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Solo Dios sana

© Florencia Cárcamo

Carlos Padilla Esteban - publicado el 31/03/21

Cuando no me alegro con la alegría de los demás tengo que preguntarme qué me pasa. Si siento rabia o malestar al ver a otros felices tengo que cuestionarme: ¿Estará todo bien en mi interior?

Es la envidia el pecado más antiguo, el primero. Deseo lo que no tengo y no me alegro cuando no soy yo el que disfruta una alegría. Si realmente no me alegra que el otro, mi amigo incluso, aquel a quien amo, se alegre por algo bueno que sucede en su vida, tengo un problema.

Cuando no me alegra el éxito de mi hermano. Cuando no valoro con paz y alegría lo bueno que le sucede en su vida, puede ser que esté realmente enfermo mi corazón. En estos días de Semana Santa es la envidia un sentimiento muy fuerte. Los fariseos no se alegran al ver la popularidad de Jesús. Tienen miedo quizás, como si su fama fuera a poner en peligro su posición y su prestigio. Desean su poder y le tienen envidia, ellos no pueden hacer todos los milagros que Él hace y sus palabras no tienen la vida que poseen las de Jesús.

¿Envidia? ¿Celos? ¿Miedo? Todo se mezcla en el corazón

Envidio lo que no poseo y además los éxitos de los cercanos ponen en peligro mis propios éxitos. Si mi vecino logra lo mismo que yo deseo, ¿qué queda para mí? Resulta muy difícil alegrarse con el éxito de mi compañero cuando yo he fracasado. O alegrarme con sus victorias cuando yo he perdido.

Deseo lo que otros tienen y no me alegra su suerte. Es el pecado del hombre que no tiene paz cuando ve triunfar a otros. Parece que mi propia valía disminuye ante el valor de aquel bajo cuya sombra vivo. Entonces no me alegro, no sonrío. Es la Semana Santa un tiempo de caras largas y llenas de amargura.

No desean el éxito de ese Jesús que cuestiona sus propias formas y maneras de vivir. Es diferente a ellos y envidian su libertad, esa autoridad que emana de su mirada, de sus palabras. No creen en Él y no lo aman. Sólo quieren su mal. Y es que la envidia y los celos llevan al desamor, al rencor, a la rabia. Y el odio anida dentro de su pecho.

Decía el P. Kentenich: «De celos se habla cuando se teme el perjuicio a raíz de tener que compartir con otros el bien que se posee, por ejemplo, el amor de una persona, o bien, conocimientos, poder, prestigio». Los celos abundan esos días en Jerusalén. Quieren matar a aquel que pone en entredicho el poder de los fariseos. Es un peligro, una amenaza.

Quiero mirar mi corazón en su verdad

Muchos de estos sentimientos los tengo yo. Leía el otro día: «Saca toda tu vergüenza», pedí a mi mente. Y Santo Dios, qué horrores vi. Un desfile patético en que estaban todos mis fallos, mis mentiras, mi egoísmo, mis celos, mi arrogancia. Pero los contemplé sin pestañear. «Muéstrame lo peor», dije. Y al invitar a las peores unidades de vergüenza a entrar en mi corazón, se quedaron paradas en el umbral, diciendo: «No. A mí no querrás invitarme a entrar. ¿Sabes lo que he hecho?».

Y yo decía: «Sí que quiero tenerte dentro. A pesar de todo sí que quiero. Hasta a ti te acojo en mi corazón. No pasa nada. Te perdono. Formas parte de mí. Al fin podrás descansar. Se acabó». Es un ejercicio difícil dejar entrar en mi corazón todo lo que no me gusta de mí. Esos sentimientos enfermos que no me dejan vivir con paz y alegría, son serenidad y libertad interior. Esa envidia, esos celos, esa rabia, esa amargura.

Forman parte de mis pecados. Son parte de mi debilidad. Quiero hacer ese ejercicio de reconocerme en mi debilidad en esta Semana Santa. No soy tan puro como me gustaría, no tengo tan buenos sentimientos. No siempre me alegra el bien de mi hermano, y lo bueno que a otros les sucede es lo que yo quiero. Deseo lo que no tengo y temo perder lo que poseo y me hace feliz.

La envidia me puede llevar al odio y ese sentimiento me envenena. Reconocer que soy débil es el paso primero para postrarme humillado ante Jesús este viernes Santo, al besar el madero de la cruz en el que me entrega la vida. Y entonces me mira con misericordia, con mucha paz. Sabe cómo soy y no se extraña de todo eso que a mí me sorprende. ¿En qué momento de mi vida anidaron en mi alma sentimientos tan impuros?

El paso del tiempo ha dejado su huella y quiero reconocerme en mi verdad total, no en esa verdad edulcorada que intento vender. Yo siento envidia y tengo celos. Sufro al compararme y no soy feliz cuando a otros les va mejor. Es parte de mi herida, de mi enfermedad. No me escandalizo al verme como soy. No me turbo.

Jesús me conoce mucho mejor y me mira como miró a la mujer adúltera, o a la mujer samaritana en el pozo, o a Pedro esa noche en el que lo negó nada menos que tres veces, o a Judas cuando lo besó aquella noche del huerto.

Sí, me mira sin condenarme, aunque yo mismo me condene. No le importa mi juicio, Él no ha venido a condenarme, sino a salvarme. Y entonces me doy cuenta de algo muy básico que olvido. El cambio en mí sólo comenzará cuando sane en mi interior. Porque al sanar, los sentimientos que tengo cambiarán y seré capaz de soñar más alto y llegar más lejos. Y dejaré a un lado esos sentimientos malos que me enferman.

Pero la sanación sólo me puede venir de ese madero, de esa cruz, de esa muerte terrible. Sólo Dios sana, yo no puedo sanarme solo, sin Él. Sólo su amor me sana y construye por dentro.

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