al oír los gritos, los jesuitas salieron de la capilla que habían dispuesto. El padre Martín de Aranda buscó rápidamente a Ancanamún. Hablando con serenidad le dijo que «si quería matarlo, estaba dispuesto a morir, pero que respetara a sus compañeros, que procurara asentar las paces con el padre Horacio y que oyera sus enseñanzas”.

Ancanamún gritó «¡tape, lape!” (¡muera, muera!), quien atravesó con su lanza el pecho del misionero. Al mismo tiempo que ocurría todo esto, un grupo de guerreros se dirigió a la ramada donde estaba el altar. Sus lanzas se clavaron en el cuerpo del hermano Diego de Montalbán, quien terminaba su corto noviciado. A pocos metros, con su gente, el cacique Tereulipe intentaba salvar al padre Vecchi subiéndolo al anca de su caballo. Pero Ancanamún los alcanzó rápidamente dándoles muerte a los dos. La confusión fue enorme y no pocos mapuches murieron junto a los padres, incluyendo varios caciques principales.

 La muerte de los misioneros desató una oleada de críticas contra el padre Valdivia. El gobernador rompió las paces a pesar de que los mapuches que la habían firmado se mantenían fieles a ella. En 1614, el gobernador Ribera envió delegados a España (el maestre de campo Pedro Cortés y fray Pedro de Sosa, padre franciscano), para intentar convencer al Rey en contra de la guerra defensiva. El padre Valdivia envió a su vez al padre Gaspar Sobrino. Los argumentos de los jesuitas en favor de la guerra defensiva y en apoyo de los mapuches salieron victoriosos.

Respeto y no castigo

La sangre de los mártires daba fruto en pro de la paz.  Entre los argumentos esgrimidos por los jesuitas destacaban los siguiente: Que los que abogaban por la guerra ofensiva lo hacían por el interés de hacer cautivos. Que la conducta de Ancanamún no era la actitud de todos los mapuches, sino un caso aislado y que, si se quería comparar a todos los mapuches con Ancanamún, entonces “era más justo, más noble y más cristiano considerarlos solidarios de la fidelidad heroica del ‘excelso’ Utablame y de los mapuches que dieron su vida por cumplir su palabra de defender a los padres”.

Por tanto, se debía concluir que los mapuches merecían respeto y no castigo. También paz y no guerra y que los mapuches aceptaban la paz, pero no la sujeción.

407 años después, el papa Francisco en la Misa de Maquehue (en plena Araucanía) en su visita apostólica a Chile dijo:

“No es un arte de escritorio la unidad ni tampoco de documentos, es un arte de la escucha y del reconocimiento. En eso radica su belleza y también su resistencia al paso del tiempo y de las inclemencias que tendrá que enfrentar…  la solidaridad como forma de tejer la unidad, como forma de construir la historia; esa solidaridad que nos lleva a decir: nos necesitamos desde nuestras diferencias para que esta tierra siga siendo bella. Es la única arma que tenemos contra la ‘deforestación’ de la esperanza. Por eso pedimos: Señor, haznos artesanos de unidad”.

Esto en referencia a los graves situaciones de violencia que todavía asolan la Araucanía.

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